La Peña La Juana Azurduy presenta una nueva edición dedicada a Armando Tejada Gómez y Hamlet Lima Quintana, dos poetas fundamentales de la música popular argentina. En esta nota recorremos algunas de las historias y legados de los entrañables artistas.


Que uno debe vigilar cada momento que transcurre el tiempo para atrapar un ángel; que uno tiene el oficio común de andar viviendo, entre los golpes de la vida, entre las sombras. Que uno no es juan lópez solamente; que vivir es un ejercicio ejercitado en la tarea. Que la poesía es un arma cargada de futuro, que ese futuro está presente en el pasado; que la infinitud es tan provisoria que todo es bello un instante y por si acaso, es bueno tener a mano un amigo, un libro, una guitarra, una zamba para no morir. Los años dejan surcos, los surcos abren grietas, las grietas un llanto conmovido, un pañuelo blanco, un cancionero. Hamlet Romeo Lima había nacido en Morón en 1923 pero su orgullo era contar que cinco meses del año los pasaba en Saladillo, en la pampa húmeda. Y que era de allí. En su casa se respiraba poesía y amor por las letras y los sonidos, y quizá por eso Hamlet Lima Quintana -así el nombre y apellido que grabó con tinta las mejores páginas del cancionero folklórico- fue poeta, letrista, musiquero. Y periodista, porque transitó redacciones de la agencia United Press, del diario Clarín, a la par que vendía libros y hasta fue empleado del Instituto Nacional de Cinematografía.

 

Me gustan los pueblos chicos de gesto antiguo

Con gente que da la mano y saluda al sol

Que sabe ganar la vida y ganar la muerte

Allá me voy a vivir

Con gente que planta un árbol y enciende amor.

 

Hamlet Lima Quintana

 

Un poco más allá del mapa, adentrado en las tierras cuyanas, no fue sencilla la infancia de Armando Tejada Gómez: llegó a la vida en Guaymallén, Mendoza, el 21 de abril de 1929 y la suya era una familia de trabajadores rurales, de muy escasos recursos, descendientes de huarpes. Papá Lucas, tropero de cruzar la cordillera arreando animales; mamá Florencia, pariendo hijos desde los 14 años. Tantos que a la muerte de Tejada grande, debió repartir a los chicos y entonces Armando fue criado por su tía, Fidela Pavón, quien le enseñó las primeras letras en un breviario. Casi no fue a la escuela y comenzó a trabajar a los seis años, como canillita primero y luego de lustrabotas. Y por eso se hizo autodidacta: para dejar la ignorancia y para no dejarse avasallar por los poderosos. «Como todos los pobres, entonces teníamos dos alternativas, el box y el fútbol. Fui boxeador amateur hasta que encontré los libros. Quería saber y no era la poesía una de mis pasiones. Creo que di con la poesía de frente el día que mataron a mi hermano, el Toto, allá, cuando tenía unos 15 años. El sacudón fue tan tremendo, con este hermano habíamos compartido eso de dormir bajo los puentes, defendernos entre los dos, sacar los diarios y de pronto me lo sacaron. Y de esta soledad feroz, este arrancón que fue la muerte de mi hermano, emergí días después como quien dice una oración, pero era un poema lo que estaba haciendo. Además me hice esta reflexión, él cayó porque además de pobres, somos ignorantes y aquí está la trampa, esta es la valla que hay que cruzar. Desde ese día fui a las bibliotecas y empecé por el primer estante hasta que llegué al fondo».

 

Yo lo veo apretando su corazón pequeño,

mirándonos a todos con sus ojos de fábula,

viene, sube hacia el hombre acumulando cosas,

un relámpago trunco le cruza la mirada,

porque nadie protege esa vida que crece

y el amor se ha perdido

como un niño en la calle.

 

Armando Tejada Gómez

 

“Ser hijo de Hamlet y casi sobrino de Armando me hace volver a ellos más allá de la cultura, pero indudablemente se trata de dos artistas que desde la década del ‘50 han estado a la vanguardia de la creación literaria vinculada a la canción sin abandonar la obra literaria en general. En el caso de mi padre, la obsesión por realizar la obra -32 libros y varios discos- nos dejó, a mis hermanos y a mí, la necesidad de mantener viva dicha obra. Con Armando pasó lo mismo, basta ver el trabajo de sus hijas en la generación de iniciativas con su obra”. Quien dice es Germán Lima, hijo  del autor de Crónicas de un semejante, de Juanito Laguna remonta un barrilete, de Documento de Identidad y de tantas y tantas letras que se convirtieron en canción, en poemas, en frases, en regalos. Y agrega que “la poesía de mi padre siempre ha estado vinculada a los hombres, la tierra y sus angustias y problemas, de ahí la vigencia. No hay conflicto individual en su poesía. En todo caso el uso del clima metafísico, por ejemplo, en la Zamba para no morir lo hace desde la humanidad y no desde su vida. Gente necesaria es un poema que va en este sentido, él se refería a la gente solidaria, luchadora, militante, entonces no es difícil descubrirla”.

El compromiso de Tejada fue con las desigualdades sociales, y desde los cuadernos fue que usó su literatura para denunciarlas y hacerse eco de aquellos hermanos desposeídos de todo, de esos que no tenían la voz para gritar su lamento. Armando Tejada Gómez le prestaba la suya. «La verdadera tradición de una poesía perdurable está en que se ocupa de los asuntos del mundo…; si yo me conmuevo hasta las lágrimas por una gota de rocío ¿cómo no me voy a conmover ante el dolor humano? ¿Cómo no voy a tener sensibilidad ante un hombre caído? Para mí la poesía es el hecho poético perdurable que un hombre apresa en sus palabras, ya sea cuando llora o ve llorar, o cuando vuela y ve volar». Supo de trabajos para grandes cuando era un chico: a los quince ya era obrero de la construcción, pero también a esa edad llegó a sus manos un ejemplar del Martín Fierro, el libro que le abrió el camino a las puertas de la lectura y la poesía. Esperó hasta 1954 para editar su primer libro de poesías, Pachamama: poema de la tierra y el origen, donde se refleja su origen huarpe y su excelente habilidad para la poesía. Este primer trabajo fue ampliamente aceptado con excelentes críticas y marcaría el nacimiento del reconocimiento artístico para Tejada. Un año después, edita su segundo trabajo Tonadas de la piel. Algunas críticas que llegaron a sus oídos, algunos consejos, hicieron que rotara su estilo, para comenzar a trabajar en temas más sociales: esta nueva etapa de su desarrollo artístico se ve marcada con el nacimiento de uno de sus trabajos más reconocidos, la poesía Hay un niño en la calle, incluido en su tercer libro Antologías de Juan, publicado en 1958. Sus libros y discos le valieron premios y reconocimientos a lo largo de todo el país, y Armando Tejada Gómez se convirtió así en el artista con la voz portante del pueblo y las minorías. Su poesía cruzó las fronteras, llevando a Tejada a presentaciones en España, México y Nicaragua entre otros países como solista y también junto a Matus y La Negra Sosa.

“Parafraseando a Hamlet, Armando Tejada Gómez y Lima Quintana son gente necesaria porque embellecieron la canción popular y no solo mejoran nuestra condición de oyentes sino que además, nos constituyeron como sujetos sociales al proponer canciones inspiradas en la realidad social. La épica, allá por el año 1963, de lanzar el Movimiento del Nuevo Cancionero sigue dando en la actualidad una cosecha de nuevos creadores e intérpretes que bien podríamos considerarlos herederos de aquel Movimiento. Por eso podemos afirmar que Armando Tejada Gómez es gente necesaria y un poeta indispensable”. Ahora habla José Ceña, el músico nacido en el porteño barrio de San Cristóbal que es guitarrista, compositor, cantante y obrero fundamental de la obra Canciones para no Morir, un monumental trabajo realizado en la celebración del centenario del nacimiento de Hamlet, al que aportaron voz y acordes artistas agradecidos a su obra, que van desde Suna Rocha a Víctor Heredia, pasando por Pancho Cabral, Litto Nebbia y muchos otros y otras.

Existen poetas valorados y otros cuyo valor es tan grande que no cabe en una pila de libros escritos: va más allá del tiempo, reside en las guitarras, habita en los rincones, se queda para siempre. Hamlet era amigo de sus amigos, cascarrabias a veces con la realidad. De las 400 canciones que escribió, algunas son Zamba para no morir (hace casi 60 años que se grabó por primera vez y sin embargo en Bolivia y parte de Centro América aún creen que la compuso el Che Guevara ya que la cantaba con frecuencia en cuanto le acercaban una guitarra. Hay inclusive viejos casetes de cinta de intérpretes bolivianos donde en la parte que se comunica el autor de dicha zamba dice letra y música: Ernesto Guevara); Triunfo de las salinas grandes, Los pueblos de gesto antiguo, Zamba del duraznillo, Los Hijos y los pájaros, Crónica de un semejante, La amanecida y Yo no me voy de la vida. Amigo de Osvaldo Pugliese, también compuso tangos y dejó un poemario del que se destacan Mundo en el rostro, Sinfonía de la llanura, El taller del resentido y La muerte y los Presagios y el libro de canciones escolares Edad del asombro, que suscribió junto a Carlos Guastavino.

«Hay que soñar la vida para que sea cierta», pronosticó Tejada, quien cerró sus ojos el 3 de noviembre de 1992, dejando poesía, dejando música, dejando referencias. «Por oficio de andar diciendo la poesía, devolviéndosela al pueblo de cuya formidable aventura histórica me nutro: pero no era una tarea de testigo sino también de protagonista, por eso estos poemas no han sido escritos desde afuera sino desde adentro de la pelea y contienen sin retaceos el ruido del tumulto, porque como alguien dijo, el poeta es, también, un legislador permanente de su pueblo. Sería doloroso ser sólo un tonto aparte, dolido solamente del rocío, como sería triste ser sólo un combatiente que no viera el rocío. De esa madera está hecha la guitarra que aquí canta». El mejor homenaje sigue siendo empuñar una guitarra y decir Tejada Gómez y una canción con todos seguirá rondando en el aire.

Lima Quintana -el amigo de Armando, el hombre de Morón que cruzaba en el Sarmiento el conurbano mirando los contornos- fue la palabra necesaria de todos los que pretenden hurgar sobre nuestra música popular, fue un homenaje mismo a la tierra, por innumerables virtudes humanas y por un incomparable valor artístico que sigue regalando. De verdad, de belleza, de amor por el terruño y la libertad. De todo eso hablaban sus decires. De la vida misma. De una vida que se fue por allá en el 2002, jaqueada por dos pulmones a los que ya no les cabía más humo de cigarrillos negros. A Hamlet le gustaba mucho caminar y pararse en cualquier calle a charlar con la gente. Sobre todo con los jóvenes, en respuesta a una necesidad profunda que su amigo, el titiritero Javier Villafañe, había convertido en consejo: «No hay que juntarse con viejos porque contagian». Cuando le preguntaban su edad, entre risas, susurraba: «Tengo 14 años». Hay que verlo en sus libros, en sus poemas. Para saber qué fue así, tan necesario.

“La idea de Canciones para no morir, realmente un trabajo monumental, fue gestado por la productora El Jume Producciones de Silvia Majul con motivo de celebrarse los cien años del nacimiento de Hamlet. La obra de Lima Quintana siempre estuvo muy cerca en mi vida. Tuve el inmenso placer de conocerlo personalmente cuando nos recibió en su casa hace más de treinta años. Pudimos hablar de su obra y como el exilio pudo afectar la creación de un poeta alejado de su tierra. Mi admiración es profunda y eterna por eso tomé el desafío de la producción de éste disco con la responsabilidad necesaria y un  entusiasmo alumbrador. Y fue placentero tratar y ver cómo artistas de la talla de Víctor Heredia, León Gieco, Litto Nebbia, Ricardo Mollo y todos quienes participaron se sintieron honrados por ofrecer sus versiones en éste homenaje”, redondea Ceña y Germán dice que “el legado que nos ha dejado es mantener la memoria de Hamlet y en ese sentido creo que estamos respondiendo a ese legado, y en esto es necesario reconocer el aporte de muchos artistas sin los cuales todo esto sería imposible”.

Esa memoria, ese decir, esa crítica tendrá una noche muy pronto. El 10 de octubre, la Peña La Juana Azurduy presenta una nueva edición dedicada a Armando y a Hamlet Lima Quintana, las figuras centrales del Movimiento del Nuevo Cancionero, surgido en Mendoza en 1963, quienes junto a artistas como Mercedes Sosa, Oscar Matus y Tito Francia, contribuyeron a transformar la manera de pensar y componer la canción popular argentina. En esta edición, sus canciones y poemas volverán a encontrarse a través de Laura Albarracín,  José Ceña, Mónica Abraham y Jorge Giuliano. Porque, como se dijo alguna vez sobre Tejada y sobre Lima Quintana, cada vez que un cantor popular vuelve a elegir sus canciones, también las está homenajeando.

Representan la columna vertebral y el alma poética del movimiento que transformó para siempre la música popular hispanoamericana desde los años 60. Tejada es el grito de la tierra y la multitud, su poesía es voz colectiva, barro visceral e iluminación épica. Sus versos nacen en el pulso del pueblo, en las manos del obrero y la vastedad del paisaje mendocino. Entendió el canto como una herramienta de transformación social, celebró la belleza de lo sencillo y la dignidad de la lucha comunitaria. Hamlet es sinónimo de la sutileza, del amor y de la memoria; explorador de la geografía de la existencia desde una sensibilidad íntima, profunda y reflexiva. Un puente hacia lo cotidiano trascendente: el valor de la amistad, la fugacidad del tiempo, la ternura y la raíz del ser humano. Ese decir pausado, esa metáfora: su poesía deja al descubierto el asombro por la vida y la dignidad del viaje humano. Juntos trazaron un mapa. Tejada Gómez aportó el fuego que convoca a la multitud; Lima Quintana, la luz serena que ilumina la conciencia.

 

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