A los 22, la artista jujeña profundiza su búsqueda tras haber ganado el Premio Revelación en Cosquín 2026. Habla de sus inspiraciones, de su compromiso social, de la identidad originaria, y dice: “Sueño con seguir estando en los escenarios para siempre”.


“Le pido a la tierra que no me lleve todavía, que tengo que dejar semilla”, invoca Wara Calpanchay a sus 22 años: la cantante, violinista, compositora y actriz que ganó el Premio Revelación en el Festival Nacional de Folklore de Cosquín 2026 se entrevera con el ritmo de los cerros y la tierra de su Susques natal, en la Puna Salada de Jujuy. Canta bailando en los escenarios, cierra los ojos agrestes y coplea: «Vientito de la Quebrada lleva lejos mi cantar. Que despierte en la memoria que nos supieron dejar. Pachamama, Santa Tierra, no me comas todavía. Mira que soy jovencita y tengo que dejar semilla».

¿De dónde proviene su canto sustancial? ¿De dónde su voz moderna y a la vez ancestral? En la piel del cerro está su identidad: brillan los ojos en esa piel y Wara Calpanchay pronuncia decires profundos para caminar. En enero obtuvo el Premio Revelación tras haber ganado previamente como Solista Vocal en el Pre Cosquín y, desde entonces, su vida se volvió un frenesí de escenarios y búsquedas. Pero en Cosquín ella había dejado su huella: ganó la Revelación por su calidad -junto a su grupo- y por su mensaje ligado a los pueblos originarios y a la voz de las mujeres. Y desde entonces su nombre no dejó de resonar.

«Las coplas me sirvieron mucho para mirarme a mí misma». Fotos: Gentileza de la artista

Por eso estará el sábado 21 de noviembre en el festival República Folklore, en Buenos Aires, y, tras múltiples escenarios, cantará en Cosquín 2027 el sábado 23 de enero, en la Primera Luna. Allí donde en el verano pasado había triunfado interpretando -entre la profundidad y la soltura escénica- el tradicional andino “La vicuñita”; “Mi pueblo azul”, de Ramón Navarro; “Te voy a contar un sueño”, de Jacinto Piedra; “Huaynavalito”, de José Luis Aguirre”; “Digo la mazamorra”, de Peteco Carabajal, y otras, con Emiliano Rodríguez en vientos andinos, Wuayra Vázquez en bajo y charango, Paul Morales en guitarra y Enzo Guarise en percusión.

Y allí también desplegó, al cantar y bailar, la experiencia corporal como actriz que logró en el film Ánimu, de Miguel Kohan, sobre Wara, una adolescente de la Puna que se muda a un barrio en las afueras de Jujuy. Mientras transita el desarraigo y el duelo por la muerte de su abuela paterna, surgen en ella interrogantes que resolverá en un diálogo entre su voz y su violín: el arte en el espejo de la vida. Así avanza Wara Calpanchay, la que dice: “Hacemos repertorios que quizás no tienen el fin de solamente alegrarnos, sino de reflexionar. Traigo mensajes del cuidado de la tierra, la memoria y la cultura”.

Y confía en que “hay que hacer arte, tocando temas dolorosos, para que la conciencia llegue. Debates históricos sobre cuidar a la tierra se pueden hacer simples en una canción de tres minutos”. ¿Qué cambió para Calpanchay con el Premio Revelación? “Han cambiado cosas en la vida cotidiana -coteja-. Hay una mayor exposición, que tiene que ver con empezar a recorrer no sólo festivales sino peñas chicas y diferentes eventos. Hoy salgo a la calle y vivo una experiencia diferente a la que quizá vivía en octubre de 2025, cuando recién me empecé a presentar en el Pre Cosquín”.

Pero algo permanece: “Lo que no me cambió el Premio Revelación es el amor por la cultura y por lo real: por el disfrute de comer tortilla o empanaditas antes de tocar con mis compañeros músicos. O el abrazo de los niños o de las señoras cuando se acercan después de la actuación a decirme ‘¡ay, mamita!’. Eso es algo que siempre me gustó y que se multiplicó, y me encanta. Y también permanece el amor por el pueblo y las interrogaciones que tengo hacia él”. En eso piensa qué representa el hecho de que ella haya ganado con toda su impronta jujeña -con las huellas de las comadres de Susques en su voz-: “Yo soy de las personas que piensan que cada uno debe representarse, pero es verdad que existe algo que tiene que ver con que uno se sienta inspirado por uno u otro artista”.

Y profundiza: “A mí, todo lo que sucedió me generó mucha esperanza. Nosotros fuimos al escenario de Cosquín al igual que vamos al escenario de mi pueblo, o de cualquier lugar, con mensajes que son difíciles de tocar o de poner en la mesa. Y dijimos: ‘Estamos aquí, con la identidad, con la memoria, con el amor hacia nuestras culturas’, y, en mi caso, con el arte andino. Y reconozco que soy una niña proveniente de las orquestas infanto-juveniles que existen en Jujuy, y alumna de grandes copleras de nuestra provincia y también con una fuerte cultura guaraní”.

Entonces “entiendo que hay un logro colectivo en el hecho de que nosotros hayamos llegado al escenario de Cosquín, y que yo haya tenido la intención de caminar sobre él y de chivatear -como se dice en Jujuy-, pero es lo que aprendí toda mi vida. Y ver que la gente lo recibió tan bonito es porque quizá estamos alertas a lo que está pasando en nuestros corazones: algo está cambiando y se ha despertado”. En 2022, Wara Calpanchay ya hablaba de las comunidades puneñas y de la necesidad de acercarles trabajo, tecnología y motivación. ¿Cómo lo ve hoy? “Cuando yo era chiquita era casi imposible ver festivales de arte que nos representaran, y era aún menos pensado verlos como un posible trabajo”.

La fuente laboral, “si vos querías quedarte a vivir en el pueblo, era alguna empresa minera, o si ibas a Jujuy capital sabías que ibas a ser un peón, o que ibas a tener un trabajo afín. Pero hoy se abrió un abanico a través de la educación. Yo me tuve que ir de mi comunidad porque quería aprender algo artístico y en Susques no había mucho. Aún seguimos necesitando crear otros espacios de educación y formación para que no lleguen el alcohol y las drogas: en la ciudad, un joven tiene un gimnasio, el psicólogo y más herramientas de contención, pero en las comunidades hay mucho silencio. Por eso me parece tan importante el rol del arte en nuestros territorios”.

Calpanchay lo sabe: “Hoy en Susques hay un montón de bandas de sikuris que están integradas por chicos muy jovencitos. Arrancan desde los ocho añitos, hasta los veintitantos, y van escalando. Entonces, cuando les toca irse de sus comunidades, ya van con un trabajo y un respeto por su cultura, y llegan a la ciudad con todo un empoderamiento”. También piensa en lo que se deja atrás: “Si hablás con tu abuela, con tu mamá, ahí entendés por qué hay que cuidar la tierra, cuáles son los yuyos que te van a servir, qué animales y andanzas hay. Por eso a mí siempre me resultó muy maravilloso escuchar las coplas. Vos te vas creando micropelículas en cada copla, ya sea una de muerte o una de amor. Las coplas me sirvieron mucho para mirarme a mí misma”.

«Quisiera hacer una escuela de música en Susques, y a la par sueño con seguir estando en los escenarios para siempre». Fotos: Gentileza de la artista

 

Las buenas semillas

Cuando tenía 12, 13 años, Wara Calpanchay creó junto con un amiga, Nazarena, una organización de jóvenes activistas ambientalistas. “Trabajé varios años ahí y hablábamos sobre energías renovables y cómo iban a beneficiar al mundo. Estudiábamos los distintos tipos de contaminación y yo iba con toda esa información a mi comunidad, donde también había gente quejándose porque había llegado un pozo de una nueva minera. Entonces, siempre me generó un poco de ansiedad la palabra ‘activismo’, porque pienso en la cantidad de pueblos originarios que toda su vida van a seguir hablando del amor por nuestra tierra y del respeto por ella”. Pero “ellos son tan valiosos como los activistas que en la ciudad presentan diferentes proyectos legislativos. Yo aprendo de mi mamá huertera, de mi abuela que es pescadora, y así. Y creo que, desde nuestro lugar, somos grandes responsables de las cosas que podemos sanar en nuestro mundo”.

También reivindica el trabajo colectivo en lo musical: “Yo empecé con la Orquesta Infanto-Juvenil de Palpalá; estuve varios años y después audicioné para la Orquesta de la Escuela nº 8, de San Salvador de Jujuy. Luego mi orquesta se tuvo que separar porque no les pagaban a los profes y creamos la Orquesta Académica, en la que éramos todos chicos egresados y les dábamos clases a los más jóvenes: ese año todo fue a pulmón, pero los chicos no se podían quedar sin orquestas”. ¿Qué recuerda de esa experiencia? “A mí me marcó ese momento de decir: ‘Che, no tenemos escuela, no dependemos de nación ni de provincia, estamos solos’. Hoy celebro que esa orquesta pueda seguir dando semillas, que es algo tan importante para espacios como el Pre Cosquín”.

¿Cómo armó Wara Calpanchay el repertorio para Cosquín y después? Ella sonríe y lo evoca: “A ‘La vicuñita’ yo la canto desde muy pequeña. Después tengo ‘La copla de las abuelas’, que es de mi autoría, en honor a mi abuela Odelina y a mi tía abuela Leticia, una de sus hermanas. Esa canción sigue este año y también siguen ‘Te voy a contar un sueño’, ‘Digo la mazamorra’ y ‘Huaynavalito’, porque el público las pide. Después hay algunas mías, como ‘Puna’, que tiene que ver con el desarraigo. La compuse cuando tenía 16”. Además “hago un reggaetón andino y un candombe con huayno. Me gusta jugar con los ritmos. Yo suelo pensar en las canciones y me hago una peliculita en la cabeza”.

También “sumamos una chacarera por el tema del desmonte junto a una nueva copla: no hay que ser muy inteligente para entender lo que está pasando en el país con el tema de los incendios. A mí me pasa que ante temas que me resultan un poco conmovedores o fuertes, elijo una canción, o de pronto llega a mi cabeza o la escucho y ya empiezo a darle una emoción diferente. Ahora tenemos un repertorio de casi dos horas. Como nos fuimos al Sur, estuve escuchando ‘El abuelo y el pehuén’, de Rubén Patagonia. Eso me hace querer seguir aprendiendo de otras culturas que están un poco más lejos de donde vivo. Pero está la misma emoción de ser un nieto de un abuelo originario del lugar que sea”.

 

Se acomoda el cabello negro y mira al frente: “Me gusta componer a nivel de las melodías. Por ahí tarareo y le digo a uno de los chicos: ‘Por favor, ¿podés transcribir esto?’. Tengo muchas escritas en papel. Pero siempre le tuve un poco de miedo a poder grabar en una computadora con un micrófono: ahora el gran desafío es producir esas canciones. La bajista, Wuayra Vázquez, tiene su compu, su placa de sonido, así que este año le perderé el miedo. Y yo compongo sobre lo que me sucede en la vida: el amor, ya sea de parejas, o a las plantas, los animales, la tierra. También me di cuenta de que suelo escribir a través del dolor. Hay algunas canciones que retratan la muerte de algún bebé, de alguna guagüita, y veo una analogía con la misma Madre Tierra que ve cuando se mueren sus hijas plantas o animales”.

En escena, Wara Calpanchay combina los recursos expresivos de su voz, el violín y los movimientos de su cuerpo al bailar, al gesticular y al acompañar el sentimiento, la intención de cada canción. ¿Cómo construyó su presencia escénica? “Antes de estar en los escenarios, en mi casa tenía un solo espejo chiquito, y si no, era el reflejo nomás de las ventanas: yo agarraba cualquier canción, imaginaba y trabajaba el tema del movimiento. Además empecé a adentrarme en el mundo del cine, que me ayudó mucho en lo escénico. Y cuando yo tenía 4 ó 5 años recibía clases de folklore de mi madre, que es una gran bailarina. Así que todo mi trabajo comenzó cuando yo era muy pequeña. Hoy, en los escenarios, también trabajo con las rectas del cuerpo, y eso está inspirado en las pinturas rupestres que tenemos en la región. A mí me pasa que algo me gusta y lo interpreto con el cuerpo”.

¿Y el violín? “Fue mi mejor amigo -sonríe Calpanchay-. Hoy sigue siendo mi mejor amigo, aunque mi amiga, la voz, está codo a codo con él. En estos últimos años empecé a estudiar un poco más la parte vocal, pero el violín me abrió las puertas para aprender una partitura, ir a los encuentros de orquesta que se hacían con chicos de todas partes del país, y de otros países, y decir: ‘Mira, podemos leer lo mismo, ya sea una canción de Beethoven o de Don Ricardo Vilca’”. Pero la expresividad escénica es el fruto de múltiples influencias: “Nunca lo pensé, pero creo que siempre jugué con las manos. Hace dos años empecé a estudiar cine en la ENERC y eso también me brindó muchas herramientas para poder armar los shows, ya sean en un festival o en un concierto en un teatro”.

Desandar el camino es clave para ir hacia adelante. ¿Cuáles son los sueños aún no cumplidos, con la música, que tiene Wara Calpanchay? “Un sueño no cumplido, que tiene que ver con una película que me imagino en la cabeza, es poder tener una casita en mi comunidad con una computadora. Luego tomar un matecito, salir y ver que hay una escuela de música intercultural donde los chicos puedan aprender un instrumento, o a cómo coplear, o a producir sus materiales. Y después, a la noche, decir: ‘Bueno, amigos, tengo que irme de viaje para tocar a Francia’, por ejemplo”. Yo quisiera hacer esa escuela de música, en Susques, y a la par sueño con seguir estando en los escenarios para siempre”.

 

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