Los convulsionados tiempos de Say No More en la vida de Charly García salen a la luz de la mano del impactante libro Alguien en el mundo donde el fotógrafo Maxi Vernazza reunió su experiencia personal inmerso en aquella vorágine que difuminó las fronteras entre el artista y la persona.


«Escúchame, hermano, entre este ruido actual/Hermano, te lo pido, ayúdame a seguir/No esperes que te entiendan, ¿por qué lo habrían de hacer?/Son solo maquinitas que no pueden fallar», escribió y cantó Moris en 1970 para su canción “Escúchame entre el ruido”, una sentencia que, 26 años más tarde, Charly García plasmó a su modo al inaugurar la era Say No More que a partir del disco homónimo se extendió hasta 2010 con cinco placas más y una deriva performática por la que se colocó en el centro de la tormenta.

Sobre gran parte de ese período que abarca cerca de una descontrolada década y media donde caos y vanguardia son términos posibles pero insuficientes para definir ese mundo trazado por García que puede verse en Alguien en el mundo-10 años en el planeta Say No More (1998-2008), el reciente libro de imágenes del fotógrafo Maxi Vernazza.

“Digamos que en aquel momento mi locura se volvió arte. Así que, por un lado, no quiero volver a esa etapa, pero por otro lado estoy orgulloso”, la sintetiza el artista rockero en un breve texto que acompaña la publicación de Editorial Vademecum que fue presentada el sábado 24 –un día después del cumpleaños 75 de Charly- en la Disquería RGS (Av. Corrientes 5233, CABA) con música en vivo a cargo de Leo García.

Vernazza, el autor de estas imágenes que logran describir cabalmente ese tiempo donde la vida personal y artística del mentor de Sui Generis, La Máquina de Hacer Pájaros y Serú Girán se encarnaron a partir de la decisión de no medir consecuencias, le cuenta a De Coplas que, según su mirada a través de la cámara, García “nunca se armó un personaje sino que siempre fue la misma persona. Vos lo veías, capaz, calzando dos zapatillas distintas y con el cuarto hecho un quilombo, pero metía la mano en un manojo de cables y sacaba lo que necesitaba. Una de las cosas que me parecieron más increíbles de esos años es haberlo visto tirado en la cama componiendo y después ver que ese tema salió publicado en un disco y se convirtió en un éxito. Eso me alucinaba”.

Ese período en la existencia creativa de Charly incluyó la publicación de los discos “Say No More” (1996), “El Aguante” (1998), “Demasiado Ego” (1999, en vivo), “Influencia” (2002), “Rock and Roll Yo” (2003) y “Kill Gil” (2010) y aunque temporalmente debiera incluirse “Alta fidelidad” (1997) a la nómina, ese encuentro con Mercedes Sosa asumiendo obra de García funcionó como un impasse luminoso al que debe incluirse la invitación de la Negra a compartir un rato de su actuación en la noche de cierre del Festival Nacional de Folklore de Cosquín de enero de 1997 donde compartieron versiones de “Rezo por vos”, “Inconsciente colectivo”, “De mí” y el Himno Nacional.

Aquel “aguante” a los desbordes del artista puesto en carne viva y capaz de llegar tres horas tarde a un recital, pintarse todo el cuerpo con aerosol, tirarse a una pileta desde el noveno piso de un hotel mendocino o pasar un largo período de internación en 2008 donde estuvo en la clínica neuropsiquiátrica Avril y terminó viviendo con Palito Ortega y familia en la quinta Los pájaros de la localidad bonaerense de Luján, generó una nueva oleada de jóvenes fans autodenominados «aliados» que todavía lo siguen.

En medio de aquel torbellino, la aguda mirada de Vernazza –que tras algunas celebradas muestras ahora se ha vuelto un libro impactante- aparece como un testimonio que, entre el asombro y la curiosidad, enmarca un particular ciclo en la existencia de uno de los más grandes creadores de la historia de la música argentina.

“A partir de una cobertura para la revista Gente que me cayó de rebote, pegué buena onda con Charly a pesar de que no me gustaba particularmente su música y empecé a llamarlo para ir a los shows, entrar a los camarines, mostrar cosas que él me dejaba ver de su casa como la cocina, la habitación, su ropero o la intimidad en el estudio de grabación. Cosas que en ese momento sin redes sociales no aparecían públicamente”, resume el fotógrafo.

Fotos: Maxi Vernazza

– ¿El hecho de que no te cautivara la música de Charly te ayudó a poder “verlo” desde una necesaria distancia?

– No lo sé. Pero la verdad que a mí me gustaba más el quilombo en la música, una cosa con mayor energía hasta que al conocerlo personalmente descubrí que Charly era como un punk impresionante y eso no solamente me cautivó sino que me conquistó al 100% e influyó muchísimo en mi manera de fotografiar. Siento que por un lado me parece que me habitué enseguida a ese mundo y por el otro me siguió sorprendiendo siempre.

– ¿Cómo se fue tejiendo la relación en ese cotidiano?

– No teníamos un vínculo del día a día sino que combinaba para verlo un par de veces al año, pero de verdad era como muy raro porque era llegar, entrar a donde sea y sentir como si hubiese estado ayer con él. Yo llegaba y nos poníamos a conversar como si nada mientras él se la pasaba componiendo o pintando y no importaba si había pasado mucho tiempo desde la última vez. Y hay algo muy loco para mí que es que nunca me pidió ver nada de lo que yo sacaba. Una vez le quise mostrar la pantallita de la cámara y me dijo, «No, no. Vos sabes».

– Cero divismo en García…

– Cero, cero, cero. Podía tener alguna cosa de divismo al momento, ponele, de querer una limusina blanca para ir a algún lado. Pero en el trato cotidiano, nada que ver.

– ¿En algún momento sentiste que te pesaba un poco esa vida tan descontrolada que llevara Charly?

– La verdad es que mientras mantuvimos trato no era algo en lo que yo estuviera pensando. Una vez a pocos días de la vuelta de su zambullida en Mendoza (el 3 de marzo de 2000) fui a verlo a su departamento en la avenida Coronel Díaz y salimos al balcón y medio que Charly hizo el gesto de sacar la pierna como lo había hecho en el hotel y se ve que se dio cuenta que me asusté y me dijo «tranquilo, tranquilo, yo estoy entrenado para esto» y ahí me contó que cuando era chico iba al campo del tío, se trepaba el molino y se largaba desde ahí arriba a un tanque australiano.

Fotos: Maxi Vernazza

– Sin querer hacer psicología barata, ¿se te daba por pensar que atravesando esos avatares Charly se sentía inmortal?

– Yo calculo que inmortal se sentiría porque tirarse de un noveno piso no es para cualquiera. Ciertamente era un personaje que hacía cosas muy muy extremas, pero nunca sentí que pudiera hacer nada al respecto.

– Al respecto, ¿en algún momento sentiste cierta responsabilidad por tener que cuidarlo y no exponerlo con determinadas imágenes, en ciertas situaciones?

– Nunca necesité mostrar nada que no se pudiera fotografiar, aquello que no. Pero viendo las fotos está todo muy a la vista sobre en qué estado se encontraba Charly entonces aunque, ojo, todas las fotos son realizadas con amor y siempre me mantuve por entender y por saber escaparme a tiempo. O sea, si la cosa se ponía densa, yo agarraba mis cosas y me iba, tiraba la bomba de humo y me escapaba pensando «bueno, otro día volveré».

– ¿Nunca dejaste de lado tu rol de fotógrafo?

– Siempre que estaba al lado de Charly, tenía la cámara. La cámara estaba y yo sabía si sacar o no. Por ese trato implícito y, además de hacerle fotos, hasta pude asistirlo y acompañarlo durante la grabación de “Kill Gil” en Nueva York.

– ¿Qué canción te parece emblemática del período que retratás en el libro?

– Soy muy mal fan pero me gusta mucho “Corazón de hormigón” que grabó y cantó en vivo con Palito Ortega y cuando salió lo insultaron y le tiraron de todo pero al final terminó aplaudido y se hizo justicia porque lo que hizo por Charly merece mis respetos absolutos.

– ¿Creés que Ortega lo salvó a García?

– No sé si lo salvó, pero se lo llevó a su casa y pude ver donde dormía Charly que estaba alojado allí con la familia y recibió el cariño de Palito, de Evangelina y de sus hijos cuando no era sencillo llevártelo a vivir con vos en esa etapa de rehabilitación. Y por eso para cerrar el libro elegí una foto que es en la quinta de Palito donde Charly, sobre un fondo blanco, está sonriendo como una especie de sobreviviente a Say No More.

– ¿Qué te pasa cuando lo ves a Charly hoy?

– Pienso que está cuidado y transitando su vida que es muy distinta a la que tuvo antes. Pero lo veo bien, lo veo siempre con una sonrisa y está salidor, así que ojalá esté disfrutando y celebrando ser un sobreviviente.

– ¿Y vos de algún modo te sentís como ese “Alguien en el mundo” de García?

– “Alguien en el mundo” es él, soy yo, sos vos, son los aliados.

 

 

“Naturaleza muerta no hago”

Después de 23 años siendo parte de Editorial Atlántida y además de su presente como fotógrafo institucional en el Congreso de la Nación, Maxi Vernazza ha hecho muestras con parte de sus imágenes de Charly García y con una serie documental sobre la populosa zona porteña de Once pero, también, avisa que “trabajé mucho y en la intimidad con Diego Maradona”.

“Me la he pasado desarrollando temas propios como ese lado B del Once y ahora estoy trabajando en algo similar con La Boca y con la pasión xeneize porque si hay algo que no hago son bodegones ni naturaleza muerta”, comenta Maxi entre risas.

Otro trabajo más íntimo pero no menos relevante es el que realizó sobre los últimos cuatro años de vida de su padre que, según cuenta, son fruto de “haberme puse a registrar la vida de mi papá casi a diario a partir de la pandemia cuando con más de 80 años cerró su consultorio de odontólogo”.

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