Música, charanguista, compositora y cantora. Rut Alonso nació en Bolivia y reside en Argentina, donde además estudia Antropología. De raíces quechua-aymara, su vida la dedica al compromiso con el canto profundo de sus ancestros, buscando actualizar el mensaje y uniendo historias con el presente. Editó un disco con su música, Warmikuti, que significa «el retorno de la mujer».
Rut Alonso es música desde muy niña, charanguista por herencia paterna, también compositora e investigadora, a punto de recibirse de Antropóloga en la Universidad Nacional de Jujuy. En su labor desde la música y también desde el cruce con la academia, reivindica sus raíces quechua y aymara.
Nació en Bolivia, y fue criada en una communidad aymara ubicada entre el altiplano y la ciudad de La Paz, llamada Achocalla, pero actualmente reside -desde hace ya más de 10 años- en Argentina, en San Salvador de Jujuy, donde está desarrollando su carrera musical. Interpreta y compone basándose en ritmos autóctonos, acompañada de su charango. Warmikuti es su primer disco y fue editado en el año 2022. Wara y Llaqui Cusi son los sencillos con los que se dio a conocer, años antes de editar el material definitivo. En el terreno audiovisual, la artista también compartió video clips de sus canciones, como Manifiesto Kawsay y Lógica aymara. Se presenta en distintos festivales del país y da cursos sobre música andina. Su trabajo tiene un fuerte compromiso social, que habla desde el feminismo, como mujer migrante y originaria, en defensa de su raíz.
En esta entrevista, Rut nos cuenta sobre sus orígenes y primeros pasos en la música, el doloroso desarraigo y la transformación profunda que le significó a la hora de reconocerse como mujer quechua-aymara. Además, charlamos sobre feminismos, lucha originaria y su labor como estudiante de antropología. A respecto del cruce con la academia y los saberes desde la lógica occidental, la artista asegura: “a mí la antropología me ayuda un poquito a ordenar metodológicamente, a poder visibilizar a mis comunidades”.

«En la comunidad en la que me crie y en las visitas con mi familia, siempre hubo música, y la música siempre se cantaba en aymara, en quechua». Foto: Julia Carrizo
– Contame un poco sobre tus orígenes, naciste en La Paz, Bolivia, ya hace varios años vivís en Jujuy, venís de una familia de músicos, desde chica tocas el charango.
– Vengo de una familia quechu-aymara, soy aymara de parte de mamá y quechua-aymara de parte de padre. Ambas comunidades se encuentran en Bolivia: los quechuas están más del lado de los valles cochabambinos, como mi familia, en Capinota específicamente; y la parte aymara está repartida, como mi familia aymara siempre ha sido muy nómada, se encuentran entre el altiplano, a orillas del Lago Titicaca, y las yungas, que es como la selva andina de alta montaña, que también se encuentra en La Paz. Hay monte, son tierras bajas y el clima cambia totalmente. Entonces, mi familia está repartida así como entre el altiplano, entre los valles y las yungas.
Igualmente, lo que entendemos como «familia» en nuestra concepción es totalmente diferente: es más grande. Además de mamá, papá o hermanos, para nosotros inclusive los miembros de la comunidad a la que pertenecemos termina siendo tu familia. En mi entorno siempre hubo música en la comunidad, ya sea en tierras altas o tierras bajas, siempre estuvo, siempre me sentí acompañada con música, nunca sentí que no hubiera música. Mi crianza la viví en una comunidad aymara que se llama Achocalla, que se encuentra como en un oasis, entre el altiplano (tan árido, seco) y la ciudad de La Paz. Y ahí también yo siempre me sentí acompañada por la música. Toco el charango desde muy chica.
– Tocas el charango como tu papá, ¿cómo fue esa búsqueda para vos?
– Desde muy niña, escucho a mi papá tocar el charango en este lugar o en las yungas que escuchaba la música autóctona y de las comunidades según las festividades o las celebraciones que estaban pautadas, y aún siguen pautadas, por el calendario agrícola. Con el tiempo decido estudiar charango, porque me gustaba mucho el sonido del charango. Estudio en la Escuela Nacional del Folklore Mauro Núñez Cáceres, en la ciudad de La Paz, la carrera de charango, y con el tiempo decido migrar. Estoy acá en Argentina hace 10 años aproximadamente, y obviamente, emigro con mi charango. Libros y charangos fue básicamente lo único que traía y me vine a estudiar Antropología. Tuve que tomar muchas decisiones en el camino del por qué estudiar antropología en otro lado, y una de las fuerzas que a mí me impulsaba a mudarme fue el estudiar en Antropología (en la Universidad Nacional de Jujuy) en un lugar que no sea una ciudad hegemónica, donde se centraliza las oportunidades, donde se centraliza el capital cultural. Siento que Jujuy, el estar en un en un territorio de frontera, te hace cuestionar adónde está la frontera, si solamente es un nombre que dice «Argentina», «Bolivia», el puente, el río, y qué cosas trascienden más allá de esa frontera. Y, pues, muy agradecida yo con haber tomado esa decisión y haber llegado a este territorio de esa manera tan genuina y curiosa.
– Cuando decidiste cantar profesionalmente, ¿cómo fue la elección de cantar en quechua o aymara?
– En la comunidad en la que me crie y en las visitas con mi familia, ya sea en tierras bajas, en yungas y en los valles, siempre hubo música, y la música siempre se cantaba en aymara, en quechua. Según el territorio en el que me encontraba, y el tránsito en la ciudad, porque yo estudié la primaria en la ciudad, y también la secundaria, y en la ciudad había música de todo, pero yo sentía que también había un espacio para poder escuchar la música en aymara, es así que nunca faltó esa música cantada y obviamente yo la cantaba también.
Luego de haber estudiado charango, me pregunté sobre cómo seguir y ahí empiezo a hacer música instrumental en charango. Ahora lo puedo decir con más claridad, que no me sentía muy conforme con lo que estaba haciendo, porque sentía que era muy de salón lo que hacía, que no me identificaba la música que estaba interpretando, y lo hacía porque era bien recibido. También en esa escuela yo tenía canto, pero nunca me había concebido como cantante ni nada. Sumado a la idea que te pone la academia sobre quién toca, cómo se toca o quién canta y cómo se canta o cómo debería de sonar tu canto. Y todo eso era muy contrario a lo que yo viví en las comunidades. Entonces, esa siempre fue mi incomodidad, desde muy pequeña.
Cuando llega el momento de migrar, migro y vengo haciendo casi lo mismo, a la par que estudiaba, haciendo música instrumental. El proceso migratorio no es nada fácil porque me tocó cambiar básicamente de contexto, de ya no tener a la familia cerca, ni a la comunidad. Ahí me empiezo a cuestionar de que si en Argentina yo solamente era una persona migrante o si yo tenía una identidad más profunda, más allá del hecho de ser migrante de un país pobre, limítrofe, y que aparte decir boliviano, boliviana es un insulto. Me empecé a cuestionar eso en un proceso obviamente doloroso.
– ¿Sufriste mucho el desarraigo?
– Tras arraigamiento de una movilidad territorial y demás, obviamente entro en una depresión profunda y en esa depresión empiezo a agarrar mucho el charango, pero desde otro lado, y suena así como muy muy mágico y todo, pero fue fuerte porque era lo único que me podía sacar de la cama, lo único que me daba el ánimo. Yo ya estaba haciendo las últimas materias de la universidad, entonces no era tan necesario de que vaya todos los días. Fui diagnosticada con depresión funcional porque cumplía todo lo que tenía que cumplir, pero no tenía ganas de levantarme de la cama, y lo único que me levantaba era cumplir esas responsabilidades que yo tenía. Ir a clases, aprobar las materias y todo, pero después de eso no había otra cuestión de que yo me sienta como viva, básicamente, más allá de la motivación.
Ahí empiezo a agarrar el charango, sin planearlo y a tocar muchas canciones de mis comunidades y en el momento me sentí encontrada, me sentí que la respuesta había llegado. Sentí que yo, más allá de tener una identidad nacional, que es muy limitante, soy una mujer quechua aymara, y que eso no puedo negarlo. Tengo familia quechua, mi papá es quechua, mi mamá es quechua, y el hecho de yo haber migrado en un principio de mi comunidad a una ciudad y estar en contacto siempre con la ciudad, hizo perder mi identidad en ese momento, como que yo no concebía de que era una mujer quechua. En las escuelas nos decían que éramos mestizos, que éramos criollos, que cualquier otro término que no era lo que realmente somos. Entonces empecé a construir desde ahí y sentí una necesidad muy urgente de poder cantar en aymara y quechua y componer.
La búsqueda de armar mi disco Warmikuti, viene en esa revolución interna. De que creo que todas las mujeres habitamos en silencio y que en mi caso era una búsqueda de una revolución interna. Y básicamente viene muy de fondo, tiene que ver mucho la composición del disco con este proceso.
– Estas por recibirte de antropóloga en la Universidad de Jujuy, ¿tenés una búsqueda artística que busca hacer también un rescate antropológico desde la música?
– En este momento me encuentro escribiendo la tesis de la licenciatura en antropología, tiene que ver con lo que hago musicalmente y más que nada con el charango. Hablo un poco sobre las representaciones, las identificaciones en entornos urbanos y rurales, en torno al charango. Cuáles son las funciones que tiene este instrumento. Ahora ya estoy como en la parte final del trabajo de campo. Lo que vengo haciendo con la música y la antropología lo hago desde mi identidad, quechua-aymara. A veces el mundo pareciera que nos condicionara a tener cierta «autoridad» para poder decir. Como que a las comunidades indígenas, campesinas, rurales, siempre se les pregunta ¿y vos qué estudiaste para decir eso? ¿de dónde es tu conocimiento? Como que si nuestro conocimiento no fuera necesario, y eso yo lo aprendí estudiando antropología y reconociéndome como mujer quechua aymara. Entonces, básicamente a mí la antropología me ayuda un poquito a ordenar metodológicamente, a poder visibilizar a mis comunidades, a la comunidad de mi mamá, a la comunidad de mi papá, a la comunidad en la cual yo crecí, y eso básicamente para mí es una herramienta de para poder comunicar algo. Y la música es una herramienta para poder darle más fuerza a esa comunicación. Es triste que para la gente en las ciudades sea totalmente asombroso, porque eso significa de que la sociedad está cegada y no está metida en su propia realidad. Y su realidad no es la burbuja o el departamento en el que vive, sino el territorio en el cual se desenvuelve, que no tiene que ver solamente con una ubicación de una ciudad, de una calle, sino qué está pasando en el continente, qué está pasando en todas las comunidades.

«Mi trabajo como investigadora quechua y aymara tiene que ver con la transmisión más real los ritmos autóctonos del Collasuyo». Foto: Vanesa Ajalla
– ¿Cómo unís el folklore con el feminismo? ¿Cómo es llevar adelante esa visión, evocando el retorno de la energía femenina?
– Mi postura frente al feminismo es muy diferente al feminismo europeo, al feminismo clásico, podríamos denominarlo si se quiere feminismo y que no está muy cerca ni cerquita de lo que realmente se vive en las comunidades, pero podríamos denominarlo como un feminismo comunitario antipatriarcal, y esto se debe a que nuestras realidades en las comunidades son muy diferentes a lo que sucede en la ciudad, en las ciudades europeas y demás, esto, de que se puede hablar de la sororidad, se puede hablar de la sororidad capaz entre clases, no sé, pero una sororidad como tal, yo por lo menos nunca lo he vivido, y las hermanas a las que yo conozco, que son parte de las comunidades que con las cuales yo comparto hoy en día y también en las cuales yo me desarrollé antes de migrar, eso tampoco existe. Lo que puedo decir es de que nuestras voces como mujeres en las comunidades están totalmente silenciadas, porque los líderes y demás son los varones. En las comunidades aymaras nosotras no existimos si no estamos casadas, y si enviudamos o nos divorciamos o nos separamos, quedamos completamente aisladas de toda la organización comunitaria. Entonces, más allá de poder exotizar o poder verlo de una manera magnífica o mágica, telúrica, como quieran denominarlo hacia nuestras comunidades, también vivimos esas desigualdades internas, de discriminación, de silencio, de violencia, y eso tiene que ver con mi postura feminista, de visibilizar y darnos la fuerza de poder ser nosotras y soñar con lo que realmente queremos ser, de que podemos llegar a ser lo que nosotras deseamos ser, sin estar cumpliendo las expectativas de una sociedad, de una comunidad. Si queremos danzar, bueno, dancemos, pero ¿cómo llegamos a danzar si no podemos ni siquiera salir a estudiar a la ciudad?
– Cantas un tema titulado Lógica aymara, en tu disco Warmikuti, ¿qué quisiste decir al interpretar esa canción?
– La canción Lógica aymara es una interpretación que yo hago del autor y compositor José Jacha Flores, artista y músico aymara muy reconocido. Mi idea básicamente con incluir el tema fue representar el pensamiento aymara, la filosofía que tiene esta sociedad aymara, porque es mucho más allá de solamente concebir su cosmovisión y todo lo lindo o esotérico, es mucho más profundo, y siento que Lógica aymara tiene eso.
– Por último, como investigadora, vi que diste un taller de Ritmos Autóctonos del Collasuyo: El pujllay y tinku. Contanos un poco sobre esos ritmos, ¿los sentís vigente, la juventud los escucha?
– Mi trabajo como investigadora quechua y aymara tiene mucho que ver con la transmisión más real de estos ritmos autóctonos que son parte del territorio del Collasuyo. Está el Pujllay y el Tinku, pero en el proyecto musical vemos muchos más ritmos y de a poco me voy animando a sistematizarlos y poder explicarlos de una manera más pedagógica, más sistemática. Con el contexto social, de dónde y en qué contexto se interpretan estos ritmos, cuáles son las secuencias, no solamente la forma musical, la estructura que tienen estos ritmos. Percibo desde hace muchísimos años que los ritmos autóctonos no son considerados para el cancionero popular, el cancionero folklórico. No se la considera mucho a la música autóctona porque justamente es muy difícil de folklorizarlo y los ritmos autóctonos que sí se han llegado a folklorizar han sido considerados para formar parte de ese cancionero folclórico popular. Y siento que también es parte de una colonización, que está ahí muy presente, aunque pareciera que solamente es simbólico, pero pues sí se puede hacer, puede tener esa manera de extractivismo simbólico, donde el ritmo es folklorizado y es mostrado de una cierta manera que no representa lo que realmente sucede en las comunidades. Así que bueno, el proyecto musical que tengo, el proyecto solista que viene acompañado con un grupo de compañeros y compañeras que yo les denomino el Ayllu Musical, vienen haciendo conmigo este ejercicio de poder sacar, de poder interpretar, de poder estructurar, sistematizar estos ritmos, como el Auki Auki, Mineritos y otros ritmos, Pacochi y ritmos que capaz uno diría eso no existe o eso de dónde salió. Porque el cancionero popular, el folklore directamente no los toma, el folklore es algo que lo único que va a tomar es para celebrar una fiesta, para comercializar básicamente la cultura.
Pero estos ritmos tienen un contexto más profundo, están regidos por un calendario agrícola, tienen un sentido, tienen un porqué y eso no es comercial, obviamente no va a ser considerado de esa manera, entonces directamente la juventud no elige escuchar esa música. Encima frente a varias posibilidades de músicas, o sea hay una amplia variedad que está disponible hoy en día de ritmos, músicas, que no solamente tienen que ver con un entorno regional, sino es un entorno más global, entonces obviamente es lo último que alguien elegiría ver. Y lamentablemente en ese último, o en la población de los nadie, estamos nosotros, las comunidades quechua, aymara, las comunidades del Collasuyo.
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