David Lebón y Pedro Aznar agotaron localidades en Metropolitano con un show basado en aquellas canciones inolvidables. De la emoción al negocio de ser tributo de sí mismo en un viaje interno de sensaciones encontradas.


Ningún viaje empieza cuando te subís a un auto, jet, avión o barco, parafraseando a Serú Girán. De eso se trata este texto, de cómo entré a un show sabiendo que mi cabeza estaba exactamente en otro lugar. No en un lugar indefinido, no, nada de eso. Es ese espacio áureo ubicado entre finales de los 70 y los primeros 80, sí, claro, del siglo pasado, pero apenas cinco décadas atrás. En esos años de plomo (circa 1978-1982), pero que, paradójicamente, éramos jóvenes y hermosos.

No hacía falta ser militante para sentirse perseguido. Todos y todas, de algún modo, éramos sobrevivientes. Pedro Aznar, piedra basal de este bienvenido regreso a la esencia de Serú, lo definió de un modo inequívoco en el booklet del disco “Yo no quiero volverme tan loco” (el mejor concierto grabado por los Beatles argentinos en base a los shows del teatro Coliseo en diciembre 1981 y editado por Sony en 2000): “Eran tiempos sombríos, y la música era refugio y barricada, santuario y tribuna”.

Fotos: Diego De Bruno

La figura del viaje es mucho más que una metáfora ligera. Es muy difícil entrar a un show colmado de gente en una fría noche de 2026 (sábado 4 de julio, Metropolitano, entradas agotadas, por eso habrá nueva fecha en el Anfiteatro el 7 de diciembre) para escuchar las canciones que te atravesaron la cabeza, el alma, la vida misma cuando uno era otro. “Hoy dijo la radio, que han hallado muerto al niño que yo fui”, cantaba Joaquín Sabina en los 90, y yo sentía más o menos eso.

El señor que estaba ahí, abrigado, panzón, canoso, que según el documento sigo siendo yo, estaba tratando de conectar con aquel pibe que recién entraba a los 20, flaquito y de pelo largo (todavía lo tengo), y lleno de sueños por cumplir (algunos aún me quedan). Por eso fue inevitable quebrarme en llanto cuando Lebón, que ahora también está gordo, viejo, canoso y extremadamente sensible nos canta, me canta “Nos veremos otra vez”:

No estés solo en esta lluvia/
No te entregues, por favor/
Si debes ser fuerte en estos tiempos/
Para resistir la decepción/
Y quedar abierto mente y alma/
Yo estoy con vos.

Esa letra significaba una cosa para aquel pendex de 20, muy distinta a la que representa hoy para este hombre que mira el futuro como quien cuenta las últimas monedas para gastar en medio de un viaje largo que está en los kilómetros finales.

El viaje vuelve a aparecer en escena, y no es casual. Porque querés disfrutar el máximo con lo poco que te queda, quizá por eso vale tanto ese minuto. “Cada segundo cuenta” se leía en el cartelito de la cocina de la serie “El oso”, y acá pasa lo mismo. Entonces de pronto estás en un recital para ver a David Lebón y a Pedro Aznar que van a hacer los temas de Serú Girán, pero me faltan Charly García y Oscar Moro.

El bigote bicolor, eterno, intocable, célebre, genio está ausente porque ya se retiró de los escenarios, saca algún disco de menor talla cada tanto y suele vérselo en alguna publicidad del Mundial, pero a él se le perdona todo, hasta que no venga a tocar siquiera un tema en esta gira, porque a García, señor, señora, muchacho, muchacha, solo queda agradecerle por toda su inmensa obra. En cuanto a Morito, considerado en aquellos años el mejor baterista argentino en la mayoría de las encuestas anuales de la Revista Pelo, ya está en otro plano hace veinte años. Y con más razón hay que decirle gracias por tanto.

Moro fue el gran ignorado en el show de Metropolitano,  ya que ni Pedro ni David lo mencionaron ni una sola vez, apenas se le dedicó un tema, “Cuánto tiempo más llevará”, seguido por el “olé, olé, olé, olé, Moró, Moró” de la gente, en un concierto que se realizó una semana antes del aniversario del Día del Baterista (por el 11 de julio de 2006, que fue el fallecimiento de quien además fue batero de Los Gatos, Color Humano, La Máquina de hacer Pájaros y Riff) que se celebra hace más de diez años en Rosario, su ciudad, con 60 bateristas tocando al unísono en su honor en un evento único en Latinoamérica. Injusto ninguneo al responsable de la cuarta parte del sonido de Serú. Es más, el muy buen baterista Matías Sabagh reprodujo el groove de Serú y fue el músico más destacado de los cuatro que acompañaron a Lebón/Aznar, justamente porque recrea con exactitud lo que creó Moro, golpe por golpe. Es un gran intérprete Sabagh, pero las ideas originales salieron de la cabeza del músico de Serú más ninguneado en el show de Rosario. Perdón la extensión, pero había que decirlo.

Fotos: Diego De Bruno

Claro que además del viaje interno, y dentro y fuera de ese tour emocional, hubo un show titulado “Serú Girán por Lebón y Aznar”. Y era lógico que esta serie de conciertos se concretara alguna vez. En un contexto donde la música de ayer se revisita cada día más con bandas tributo de distintas jerarquías (Dios Salve a la Reina y Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado figuran entre las mejores) cómo no iban a autohomenajearse Lebón y Aznar, si además de corresponderle genuinamente por ser parte del asunto se les presentaba un negocio redondo que sigue sumando conciertos y engordando bolsillos. ¿Y la parte artística, y la cuestión creativa, y el compromiso del artista de siempre apelar al riesgo como la razón lógica para que su ADN tenga sentido? Naaa, no importa, eso lo dejamos para los tiempos de juventud, a veces se decía “pecado de juventud” para justificar las aventuras de los que peyorativamente se los llamaba imberbes, que iban por todo sabiendo que el resultado era nada. El todo y la nada, dos puntas del mismo ovillo.

Esas contradicciones también me atravesaron la noche del 4 de julio. Porque a pesar de esa piedra en el zapato era inevitable emocionarme con el solo de bajo de Pedro Aznar en “Noche de perros” o ese punteo intacto de Lebón en “Esperando nacer”. La garganta de Lebón ya no es la misma, pero ese color de voz me remite a aquel Lebón pelilargo que la pantalla se ensaña en mostrarme una y otra vez. Y de pronto escucho la intro de “La grasa de las capitales” con “qué importa ya tus ideales” y los veo a los cuatro con una cinta adhesiva sobre la boca. Es otro vuelo hacia el pasado y al toque salto en modo tentempié hasta Metropolitano. Y vuelvo a escuchar “Canción de Alicia en el país” y agradezco cuando Pedro, que ahora interpreta la voz de aquel Charly, reemplaza al “rey de espadas” por “la policía”, tras cantar “los inocentes son los culpables, dice su señoría”.

El tiempo es veloz, y también entiendo que el tiempo es feroz. “Volveré a ser feroz, mi garra será mortal” cantó David ayer y hoy, y remató con “volveré a ser feroz, un rayo en la oscuridad”, en el único tema en que esta nueva versión de Serú tuvo el momento más creativo de la noche con una vuelta de tuerca más eléctrica de aquel clásico acústico de la emblemática banda.

Resulta extraño (o no tanto) que en este viaje interno dejé archivado en un no lugar (gracias Marc Augé) la noche que vi en el Gigante de Arroyito el regreso de Serú ese 11 de diciembre de 1992, sentado en el sector K, impar (el mismo sector donde alenté tantas veces al Canalla), fila 2, asiento 29. Aunque aún guardo celosamente esa entrada cortada por el boletero, no tengo registros sentimentales de ese show. Se me disparó, se me borró de la memoria. Quizá fue porque quise dejar intacto el primer Serú, el que nació en Buzios cuando Charly lo convenció a Lebón de un modo impensado («Charly vino dos veces y le dije que no, pero la tercera vez vino con facturas y le dije que sí», contó David). Ese regreso del 92 fue raro, la oferta millonaria estuvo por delante de la pasión (el todo y la nada, como ahora, dos puntas del mismo ovillo otra vez). Es más, los más memoriosos todavía recuerdan cuando Moro lo corrió por el escenario de River a Charly al grito de «te voy a matar, hijo de puta» (“Entre lujurias y represión”, Mariano del Mazo, editorial Sudamericana) después que apagaron las luces y luego de que García le tirara al suelo la batería. Lo que sucedió luego de esa pelea fue una metáfora de ese regreso: cuando las luces se encendieron ambos se abrazaron y agradecieron al público, tras quedar a oscuras de nuevo Moro volvió a correrlo a las puteadas. Ese Serú no está en mi registro emocional, ni en esa cajita feliz de mis veintipico ni mucho menos ahora. Solo quedaron algunas (pocas) canciones brillantes que aún destellan.

Fotos: Diego De Bruno

Pero volvamos a Metropolitano. Cuando el show estaba terminando y ya me había vuelto a emocionar con la cadencia melódica de “Cinema verité”, con la sutileza clásica de “Desarma y sangra” y la trágicamente bella (valga el oxímoron) “Viernes 3 A M”; y me puse de pie para revolear la campera en  “No llores por mí, Argentina” y  “Peperina” (en la parte de “trabaja en los recitales…”), me di cuenta que fui un suertudo por recibir tanta calidad de música toda junta, tanto rock, tanta fusión, tanto pop, y con esas letras que, como había dicho Aznar, eran refugio y barricada.

En el bis, cuando llegó “Seminare” sentí que yo estaba arriba del escenario. Era yo el que decía “quiero ver, quiero entrar”, y también “vas aquí, vas allá, pero nunca te encontrarás”, porque, en definitiva, todas las personas estamos en esta vida para caminar por la misma calle, la calle de la sensación, muy lejos del sol, que quema de amor.

 

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