Tomás Lipán es un referente de la música jujeña. Su canto profundo acompañó por el mundo al maestro Jaime Torres y más tarde como solista editó más de una decena de discos. Su magnetismo lo llevó al cine y hoy se estrena un documental con su nombre. Un artista valioso que sigue en actividad cantándole al paisaje de su tierra.


Hay voces que no solo cantan, sino que relatan siglos de historia con un solo matiz. Esa es la voz de Tomás Lipán, el hombre que nació como Tomás Ríos en 1948 y que, en un acto de justicia poética con sus ancestros, decidió rebautizarse con el nombre de su paraje de origen, la llamada Cuesta de Lipán. Hoy, Lipán no es solo un nombre artístico; es el sinónimo de la identidad jujeña y el pulso vibrante de la música del norte argentino.

Aunque sus primeros pasos profesionales los dio en los años 70 con el conjunto Sones de América, el punto de inflexión que marcó su carrera fue su alianza con el maestro Jaime Torres. Entre 1991 y 1997, Lipán fue la voz que acompañó el charango de Jaime Torres por los rincones más exóticos del planeta: desde los teatros de Londres y Berlín hasta las lejanas tierras de Japón, Australia y Singapur.

Sin embargo, fue su camino solista el que terminó de consagrarlo. Con una discografía independiente que ya supera la decena de títulos —entre ellos los emblemáticos Amor y Albahaca y Sikureros, Lipán se ha convertido en un gestor de su propio destino a través de su sello discográfico UKIA, una trinchera cultural con más de 26 títulos editados.

Tomás Lipán. Fotos: gentileza del artista

Su magnetismo no se limitó a los escenarios musicales. El cineasta Pablo Trapero supo ver en su rostro y en su porte la esencia misma del territorio. Su participación en el film Nacido y criado (2006) no solo fue celebrada por la crítica, sino que le valió una nominación al Cóndor de Plata como Revelación Masculina. Actualmente está pronto a salir un documental sobre su vida donde él mismo participa. «Yo no soy solo un cantor, soy un mensajero de mis abuelos y de este silencio que solo se encuentra en Lipán«, parece decir su interpretación en cada zamba y cada bailecito.

Con 78 años y lejos de detenerse, Tomás Lipán continúa siendo la figura central de festivales icónicos como el Tantanakuy de Humahuaca o el Americanto en Mendoza. Su reciente paso por las salas de Buenos Aires, como el Teatro Astros, Café Berlín o el Carlos Carella, peñas del país como La Paila y La Salamanca confirmó que el público urbano sigue sediento de esa autenticidad que solo un «hijo de la tierra» puede ofrecer. Hoy el «Canto de Purmamarca» sigue más vivo que nunca, recordándonos que mientras haya una garganta como la de Lipán, el norte argentino tendrá su voz asegurada ante el mundo.

– Todos te conocemos como Tomás Lipán, pero tu nombre de nacimiento es Tomás Ríos. Tu nombre artístico encierra una historia de pertenencia. ¿Cómo surge esta decisión de llevar a «Lipán» como identidad en los escenarios?

– Era el lugar donde vivían mis ancestros, mi tatarabuela Inés Ríos, abuela Salomé Ríos, mi padre Don Florencio Ríos, todos ellos vivieron y nacieron en Chalala, ya mi papá nació en otro paraje, más abajito, y yo ya nací más cerca del pueblo de Purmamarca, nací en Chalala. Entonces fue en homenaje a Lipán, donde vivíamos, era el dominio de los Ríos, al pie del cerro de Lipán, que después fue famoso como Cuesta. Por aquella época, en el año 1980 se estaba haciendo el trazado del camino hacia Chile, por el Paso de Jama, que el proyecto iba por la cuesta del cerro Lipán, no existía ese camino, antes era por el Abra de Pives, y además no tenía un paso hacia Chile, y esa es la promoción que estaban todos los días las radios, los diarios. Yo andaba viendo el nombre Lipán como homenaje a mis ancestros, nace el 19 de abril de 1980. No llega a ser un pueblo, es un caserío Lipán, con una iglesia chiquitita. Éramos nueve hermanos, yo soy el menor de nueve hermanos, tres mujeres y seis varones.

– ¿Te sentís identificado como parte de los pueblos originarios?

– Mira, eso no sé, yo era de Purmamarca, muchos me dicen que soy Aymara, Coya, por supuesto que sí, pero no sé cómo es eso, yo nunca había estudiado eso, y en mi vida yo soy nacido en Chalala, Purmamarca, provincia de Jujuy hace 78 años. Cuando por ahí el periodista me pregunta, «che, ¿vos sos de los pueblos originarios?» no me identifica, yo les digo «¿y vos de qué pueblo sos?». Para mí es un invento político, puede ser comunidades originarias, sí, pero los pueblos, somos todos iguales, negros, blancos, yo no hago diferencia en nada de eso. De mis 16 discos grabados, ninguno habla sobre protestas, sobre todo remarco el amor, porque toda la gente tiene que llevar el amor con nuestro canto, llenarse de alegría y de tierra, de amor por el lugar, por el pueblo donde está, de su música, nosotros estamos comprometidos con nuestro carnavalito, nuestros Huaynos, cada pueblo tiene su riqueza cultural impresionante, entonces eso hay que resaltar, no la pólvora, ni la discordia.

– Has contado que tu infancia en esos parajes fue de una sencillez extrema: sin luz, sin agua corriente, durmiendo sobre cueros. ¿Cómo influyó esa «tierra bendita», como decía tu abuelo, en tu formación como cantor?

– Yo nací en Chalala, en Purmamarca, en un paraje que mi papá arrendaba, y ahora no sé quién lo ha comprado eso ni quién vive ahí. Linda mi niñez yo siempre lo cuento, no para generar lástima, sino por valorar a mi padre, a la naturaleza, valorar cómo se vivía, por ahí me pongo a pensar que se corta la luz y la gente reniega. Yo me crie feliz, sin conocer luz eléctrica, ni gas, ni agua corriente, ni un papel higiénico, ni un baño, no conocía baño, me acuerdo la primera vez que fui a la secundaria a la Técnica de Maimará, ya con 12 años, y ahí me tuvieron que enseñar cómo tiraba la cadena, cómo funcionaba un inodoro, al cerrito íbamos nomás, y teníamos piedritas para limpiarnos. Toda esa niñez maravillosa que he pasado, para dormir no conocía sábanas,  un cuerito, una oveja en el suelo, pero feliz. Todas esas cosas que es un cimiento tan importante en la vida, porque donde estés no te vas a morir, porque sabes poner una semilla y cultivar un trigo, un maíz, arvejas, papas, zanahoria, toda la tierra bendita, la pachamama, Purmamarca decía mi abuelo que era una tierra bendita. De golpe me ha tocado estar en los mejores hoteles del mundo, allá por Japón, Australia, Miami, y ahí te acordás de cómo era tu niñez, cómo naciste sin tener absolutamente nada, eso es algo grandioso que me pasó en la vida, no tengo miedo a la vida, en este momento ya terminamos de tomar mi te de yuyo, y estoy masticando mi coquita, aquí en pleno corazón de Buenos Aires, acá en San Telmo, en la calle Piedras, donde estoy viviendo por cuestiones de salud.

– ¿Cuándo aparece el canto y la guitarra en tu vida?

– Con las coplas, el canto primitivo del hombre, con sus cajitas, yo cuando era chico era de lo primero que cantábamos, no tenía ningún instrumento, a mano solo, y agarraba alguna cosa parecida, una cajita, y cantaba imitando a los mayores, porque la única música que escuchaba era el canto con caja, solamente para los carnavales. Y después mi papá, no sé dónde, consiguió una guitarra viejita que tenía en la casa, y cada vez que cantaba se sentaba en el umbral de la puerta de la casa, agarraba su viejita guitarra y la ponía a cantar, sobre todo cuando tomaba un vinito, un sábado, un domingo, o llegaba algún amigo, comiendo un asado con choclo y queso, esa era mi escuela. Mi papá nunca me ha dicho “aprende a tocar la guitarra, aprende a cantar”, nada. Escuchaba de oreja. Uno de mis hermanos, Ramón Ríos (ya murió, era clase 39) él ha fabricado una guitarrita chiquitita, del tamaño de un charango casi, un poquito más grandecito, de tablitas de cajón de frutas, porque mi papá era labrador de la tierra y cosechaba tomate, manzana, durazno, encajonaba, y entonces venían los compradores con un viejo camión y le dejaba, a veces se rompían los cajones y quedaban las tablitas ahí, y de esas tablitas mi hermano, me acuerdo, le pegaba con cera de abeja, y los clavijeros eran esas llaves para abrir picadillo, un ingenio, la tengo todavía esa guitarrita, en Jujuy, es como una reliquia. Y ahí aprendimos, después de más grande, por supuesto, ya teníamos una guitarra.

– Fuiste la voz del grupo de Jaime Torres durante mucho tiempo. Más allá de lo musical, ¿cuál es la mayor enseñanza que te dejó el maestro en cuanto al oficio de artista?

– Yo siempre lo evoco al maestro Jaime Torres, hace poco sin saber que estaba la hija de Jaime Torres en el espectáculo, yo lo nombraba. Siempre lo nombro, por algún tema que puedo cantar, porque he aprendido mucho de él, un hombre muy sabio del instrumento, un hombre que aprendí de él a respetar el instrumento que estás tocando, a respetar a la gente y respetar las obras que estás cantando, estás interpretando, eso es fundamental, y entender lo que estás haciendo. Después él ya me ha convocado, yo ya tenía dos grabaciones hechas, ya estaba en un camino y con su invitación recorrí el país y el extranjero.

– ¿Siempre defendiste un repertorio con todos los grandes autores jujeños?

En mis dos primeras grabaciones, cante obras de mi hermano Domingo Ríos, como aquel viejo dicho que dice, pinta tu aldea y pintarás al mundo, y yo he empezado cantando las cosas de los personajes del pueblo, Curcucho Mercado, Tata Pedro, el curandero del pueblo, la pastora susqueña, Mamita Eduvijes, a Florencio, el cardón, el pueblo, la gente carnavalera, el bailecito del tío Heriberto, Barbarita Cruz, la joyera del pueblo, y así todos esos temas. Después he ido aprendiendo el repertorio clásico jujeño. He aprendido las obras de Don Justiniano Torres Aparicio, Don Máximo Puma, el Coya Mercado, y últimamente, por ejemplo, Alejandro Carrizo, que es el autor de Jujuy Mujer, o Me Gusta Jujuy cuando llueve de Yunes Castillo, y el Bochi Iacopetti. Después temas del Cuchi Leguizamón, Jaime Dávalos, obviamente, hay un tema también de Jaime Torres, que es Chimba Chica, que lo he grabado acá, todo eso ha sido un cúmulo de cosas que iban fortaleciendo mi repertorio, enriqueciéndolo. Sigo cantando hasta ahora, en todas las noches, eligiendo, porque a veces la gente me pide, y yo tengo preparado cantar algo, y la gente me pide, y estoy buscando lo que la gente me dice.

– Para cerrar, ¿te sentís reconocido en el folclore, te sentís agraciado por la gente del folclore?

– Por el cariño y el aplauso, el amor de la gente, yo pienso que es así, yo nunca lo he buscado, eso es lo importante. Me han dado el Camín de Oro, en Cosquín, me acuerdo que me entregaron el premio, y el Intendente de Cosquín, un hombre alto, me dice: «mire Tomás, le confieso, que es la primera vez que pasa, usted fue elegido por unanimidad, de toda la comisión, no hubo ningún disidente, salió su nombre, nadie se opuso, y todos votaron para que usted reciba el Camín». También recibí premios del Fondo Nacional de las Artes, del Congreso de la Nación, de la Provincia de Jujuy. Por otro lado ahora están haciendo un documental musical sobre mí, es una película linda, del cineasta Gonzalo Calzada. El documental Lipán*, así como suena. Esta pronto a salir. Además he filmado y participado en películas, un film hecho por el cineasta Pablo Trapero, que se llama Nacido y Criado, y también convocado por el cineasta jujeño Miguel Ángel Pereira. Todas son experiencias que se han ido dando en el  camino, yo no las busque, por ejemplo en eso de la película documental Lipán, fue el cineasta que vino, me convocó a un café, me dijo: «quiero hacer una película sobre vos, ¿me autoriza?», «pues claro», ¡le dije!

 

*El documental Lipán se estrena el jueves 7 de mayo a las 20h en el cine Gaumont ( Av. Rivadavia 1635 – CABA) y estará en cartelera hasta el 13 de mayo. Tendrá otra función el jueves 21 de mayo a las 20 en Sala Lúcida (Av. Cabildo 4740 – CABA) con presencia de Tomás Lipán.

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