Cuando una cantora enciende su voz a la ternura, se encienden los candiles, las brújulas se desorientan, los pájaros revolotean por encima de las almas de esos que están celebrando, abrazados al que está al lado, abrazados a los se fueron, abrazados a sí mismos. Cuando una cantora frasea una zamba y habita el canto, las radios se sintonizan en el dial de los sueños, los poetas afinan sus silencios para darle forma al mejor de los sonetos, las generaciones nuevas imaginan una guitarra para desperdigar acordes, para llegar al otro lado de la vida y suave, muy suave, cambiar la trayectoria del viento, sumar un grito, besar el cielo. Cuando una cantora desanda sus cuerdas vocales en una vidala, los gatos se despiertan de la siesta, las abuelas van en busca del pan y la manteca, los taxistas aprietan las bocinas, las banderas flamean en los trenes, los tensiómetros se aceleran, las mandíbulas se aflojan, los dolores se resignan. Cuando una cantora se aferra a sus sentires para dejar registro de su canto, los cristianos se arrodillan y los ateos se excomulgan, los matemáticos descartan sus teoremas y los directores de las orquestas dan rienda suelta a la novena sinfonía de Beethoven. Cuando una cantora presagia el final de una noche de melodías, las pulsaciones toman la forma de un terremoto, la vida es una pasión que abraza. Cuando una cantora se vuelve irrepetible, se asoma la poesía del Cuchi y de Tejada, las mariposas observan desde un arco iris, el frío no importa, la lluvia no importa,rosso el sol tampoco importa, las santas inmaculadas se apiadan por un rato de los desafinados y un hombre llora y ríe, todo al mismo tiempo, sentado a la sombra de una sombra, acariciando el resto de sus días, al amparo de un recuerdo que será suyo para siempre.

Cuando una cantora muere, nunca se sabe cuánto va a durar el silencio, cuándo volverá a salir el sol, hasta donde llegará la frecuencia de los sones. Cuando una cantora muere, las zambas y las vidalas se quedan con disfonía y la señal que espera el bombisto, por ahora no. Cuando una cantora muere, hay que hacer que su voz se siga escuchando y también hay que saber llorar.

Melania Pérez cantaba por herencia, por legado de una familia que bailaba en los carnavales del norte, habitaba las orquestas, convivía con las tradiciones. Melania le cantaba al paisaje andino, atravesaba géneros, forjaba vínculos, se hacía querer porque sabía querer. “Canto por herencia. Por la carga emocional del paisaje y del hombre. Luego uno aprende a escuchar también otras realidades y otras voces. Creo que lo que uno tiene se afirma con el estudio. Porque la idea no es encerrarse sólo en lo que ya se trae. Siempre puedo llegar a una variante distinta. Nunca me detuve a pensar y decir: ésta es mi voz”, dejó dicho la cantora, esa que con apenas 17 años sumó su voz a la inmensidad musical de Las Voces Blancas, aportando un código identitario al grupo vocal, que lo llevó a la consagración en el Festival de Cosquín en 1967.

Su vida estuvo atravesada por los sonidos. Estudió canto, aprendió los secretos de la fonoaudiología, aportó al coro de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires. Cuando dejó un espacio vacante en Las Voces Blancas, regresó a Salta, donde se sumó al cuarteto vocal El Vale Cuatro, armonizado y dirigido por Gustavo «Cuchi» Leguizamón, junto a Rubén Palavecino, Chacho Campos y Arsenio Lucero. Corría 1974 y por entonces inició su camino como solista. Más adelante conoció a Hicho Vaca, y juntos le dieron forma al Dúo Herencia, formación que recorrió el país, grabó para el sello Odeón y obtuvo la mención consagratoria en Cosquín 1981. El listado de andares de Melania dice también que en 1985 integró la edición especial Las Joyas de la Música Argentina junto a figuras consagradas del folclore nacional, y realizó giras por el norte argentino con el espectáculo La Gente de Uno, junto a destacados poetas y músicos. Como solista, grabó Luz del aire (1999), un disco aclamado por la crítica por su sutileza; Igual que el agua… cantando (2002), producido por León Gieco y con invitados de lujo como Jaime Torres, Peteco Carabajal y Mercedes Sosa, disco que la consolidó como la cantora de cantoras y La flor del comprendimiento (2010), una obra que reafirmó su compromiso con la poesía de raíz. Su último registro editado fue una colaboración con el grupo Juanetes, en el disco El Canto Hereje Vol. II (homenaje de bandas de rock de Salta a Daniel Toro), donde versionan Cuando tenga la tierra.

En enero se apagó la vida de Melania Pérez. Salta, su tierra, la despidió con emociones y el folklore le agradece el legado de su canto. “No hay adiós que te alcance”, escribió Teresa Parodi al despedir la vida de Melania. Porque cuando muere una cantora, bajo el sauce solo, se la recordará mirando al río.

 

Foto de portada: Eduardo Fisicaro

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3 thoughts on “Requiem para una cantora

  1. Ana Maria Ramos dice:

    Gracias por tan justas e inspiradoras palabras,tienen alma son verdaderas…Un abrazo a quien sabe decir lo que siente. lo que sentimos todos.Perdimos a una artista excepcional,a una persona incomparable, sensible,solidaria y auténtica. Atesoramos todo cuanto nos dejó:, su incomparable arte , su sensibilidad y su presencia irrepetible. Sigue y seguirá entre nosotros,porque quienes la hemos conocido y amado no la dejaremos ir.

  2. Dolis saldaña dice:

    Eterna por siempre , Melania Pérez

  3. Horacio Peñalvs dice:

    Melanina Pere,z, una de la gra des cantoras con el sonido puro del canto andino.Se fue pero se queda en su obra y en la memoria del pueblo.

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