Clics Modernos
La historia del disco a medias y el rockero protector
Dos anécdotas personales se esconden detrás del disco más icónico de Charly García. La primera tiene que ver con el error de no terminar de escuchar un disco en su totalidad; la segunda fue un incidente con la policía ocurrido el 23 de diciembre de 1983 cuando se presentó ese álbum en el estadio de Rosario Central.
Clics Modernos es el disco más icónico de la carrera solista de Charly García. Los motivos sobran: su sonido new wave, sus letras transgresoras y comprometidas, canciones que hoy son playlist de cualquier karaoke y de toda banda de covers de rock nacional y, por sobre todo, porque fue un disco futurista: García nos estaba diciendo en aquel amanecer democrático (noviembre de 1983) “es por acá”.
Pero claro, más allá de que Charly (a quien descubrí cuando se escribía Charlie) está en mi podio de grandes artistas de la música argentina y ahí hay una subjetividad inevitable (¿alguien no la tiene?), Clics Modernos está marcado a fuego en mi vida por dos anécdotas que, 43 años después, siguen tan presentes como cuando ocurrieron.
El 5 de noviembre de 1983 (según Wikipedia, puede fallar, días más, días menos) salió Clics Modernos, segundo disco solista de Charly, después de aquel debut gigantesco con Yendo de la cama al living (1982), que en la versión original era un disco doble que incluía la banda de sonido de la película Pubis Angelical, de Raúl de la Torre.

Portada Clics Modernos
Recuerdo que me enteré por la radio que ya estaba a la venta, agarré unos pesos que tenía en mi billetera y salí disparado a comprarlo. Vivía en Iriondo entre Cochabamba y Pasco, barrio Bella Vista (sí, de Rosario, siempre Rosario, Santa Fe, Argentina), me tomé el 21, que era el colectivo que pasaba por calle San Nicolás y me dejaba en el centro, y fui, con un entusiasmo desmedido, aún lo recuerdo, a comprarme a Tal Cual, el Supermercado del Disco, o Melodías (difícil tener precisión, pero era una de esas tres disquerías, seguro) ese vinilo maravilloso en cuya tapa se ve a Charly García fumando un cigarrillo sentado delante de una pared que tiene un graffiti con dos palabras: «Modern Clix». La inscripción está al lado de una figura humana pintada de negro en la que sobresale un corazón blanco.
“Arte, arte, arte” diría Marta Minujín. Ya era más que suficiente para sorprender a un pibe de 22 años, que trabajaba de empleado administrativo en una empresa que ni recuerdo el nombre, que tocaba la batería en plan rockero y estudiaba percusión en la Escuela Nacional de Música, que ese mismo año había votado por primera vez en su vida y que, como tantos y tantas, llevaba encima la represión enquistada que había orquestado el gobierno militar desde 1976. Siete años es mucho tiempo para un pibito de 22, y yo tenía la sensación de que todo lo bueno estaba por descubrirse, y claro, Charly García y ese «Modern Clix» eran parte de ese nuevo amanecer.
Llegué a casa, creo que ni saludé a mis viejos ni a mi hermana, me fui directo al equipo de música y puse el vinilo en el lado A, como corresponde. “Nos siguen pegando abajo (Pecado mortal)” arrancaba con una batería electrónica (la Roland TR-808) que de golpe te metía en otro mambo. Ya no era el Charly de “Yo no quiero volverme tan loco”, “Superhéroes” o “Inconsciente colectivo”, que eran melódicos y constitutivos de la tradición cancionera que encadenaba a Sui Generis, La Máquina de hacer Pájaros y Serú Girán. No, esto era una invitación a bailar, a meterse en la onda de los “raros peinados nuevos” (tema clave de su próximo disco, Piano Bar), y a embanderarse en una impronta glamorosa y popera en la que yo no me sentía muy a gusto.
Claro, hay que ver la música que se escuchaba en esa época, más aún, en ese año. En un recorrido por el jugoso libro de Marcelo Fernández Bitar, 50 años de rock en Argentina, se puede constatar los discos que salieron ese año clave del rock argento, en donde había variedad y calidad. La Trova Rosarina estaba en su esplendor, pero puntualmente el pop jugaba en primera. Habían salido Vasos y besos, de Los Abuelos de la Nada; La dicha en movimiento (producido por Charly), de Los Twist; Huevos de Miguel Mateos/Zas; Agujero interior de Virus, conviviendo con discos de alto vuelo también como Baglietto, de Juan Carlos Baglietto; Pájaros de fin de invierno, de Jorge Fandermole; La mañana siguiente, de Silvina Garré; Mi voz renacerá, de Celeste Carballo; El futuro es nuestro, de Fantasía; Todo a pulmón de Alejandro Lerner; Bajo Belgrano de Spinetta Jade y hasta Mondo di Cromo de Spinetta solista, más el debut de Violadores, ese que tenía el tema “Represión”.
Es en ese contexto luminoso del rock argentino en el que Charly decía presente con un disco grabado íntegramente en Nueva York, con el destacado ingeniero de sonido Joe Blaney (trabajó con The Clash, Prince y Ramones). Pero, pese a todo, ese sonido popero no me gustaba, tenía muchos prejuicios con esa estética bailable, sentía que era poca cosa, aunque me detuve con mucha atención en las letras, siempre reveladoras, siempre García.

Charly y Joe Blaney. Fotos: Uberto Sagramoso
Ese lado A de Clics Modernos me hablaba a mí cuando me decía que nos siguen pegando abajo, y contaba que unos hombres de gris lo estaban golpeando todo el tiempo a un tipo que estaba en un club cuya puerta de salida tenía un farolito azul. Me acuerdo que miraba ese corazón rojo que giraba en el centro del vinilo y leía las letras atentamente en mi pieza de arriba, ubicada al lado de mi batería Caf azul. Y después llegaría “No soy un extraño”, en el que Charly miraba «sin querer mirar» a dos tipos en un bar tomándose las manos en un bar de Nueva York y celebraba esa libertad. «Los carceleros de la humanidad no me atraparán dos veces con la misma red», decía.
“Dos cero uno (transas)” venía a continuación con más máquinas y más letras grosas; y “Nuevos trapos” me decía que «aunque cambiemos de color las trincheras, y aunque cambiemos de lugar las banderas siempre es como la primera vez» (Dante Sandrigo resalta en su libro Charly García y el vicio de la eternidad, la sutileza de invertir los adjetivos correspondientes a dos palabras, ya que “las banderas tienen color y las trincheras lugar”).
Y en el surco siguiente otra vez el sonidito de la máquina de ritmos Roland en “Bancate ese defecto”, el tema me gustó, pero me siguió pareciendo muy bailable, puse cara rara, era el último del lado A. Di vuelta el disco, molesto, y Charly arrancó con «ah, ah, ah, ah, estoy verde, no me dejan salir». Y sentí que era un montón. Creo que llegué a la parte que decía «no puedo sentir amor ese sentimiento» cuando levanté cuidadosamente el brazo del tocadiscos para que la púa no lo raye, guardé el disco en el sobrecito de celofán y ahí sí, avisé en mi casa, seco, cortante: «ya vuelvo». Creo que antes de cerrar la puerta escuché la voz de mi vieja preguntando a los gritos: «¿a dónde vas?».
Con cara de enojado volví a tomarme el 21 en calle San Nicolás, miré de reojo a la gente que estaba en el bondi, creo que ya era mediodía, estaba apurado porque temía que me cierre la disquería. Lo que recuerdo es que iba a paso acelerado cuando en medio de la peatonal escucho un tema que me encantaba en otra disquería (no en la que yo había comprado), y me detengo de inmediato. Era un piano muy sutil, con una cadencia exquisita, y escucho la voz de Charly cantando «Los amigos del barrio pueden desaparecer». Para mí era Charly, pero dudé, no conocía el tema. Justo pasaba un empleado de la disquería y sucede este diálogo:
– Flaco, ¿esto qué es?
– Charly.
– ¿Cómo Charly? ¿Y en qué disco está?
– En el último, es este, Clics Modernos, salió hoy.
Todavía tenía el disco debajo de mi brazo guardado celosamente en la bolsita de la otra disquería. Recuerdo que me puse colorado mientras tapaba la tapa para que el empleado con el que había hablado no se avivara que tenía justo el disco por el que le estaba preguntando. Pero claro, el empleado me hablaba del tema 2 del lado B, y yo había escuchado hasta la mitad del tema 1 de ese mismo lado. ¿Cómo iba a saber que me faltaba uno de los temas más icónicos, no sólo de la obra de Charly García, sino del cancionero popular argentino?: “Los dinosaurios”. Cuando llegué a casa escuché completo el tan mentado tema del papelón, una, dos, varias veces y todavía me faltaba “Plateado sobre plateado (huellas en el mar)” y “Ojos de video tape”, nada menos. Todavía sigo contando esta anécdota entre amigos rockeros (un abrazo eterno a ese grupo maravilloso llamado Los Puglieses) pero esta es la primera vez que queda un registro escrito.
La segunda anécdota también tiene que ver con Clics Modernos, pero acá yo no soy el único protagonista, hay otra persona que tiene un rol determinante y lo curioso es que mientras escribo este texto sigue siendo un desconocido para mí.
Corría diciembre del 83, hacía un mes y monedas que había salido el disco y que había vivido esa anécdota risueña, cuando me entero que Charly presenta Clics Modernos en el Gigante de Arroyito. La fecha inicial era el 11 de diciembre, pero por cuestiones de logística de la banda, y dado que esa fecha era el día después de la asunción de Raúl Alfonsín como primer presidente de la nueva era democrática, el show en Rosario se pasó para el viernes 23 de diciembre.

Afiche de la gira de presentación de Clics Modernos
Yo estaba solo, no sé por qué motivo no fui con ningún amigo ni amiga, desconozco si había otra cosa más importante, no lo sé, lo que sí recuerdo es que fui solo (cosa que solía hacer si una banda me gustaba mucho y a mis amigos no les gustaba nada), pero eso no tenía ningún inconveniente. Primero porque era una fiesta ir al estadio donde mi querido equipo Rosario Central me había dado tantas alegrías (y tristezas, pero esas se olvidan rápido), y más aún porque iba a ver a mi ídolo. Era como pedirle perdón en vivo por aquel error de la fallida devolución. Como si fuera poco, también era el debut de Fito Páez en su ciudad como miembro estable de la banda de Charly. A Fito lo conocía de la secundaria en la Dante Alighieri y además había tocado con él en una banda atípica llamada Neolalia en 1979, así que verlo ahí, en ese escenario y junto a Charly representaba un valor emocional incalculable.
Y aquí va la anécdota. Hasta acá todo venía bien, yo voy con mi entrada popular (todo papel, no había tickets digitales), estaba en medio de una cola terriblemente larga, que encima no avanzaba. El show ya arrancaba y estaba desesperado por entrar. Como mi fila no se movía y la de al lado estaba semivacía, me mandé para la otra hilera de gente. De repente un policía me pregunta con poca amabilidad (seguramente después de verme que me cambié de fila): «Flaco, vos tenés platea o popular?». «Popular», le digo. «¡Entonces andá para allá!», bramó el uniformado. No sólo eso, sino que acto seguido me pega un bastonazo en la espalda bastante fuerte. De inmediato, con la rebeldía propia de un veinteañero, le digo: «¿Qué hacés la c….de tu m…?». Y antes de que termine mi puteada siento que desde atrás una mano grandota me agarra de los pelos (tenía pelo muy largo, claro) y me tira para atrás sacándome por completo de la fila y de la escena tensa con el policía, que siguió ordenando y pegándole a otros que también intentaron colarse sin éxito. Cuando me doy vuelta para ver quién era el que me había tirado de los pelos lo miro y le digo, todavía contrariado: «¿qué hacés?». Y el tipo, un veterano, con larga cabellera canosa, onda hippie de los 70, me mira a los ojos y me dice: «Vos qué hacés, ¿cómo se te ocurre putear a un policía? Vas a terminar en cana y encima te vas a perder el recital de Charly, déjate de hinchar las pelotas, metete en esta cola y andá al show».
No sé si le llegué a decir gracias al tipo, lo que recuerdo es que entré rápido porque ya casi arrancaba el recital, me ubiqué donde pude y, con el paso del tiempo, tengo el recuerdo de haber visto uno de los grandes conciertos de mi historia.
Pero hay un suceso más extraño aún: nunca más volví a ver a ese tipo hasta el día de hoy. Y esto es sumamente extraño, Rosario es una ciudad grande, pero en ciertos ambientes tiene la modalidad de pueblo. Era la época en que la gente que iba a los recitales de rock éramos una tribu, siempre te encontrabas con las mismas caras, y hasta te saludabas con cualquiera y le decías: «no te vi en el de Litto», o «¿dónde estabas en el show del Flaco Spinetta?», o bien «no sabés lo que te perdiste en el de Sumo». Yo lo busqué durante años a ver si, quizá, en un show de Baglietto, de Fito, de Soda o de quien sea, me lo podía cruzar en la boletería, en la popu, o en la platea, y decirle «loco, gracias, simplemente gracias». Pero no, no lo vi nunca más. Hasta pensé en algo místico, que el tipo era como un ángel, que alguien lo mandó para que cumpla esa sola función y después desapareció en el aire.
De todos modos, si está con vida y es real, tengo la ilusión de que algún día se entere que aquel pibe de veintipico hoy es este hombre de sesenta y tantos, y que quizá pueda leer esta historia detrás de esta historia y me diga: «Está todo bien, man, no dejes que nadie te impida disfrutar lo que querés». Por mi parte, eternamente gracias, rockero desconocido, ojalá estés en algún lugar del mundo agarrando de los pelos a otro pibe para que no se pierda el mejor show de su vida.
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