En Taracá, el cantautor uruguayo vuelve al candombe y a Montevideo para grabar un disco atravesado por el sonido del tambor. Once canciones que buscan reconectar con el origen con conciencia del presente. Falta y Resto, Young Miko y la cantaora flamenca Ángeles Toledano, son algunos de los invitados.
“Tu geolocalizador dice que estás alejándote”, advierte –y se advierte- el cantautor uruguayo Jorge Drexler en Toco madera, la primera canción de su nuevo disco, Taracá (2026, Sony Music). El año pasado, Drexler cumplió treinta años viviendo en Madrid y ése número redondo, de alguna manera, le encendió una especie de alarma interna. Con mayor o menor conciencia, el cantante y compositor decidió enfocar su nuevo disco en el universo musical, filosófico y poético del candombe, como una forma también de acercarse simbólicamente a su país. Si bien la identidad es un rasgo que trasciende las fronteras –el lenguaje, las tradiciones y las costumbres se llevan con uno-, en su nuevo disco Drexler viajó a Uruguay para buscar el sonido del tambor.
Grabado -en su mayoría- en Montevideo, en estudio Elefante Blanco, en Parque Rodó, Taracá es un disco de once canciones en el que predomina una sonoridad acústica: el protagonismo se lo llevan los tambores, las voces y las guitarras españolas. «Sabía que iba a pasar pero no sabía cuándo/ No vemos a dónde vamos pero vamos acelerando», reconoce Drexler en la primera canción, mientras crece la cuerda de tambores: Diego Paredes y Juan Álvarez (piano); Darío Terán y Fernando Núñez (chico); y Claudio Martínez y Camilo Núñez (repique). Y «Pikiki» Aguirre, que se reparte en todo el disco entre el tambor piano, chico y repique. De fondo, se entremezclan con sutileza sintetizadores y programaciones a cargo de los jóvenes Facu Balta, Tadu Vázquez y Lucas Piedra Cueva, los tres productores uruguayos del disco.
En la producción artística hay también una conexión fuerte con Puerto Rico. Además de resaltar públicamente su admiración por la música de Bad Bunny y su aporte a la identidad musical de su país, Drexler convocó para este disco a dos productores urbanos boricuas: Mauro y Gabo Lugo. Incluso, en uno de los temas del disco, Te llevo tatuada, colabora la cantante y compositora puertorriqueña Young Miko. El disco, además de Montevideo, se grabó en estudios de Madrid y San Juan, capital de Puerto Rico. Si bien en los últimos años Drexler estuvo trabajando bastante a la par de artistas vinculados a la música urbana y al trap, como el español C Tangana (Tocarte, Nominao) y el argentino Bhavi (Me desperté), Taracá no presenta un sonido con predominio urbano o modos de producción de ese territorio musical.
Los beats, las programaciones y los sintes están más bien al servicio de la canción. El sonido de los instrumentos orgánicos –los tambores, por caso- ocupan sí un lugar central en el disco. Al rededor del candombe, la fuerza colectiva de la murga –participa Falta y Resto en Las palabras– y el espíritu telúrico de la milonga –el maestro Julio Cobelli eleva Cuando cantaba Morente– colaboran con la búsqueda principal del disco: retornar a la raíz, volver al terruño, pero a la vez mantener las antenas abiertas al mundo.
Desde el presente. Aquí y ahora. Eso es el candombe: puro presente. Un ritual colectivo y comunitario. Una celebración del baile. En este sentido, el título del disco, Taracá, tiene una doble explicación. Remite a una cuestión geográfica y presente: estar acá. Pero también refiere a la clave del candombe: «taracá» es una onomatopeya posible del patrón rítmico del tambor chico. “En primer lugar, ‘Tar acá’ es una aféresis (pérdida de sonidos al comienzo de una palabra) rioplatense de ‘Estar acá’ y yo solamente uso esa expresión y el adverbio de lugar ‘acá’ cuando estoy en Uruguay”, escribe Drexler en el librito del disco.
“Tiene para mí, por tanto, algo de cercanía familiar, de casa, de presencia afectiva. Resume también de alguna manera la necesidad que tuve de volver después de mucho tiempo a grabar acá, en Uruguay, por muchas razones personales”, se explaya el artista de 61 años. “De ahí se extendió a ‘Estar acá y estar ahora’, refiriéndose a la expansión del presente, el trance rítmico, espiritual, valiosísimo, que África a través de la práctica del candombe le regaló a la sociedad uruguaya”, sostiene. “Por último, es un título de disco con la vocal A, la vocal más abierta, la que no retiene el aire, la que suelta la emoción sin filtro ni modulación, sin casi procesar el sonido”.
La belleza de ser un eterno aprendiz
Después de Toco madera, que fue también el primer adelanto del disco, sigue ¿Cómo se ama?, que lleva el sello Drexler: una canción redondita, con la voz cálida del cantautor al frente y el acompañamiento de los tambores de Pikiki. Luego, en sintonía con la propuesta sonora llega El tambor chico, con la participación del colectivo Rueda de Candombe. «Es un círculo en el que la sociedad se reconoce así misma en un repertorio», grafica Drexler sobre este novedoso proyecto musical nacido en 2024 que emula a las rodas de samba cariocas pero con un repertorio candombero. «Es mi credo favorito/ cuando el candombe se prende y callejea…/ Con el tambor también se reza/ y la vida cabe en esa/ semicorchea», canta el uruguayo escoltado por Claudio Martínez (repique), Diego Paredes (piano) y Darío Teran (chico).
En la cuarta canción, Ante la duda, baila, Drexler hace una de las cosas que mejor sabe al momento de escribir: combinar la historia –ya sean acontecimientos científicos, culturales, sociales o políticos- con la música. En esta canción candombera y bailable el cantautor ofrece una selección de sucesos históricos en los que el baile –o un ritmo bailable- fue prohibido por el poder de turno: la zaranbanda durante el reinado de Felipe II, el chuchumbé por el Tribunal de la Inquisición; los bailes, tangos y candombes por el gobernador de Montevideo, en 1813; el tango en ambientes católicos por el papa Pío X, y el reggaetón en Puerto Rico, en 1995, por su carácter “vulgar”.
El disco sigue con una bella canción folk, intimista y despojada: Te llevo tatuada, con la colaboración de la joven cantante Young Miko y arreglos de cuerdas a cargo del uruguayo Nacho Algorta. El disco alcanza uno de sus momentos musicales más altos con una versión del samba O que é, o que é?, de Gonzaguinha, traducida aquí como ¿Qué será que es?. Con la colaboración nuevamente de los tambores de Rueda de Candombe, Drexler recupera y canta en castellano una canción luminosa y esperanzada. «Vivir/, y no tener vergüenza de ser feliz./ Cantar (y cantar, y cantar)/ la belleza de ser un eterno aprendiz/ Yo sé/ que la vida podría ser mejor, y será,/ pero eso no impide que repita:/ es bonita, es bonita y es bonita», canta con entusiasmo.
Luego, en Amar y ser amado se vuelve a preguntar sobre el amor y sus laberintos, esta vez con la cantautora barcelonesa Meritxell Neddermann como artista invitada; ambos con sutiles efectos de vocoder en sus voces y la presencia de sintetizadores –Mauro y Gabo Lugo- que se funden con la guitarra de nylon. La octava canción, ¿Hay alguien A.I.?, se enmarca en una serie de canciones «drexlerianas» en las que el músico reflexiona sobre los efectos de las nuevas tecnologías en las relaciones humanas y en la dimensión psicosocial.
En Data data, de Bailar en la cueva (2014), reflexiona sobre la era de la información y la Big Data; en Telefonía, de Salvavidas de hielo (2017), sobre las telecomunicaciones; y en ¡Oh Algoritmo!, de Tinta y tiempo (2022), satiriza sobre la lógica del algoritmo en plataformas digitales y redes sociales. Ahora, en el nuevo disco, el músico y médico se hace preguntas sobre el avance de la inteligencia artificial. En esta canción, ¿Hay alguien A.I.?, se lo nota preocupado: «¿Será buena idea seguirte enseñando/, pensando en la era/ en que tomes el mando y/ pasado mañana/ te pases a hermana mayor/ y de ahí a Gran Hermana?», se pregunta el cantautor.
La parte final del disco llega con Cuando cantaba Morente, un homenaje al destacado cantaor español Enrique Morente, fallecido en diciembre de 2010. Con la colaboración del guitarrista uruguayo Julio Cobelli –fue músico de Zitarrosa- y la joven cantaora flamenca Ángeles Toledano, Drexler ofrece una milonga acústica, sencilla y criolla, sin programaciones ni sintes, para seguir reconectando con sus raíces. «Se preguntarán qué es lo que hacemos cantándole al amor/ mientras el mundo se va al carajo/ Ni más ni menos que/ Nuestro trabajo», canta en la penúltima del disco, Nuestro trabajo/Los puentes, una canción en ritmo de plena uruguaya, con el popular cantante Américo Young, y una intención noble: mantener los puentes abiertos en días confusos. El disco cierra con Las palabras, una canción dedicada a su padre que va «in crescendo« y culmina con las voces potentes y emotivas de la murga Falta y Resto. «La gente pasa, pero las palabras quedan», sintetiza el uruguayo.
Memoria del cuero
Jorge Drexler es uno de esos artistas que dialogan con su propia obra desde un lugar consciente. En su nuevo material, no solo dialoga con discos claves en su discografía como Frontera (1999) –un antes y un después en su carrera- y Sea (2001), en los que trabaja con el candombe, la milonga y la música rioplatense desde un abordaje electrónico y moderno –los productores Carlos Casacuberta y Juan Campodónico ocupan un rol central en esa materia-, sino que también conecta con otro álbum importante en la construcción de su personalidad musical: Bailar en la cueva (2014). Hay un link directo entre canciones de ese disco como Bailar en la cueva, Bolivia y la cumbia La luna de Rasquí con la reciente Ante la duda, baila.
“Con Bailar en la cueva me propuse sacarme la dictadura de las articulaciones”, explicó Drexler sobre ese disco en relación a una cuestión social que marcó a su generación: la prohibición de reunirse a bailar durante la dictadura cívico-militar uruguaya (1973-1985). «La idea es eternamente nueva: cae la noche y nos seguimos juntando a bailar en la cueva», canta en la que da nombre al disco. «Ya hacíamos música muchísimo antes de conocer la agricultura», señala en la letra. Se refiere a la idea de reconectar con el movimiento del cuerpo: con la especie humana, con el otro. “Soy hijo de la dictadura y pertenezco a una generación que vivió con gran opresión la época más sensible, la infancia y la adolescencia tardía, el nacimiento de la sexualidad, la consolidación de la relación que uno tiene con el cuerpo”, le decía el uruguayo a Página/12 en 2014.
Luego, profundiza en esa misma idea en Movimiento, la canción que abre su disco Salvavidas de hielo (2017): «Somos una especie en viaje/ No tenemos pertenencias sino equipaje/ Vamos con el polen en el viento/ Estamos vivos porque estamos en movimiento», canta Drexler en alusión a la trashumancia, pero también a la misma acción vital de moverse. Por eso dice al final de la canción: «Lo mismo con las canciones, los pájaros, los alfabetos/ Si quieres que algo se muera, déjalo quieto».

En Taracá, el cantautor uruguayo ofrece un conjunto de canciones luminosas que buscan tender un puente humanitario. Fotos: Manuel Velez
Si bien Taracá es un disco en el que Drexler conecta de forma directa con la tradición musical del Río de la Plata –el candombe, la milonga, la murga- y su imaginario poético, no es la primera vez que trabaja sobre estas músicas y ritmos. El candombe siempre estuvo presente en su obra. De hecho, el primer disco que publicó, La luz que sabe robar (1992), abre con un candombe «jaimerrosiano»: Bienvenida. Luego, en Frontera (1999) aparecen la emblemática Memoria del cuero –con una cuerda de tambores bien presente- y la hermosa canción de amor Río abajo también en ritmo de candombe. En el siguiente disco, Sea (2001), hay otra canción candombera, Tamborero, que se cruza también con elementos electrónicos. El disco nuevo está dedicado a la memoria de su padre, Gunther Drexler Schlein, fallecido en noviembre de 2024. “Quise volver a grabar en casa, en mi Montevideo, donde mis padres se conocieron y donde me trajeron a este mundo hermoso y terrible”, resalta en los créditos del disco. Y también hay un agradecimiento muy especial a Carlos Casacuberta, amigo y antiguo colaborador –y productor junto a Campodónico de la trilogía Frontera, Sea y Eco (2004)-, que estuvo cerca de estas canciones y prestó su oído durante todo el proceso creativo.
“Cuando yo perdía la fe, él me la restituía con paciencia y generosidad. Y créanme que esa oscilación de ánimo es un pulso permanente en la manera (la única que conozco) que tengo de hacer discos”, cuenta Drexler. “Cuando le pregunté qué nombre le poníamos a su función, tan importante y tan ubicua, qué cargo quería tener en estos créditos del disco, él me respondió: ‘amigo de siempre’. No se me ocurre una función más bonita”.
En suma, Taracá no es solo un disco atravesado por el candombe –un ritmo que siempre orbitó en su obra, pero en el que nunca había focalizado en su totalidad-, sino que es, sobre todo, un disco de reconexión con el cuerpo, con el baile, con la vida en comunidad y con los orígenes –el suyo propio, pero también de la especie humana-. ¿Y qué es la vida en comunidad? La aceptación de las diferencias, la convivencia y el encuentro con el otro. En un mundo cada vez más “agrietado”, polarizado y hostil con los sectores más desfavorecidos de la sociedad, el cantautor uruguayo ofrece un conjunto de canciones luminosas que buscan tender un puente humanitario. La reconexión de Drexler va de adentro hacia afuera. Del «paisito« al mundo.
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Qué belleza. Desde Colombia, con amor.
Hay textos que uno no solo lee, sino que siente. Este me recordó que el tambor no solo suena: llama, reúne, despierta memoria y nos devuelve a la raíz. Me hizo pensar en Drexler cuando canta que “yo no soy de aquí, pero tú tampoco”, porque al final la música y la emoción también son patria compartida. Gracias por una reseña tan honda y tan viva.
Gracias por tan hermoso, detallado y profundo análisis, tanto del disco, cómo de la historia musical de Jorge.
Fuerte abrazo
Fede
Qué hermosura de reseña…quienes seguimos a Drexler (desde mucho antes de Cemento :))) nos emocionamos cuando alguien pone en palabras lo que sentimos al escuchar sus canciones. Gracias!!!
Gracias, muchas gracias.