La cantautora mexicana pasó por el Gran Rex en medio de su gira Cancionera Tour. Presentó su nuevo disco en formato solista ante un público que se dejó atravesar por sus sensibilidades. En esta reseña, el recorrido por lo que fue esa noche y el repaso de la historia de una artista que se transformó con el tiempo: de estrella pop a cantora latinoamericana.
Hace casi una década, en abril de 2018, Natalia Lafourcade se presentó por primera vez en el teatro Gran Rex, un escenario con historia y mística al que anhelaba llegar después de varios años de visitar Buenos Aires. Durante esa noche, que para ella fue consagratoria, confesó antes de tocar el clásico María bonita: “Esta es una canción de Agustín Lara, un maestro que me hizo despertar para cambiar el rumbo de mi trayecto, conectarme más con México y con el ‘folklor’. Desde que empecé a buscar en estos compositores todo empezó a funcionar mejor y me siento más honesta conmigo”. Esa confesión no fue algo espontáneo ni un gesto demagógico, mucho menos una parte liviana del show. Fue una confesión a corazón abierto y una radiografía real de un proceso artístico.
El nuevo rumbo a la que se refería la cantante, compositora e intérprete mexicana tiene que ver con su conversión de estrella pop a cantora latinoamericana. Un acercamiento al cancionero folklórico de la región que inició con el disco Mujer divina: homenaje a Agustín Lara (2012), continuó con Hasta la raíz (2015), se profundizó en los dos volúmenes de Musas (2017–2018) y encontró su punto más alto en Un Canto por México (2020-2021), un proyecto musical benéfico destinado a la reconstrucción del Centro de Documentación del Son Jarocho, que en 2017 se vio gravemente afectado por los sismos ocurridos en México.

«Hay intención de celebrar a la canción con este disco, resaltar su importancia en nuestras vidas». Foto: Carlos Manuel
Ese trabajo de exploración por las raíces musicales y de autoconocimiento –desde afuera hacia adentro, desde los clásicos de Latinoamérica hasta la composición propia- desembocó en uno de los mejores discos de toda su trayectoria, De todas las flores (2022), un conjunto de doce composiciones propias que reflexionan sobre los ciclos de la vida: la existencia y la muerte. La simpleza de lo popular y la sofisticación orquestal encuentran un perfecto equilibrio en este disco conceptual producido por Adán Jodorowsky. Sin perder la estética del pop –la performance- ni el pulso sonoro de su época, Lafourcade encontró una voz propia, original e influyente en el corazón de la música popular latinoamericana.
Algunas de las musas y guardianas que rodean a Lafourcade son Violeta Parra, Mercedes Sosa, Chavela Vargas, Toña la Negra, Omara Portuondo, María Grever, Amparo Ochoa y La Lupe. También la inspiran Simón Díaz, Atahualpa Yupanqui y, claro, el maestro de los boleros: Agustín Lara. “Hubo un entendimiento de querer conectar con el público de mi país y darme cuenta de que mi música tenía que madurar, que yo tenía que madurar como intérprete también, como artista, que tenía que aprender otras cosas que no tenía”, explica sobre la necesidad de explorar en la música tradicional de su tierra, que se expresó en cumbias, boleros, rancheras y son jarocho.
Luego, al cumplir cuarenta años, en febrero de 2024, Lafourcade tuvo otra revelación. Desde otra dimensión –intuitiva, inconsciente, espiritual-, nació Cancionera, una canción sobre el oficio del cantor y la ética de la creación. «¿Por qué canto?», se pregunta Lafourcade en la canción que le da nombre a su disco más reciente Cancionera (2025), que contó también con la co-producción de Jorodowsky. «Cancionera, canta, canta libre al viento/ Cancionera, canta siempre tu verdad/ Sé mujer, la bella musa; sé la estrella de una vida/ Que, al ver tus pasos, se ilumina/ Encendiendo un corazón», canta con ternura y convicción. «No te mortifiques/ Si las luces se te apagan/ O las delicias de la fama/ Traicionaran nuestro amor», reflexiona luego.
“Esta canción, tan bonita y especial, le canta a la infancia, al camino, a la vida, al por qué y para qué; le canta a ese algo que nunca deberíamos permitir que se apague dentro de nosotros”, cuenta la artista criada en Veracruz. “La canción llegó una mañana antes de mi cumpleaños número 40 y vino a hablarme de la importancia de ser, de existir en este mundo y en mi propio mundo, andando mi verdad, sin miedo, sin reprimir absolutamente nada. Expresar el sentimiento con el canto libre, con la danza libre o con lo que tenga a la mano, como un pájaro rojo, como un colibrí sin miedo a vivir ni a mostrar lo que en verdad soy”.
El viaje musical que emprende Lafourcade está habitado por luces y sombras, tradición y vanguardia, ternura y rebeldía, introspección y desmesura. Los contrastes son una constante en su obra. Si en De todas las flores se enfocó en el amor y la muerte como tópicos centrales, en Cancionera apela a la fantasía para reflexionar sobre el misterio de la canción, la industria de la música y la importancia de seguir cuidando las raíces y cultivando flores; su jardín interior. Y en canciones como Cocos en la playa, El coconito (tradicional) y El Palomo y la Negra, incluso, recurre a un tono más hacia afuera, tropical y festivo.
“La habitación de la Cancionera es un espacio de encuentro íntimo donde el público es invitado a entrar al universo de la Cancionera: un lugar inspirado en la canción, la memoria y el imaginario de los cancioneros y cancioneras latinoamericanas”, propone –y fundamenta- la artista en la gira Cancionera Tour que la trajo nuevamente a Buenos Aires. “Hay algo que ya sucede en mi mundo musical de manera muy orgánica, que tiene que ver con las músicas tradicionales, la música que amo escuchar. Entonces, de alguna manera se refleja en la manera que construyo mis proyectos musicales. Me gustan mucho los instrumentos de madera; me gusta mucho lo que suena a músicas tradicionales”, le dijo a fines de 2025 a Página/12 en relación a su actual búsqueda musical.
Y se explayó: “Pero cuando lo traigo a mi mundo musical no tiene que ser estrictamente un género de ‘folclor’, de música popular o tradicional mexicana, sino realmente me gusta ver la manera en que los instrumentos y los mundos musicales se mezclan. Para Cancionera había la intención de celebrar a la canción y a esa cancionera que soy, pero dejando también claro la celebración por cancioneros y cancioneras que han marcado la historia, que han puesto el camino antes y estamos todos los que venimos después, que a la vez estamos poniendo camino para las generaciones que vienen con la música. Hay intención de celebrar a la canción con este disco, resaltar su importancia en nuestras vidas y cómo se convierten en compañeras, en contadoras de historias; cómo la canción puede siempre cantarle a todo, sin discriminación a ningún tipo de situaciones o sentimientos”.
La vida circular
Es 29 de mayo de 2026 y Lafourcade está nuevamente sobre el escenario del teatro Gran Rex. Con una puesta escénica mínima -una mesa, un velador, una botella de mezcal, algunos adornos- y una luz tenue que la ilumina, sale a escena con un traje negro y blanco pintado a mano, se sienta al piano con suavidad e interpreta tres canciones al hilo: Vine solita, Muerte y Pajarito colibrí. Como en un concierto de música clásica, el público tiene que esperar hasta que la artista haga una pausa para aplaudir. En la sala no vuela una mosca. De fondo, se escucha el susurro del campo y el canto de los pájaros. El teatro está casi a oscuras.
Durante dos noches, la cantautora mexicana renovó el vínculo con el público argentino y con su propio oficio de cancionista. Como si se tratara de una obra teatral, el espectáculo fue transitando por diferentes momentos en la vida del personaje central: la Cancionera. “La idea es volver al origen y desnudar la canción. En este concierto podemos desahogarnos; podemos cantarle al amor, al desamor y a lo que pesa y duele. ¡Benditos sean los cancioneros y cancioneras qué me han inspirado!”, celebró la artista, ahora sí, envuelta en aplausos.
Si bien el último disco se titula Cancionera y también así se denomina la gira que la trajo a Buenos Aires, lo cierto es que se trata más de una búsqueda conceptual que de una presentación de disco. En el espectáculo apenas suenan cuatro canciones del último álbum –Cómo quisiera quererte, Cancionera, Mascaritas de cristal y El Palomo y la Negra– y más bien es una excusa para brindar un homenaje a la canción como encuentro, refugio y ritual colectivo.
Por eso, el concierto transitó varios climas y estados. En clave guitarrera, se movió hacia otro sector del escenario y al lado de una muñeca roja -su alter ego-, interpretó la yupanquiana Cancionera y junto al bandoneonista argentino Gabriel Merlino ofreció una versión con arreglos tangueros de De todas las flores. Después, sola con su guitarra, hizo la cumbia María la curandera, una versión reposada de El lugar correcto y el clásico Soledad y el mar, con una botella de mezcal en la mano. “Quiero que dediquemos esta luz a los que están saliendo del inframundo», dijo antes de Lo que construimos.

En vivo en el Gran Rex. Foto: @c.h.a.m.e.r.a
“Quiero mucho a esta tierra. He venido desde muchos años atrás y tengo amistades, experiencias y memorias. Vine desde niña y no entendía un ‘carajo’ sobre ser cancionera y sobre la industria musical. ¿Qué es la industria musical?”, se preguntó. “Esta canción la compuse en un viaje que hice a Perú y habla sobre caminar bonito. Ahí aprendí a caminar con piedras en el camino. Es una canción de amor y de complicidad a los lugares donde uno quiere volver y Argentina es como mi casa”, confesó antes de Caminar bonito.
Luego de tocar una serie de clásicos sobre el amor y sus desventuras, como Nunca es suficiente, Para qué sufrir, Mi manera de querer y Tú si sabes quererme, sonó, tal vez, una de sus canciones más sociales y políticas, Derecho de nacimiento. «Voy a crear un canto para poder exigir/ Que no le quiten a los pobres lo que tanto les costó construir/ Para que el oro robado no aplaste nuestro porvenir/ Y a los que tienen de sobra nos les cueste tanto repartir», cantó mientras golpeaba con fuerza su guitarra. De las plateas bajaron algunos gritos de “¡Fuera Milei!”. Ella, más serena, remató desde el escenario: “¡Viva el amor, viva la paz!”.
“Estoy como en mi casa en el escenario cantando mis canciones. Yo crecí en Coatepec, Veracruz. Viví en una casa en medio del campo con olor a café y pan. Esta canción se la compuse a mi tierra”, introdujo antes de Mi tierra veracruzana y se retiró por unos instantes del escenario. A paso lento, regresó de la mano con la cantora afroperuana Susana Baca. Entonces, con Merlino de nuevo en bandoneón, ambas se fundieron en una versión conmovedora de Yo vengo a ofrecer mi corazón, de Fito Páez. “Qué suerte tenemos de tener a Susana en esta casa, una voz latinoamericana”, agradeció la mexicana, quien en la segunda noche invitó a compartir el escenario a la entrerriana Liliana Herrero y al guitarrista Pedro Rossi.
El canto de Natalia Lafourcade es expansivo y señala un camino. Su conexión con la historia de los pueblos latinoamericanos -con sus dolores, frustraciones y virtudes- está íntimamente ligada a su giro artístico de los últimos años y su interpretación de la obra de autores como Atahualpa Yupanqui, Chavela Vargas o Violeta Parra, que supieron capturar muy bien los pesares de sus pueblos y comunidades. Pero su principal hallazgo o aporte, tal vez, tiene que ver con abordar los folklores latinoamericanos desde un enfoque actual, con una estética pop, con sonoridades electrónicas y una forma de cantar amable para el gran público sin perder profundidad. Una canción de su autoría, Hasta la raíz, se convirtió incluso en un clásico latinoamericano.
Su nuevo perfil de cantora latinoamericana, además, fue muy influyente para artistas locales como la cordobesa Zoe Gotusso, la neuquina La Valenti, la salteña Feli Colina, la cordobesa Paz Carrara, la bonaerense con raíces jujeñas Milena Salamanca; la joven cantante y compositora mexicana Silvana Estrada, la cubana Camila Guevara e incluso co-generacionales como la chilena Mon Laferte. Lafourcade no solo señaló un camino posible, sino que también abrió algunas puertas para salir a jugar. Una puerta por la que transitan en la actualidad artistas provenientes de la música urbana -más precisamente el rap y el trap- como el joven Milo J.
La comprensión de que no es necesario vestirse de mariachi, ponerse un sombrero de gaucho o un poncho andino para cantar con sinceridad y compromiso la música de esta tierra. O como dice Yupanqui: «La luz que alumbra el corazón del artista es una lámpara milagrosa que el pueblo usa/ Para encontrar la belleza en el camino, la soledad, el miedo, el amor y la muerte/ Si tú no crees en tu pueblo, si no amas, ni esperas/ Ni sufres, ni gozas con tu pueblo/ No alcanzarás a traducirlo nunca». En eso anda Lafourcade: traduciendo los senderos latinoamericanos con el lenguaje de su época.
Foto de portada: Silvana Trevale
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