Rosita Quiroga fue cantante, guitarrista y compositora de tango que desarrolló su carrera en la Buenos Aires de los años 20. Supo encontrar su lugar en un ambiente mayormente masculino y propuso una forma de interpretación que marcaría el camino de muchas otras cantoras del género. La música e investigadora Celeste González brindará un homenaje a su figura.


El mundo era otro mundo, cuando Rosita Quiroga fraseaba palabras en lunfardo en ese tono canyengue, herencia de la imaginería suburbana. El tango era otro tango, cuando la Piaf del arrabal -tal como la definió el inolvidable periodista Jorge Göttling- comenzó a cantar y a interpretar las seis cuerdas de la guitarra, al amparo del maestro Juan de Dios Filiberto, en ese barrio de La Boca habitado por inmigrantes, carreros que hombreaban bolsas hasta los barcos anclados contra el Riachuelo, en esa entrada a la ciudad, donde la gente arrastraba las eses, las mujeres cosían y el andar romántico de esa barriada redimía toda tendencia a la monotonía. Esa breve dimensión de los tres minutos que perdura un tango guarda para siempre la amplitud de la vida y de la obra de Rosita Quiroga, una gestora irrepetible y tan arrabalera que marcó la matriz de quienes la continuaron, ya que la fresca espontaneidad en su voz y ese arrastre en el canto, marcó la senda de tantas, que podrían ir desde Azucena Maizani a Tita Merello, o de Libertad Lamarque a Marcedes Simone.

Había nacido el 16 de enero de 1896 y fue distinta a todas. Su padre, Manuel Rodríguez había migrado desde Asturias a la Argentina con su mujer y sus seis hijos. Quedó viudo y se volvió a casar, con María Quiroga, quien también había perdido a su pareja y tenía una hija, Rosita. A los 7 años, la piba ya cantaba y con la gracia y el desenfado que la caracterizaron desde siempre, el primer tango que cantó fue La Tipa, escrito por Enrique Maciel y Enrique Pedro Maroni. En 1923 fue cuando grabó su primer disco, Siempre criolla, y el 1 marzo de 1926 fue el día en que Rosita realizó la primera grabación en formato eléctrico: La musa mistonga, musicalizado por Antonio Polito y escrito por Celedonio Flores.

Rosita Quiroga

El planeta era otro, los sonidos también. El tango sonaba en las primeras radios, las orquestas animaban los bailes, los estudios de grabación registraban para siempre los sonidos que cruzarían la historia de la mitad del siglo pasado. Celedonio Flores -en el podio de los grandes poetas del tango- sólo escribió músicas para Quiroga durante muchos años, entre las que se destacan Muchacho y Beba (con música de Edgardo Donato), Audacia (Hugo La Rocca), Carta brava (musicalizada por la propia Rositsa), La musa mistonga (Antonio Polito) y Contundencia (Mario Micchelini). Se dice que no tenía una gran voz, pero Rosita Quiroga cantaba como hablaba. A los tangos los decía, los fraseaba, los interpretaba arrastrando las palabras, le ponía intención, los recreaba con decir de barrio, con sus fortalezas y sus debilidades, con esa forma sensible frente al micrófono, con la sabiduría de quien transitó la pobreza y la convirtió en solidaridad con sus colegas.

«No sé cómo pueden tolerarte esa voz de curdela», ironizaba su marido, acerca de su ronco acento con entonación exacta. Rosita deslumbró a los dueños de RCA Victor, hasta que en 1931 se fue del sello y prácticamente se retiró del mundo del espectáculo. Vivió hasta el 16 de octubre de 1984 y unos días antes -el 14 de septiembre-, al amparo de su amigo y médico personal Luis Alposta y acompañada por la guitarra de Aníbal Arias, dejó grabado Campaneando mi pasado, con letra de Alposta y música propia. «Yo le agradezco a la vida / los amigos que me ha dado / Y si volviese al pasado / quisiera otra vez cantar / con Rosita Montemar, / Magaldi… ¡minga de tele! / Estrenar tangos de Cele, / verme gordita y feliz / y con Ciriaquito Ortiz / tomar un feca con chele. / Yo le agradezco a la vida / todo lo que me ha brindado. / Un marido enamorado / y amigos de amistad fiel, / guitarras de gran cartel, / el corazón que en mí late, / y aunque perdí escaparate / hoy le doy gracias a Dios / de poder cantar sin tos / y que me carbure el mate».

Ese mundo que ahora es otro, ese tiempo que no detiene su andar, esa nostalgia innata en los corazones tangueros, siempre rondan la figura de Rosita Quiroga. Un siglo es mucho o no es nada, todo depende de sostener la memoria y de regresar a los orígenes. La Academia Nacional del Tango, institución que tiene entre sus jugadores titulares a la inolvidable heredera de payadores que cantaba a media voz mezclando palabras del lunfardo, redondeó con la cantante, guitarrista y también investigadora Celeste González un encuentro que tiene como propósito central la idea de recuperar y difundir el legado artístico de Quiroga a través de música en vivo y material documental.

“Rosita Quiroga fue muy importante en nuestra historia y es alguien a quien admiro muchísimo. Como artista, sentí la necesidad de recuperar su obra, su legado y su historia y hacerla dialogar con el presente. Este homenaje es la consecuencia de un camino que vengo construyendo desde hace años. Como cantora, guitarrista e investigadora del tango, decidí dedicar parte de mi trabajo a recuperar la voz de las mujeres que ayudaron a construir este género. Rosita Quiroga representa todo eso: fue pionera, compositora, guitarrista y una artista extraordinaria. Sentí que era el momento de devolverla al lugar que merece y acercarla a las nuevas generaciones”, le dice Celeste a De Coplas, en la introducción a una charla que recorre los motivos de la puesta en escena que también expondrá material histórico audiovisual y fonográfico, con la intención de contextualizar la trayectoria y acercar al público documentos de valor patrimonial.

“El legado de Rosita es muy importante. Por lo que representó como cantante, guitarrista, compositora, escritora de guiones cómicos y una gran colega para muchos que empezaron su carrera gracias a su ayuda. Fue ejemplo de perseverancia, se dedicó a cantar para sobrevivir y siguió insistiendo hasta llegar a ser muy famosa en la época, siendo figura central en la compañía de discos y competencia directa de Gardel. Su legado no es solamente musical; también es el ejemplo de una artista que defendió su identidad y dejó una huella para todas las mujeres que vinieron después. En referencia a la comparación con Edith Piaf, tiene que ver con que fue auténtica, representaba a través de su música toda la cultura del barrio que la vio nacer. «La Boca, mi barrio querido», decía de su barrio. Quiroga cantaba como hablaba y nunca perdió su estilo, el uso del lunfardo fue una marca distintiva en su repertorio”, sostiene Celeste y acerca de la figura de la mujer en el tango en los inicios del siglo pasado, considera que “en esa época, al principio de los ‘20, las cancionistas ocupaban un lugar importante en la escena del tango. No tanto así las instrumentistas, ni las compositoras. Dos cualidades que ella tuvo también. Esa imagen de Rosita con su guitarra, habla de un rasgo distintivo y a mí por lo menos me atrapó. A diferencia de otras cantantes, fue una mujer de discos y radio, y aunque no actuaba mucho en teatros sin irse de gira era famosa en Centroamérica y hasta en Japón”.

La cita es el lunes 10 de agosto a las 18 en la Academia Nacional del Tango, enclavada al 833 de Avenida de Mayo, pegadita al mítico Tortoni. Celeste González estará acompañada por el Ensamble de Guitarras de la Academia Nacional del Tango (a cargo de Rodrigo Albornoz), enmarcada en el 130 aniversario del nacimiento de Rosita Quiroga y al cumplirse 100 años de la primera grabación eléctrica —realizada por ella—. La exposición de discos tiene la organización de Guillermo Elías y Gabriel Argentino, las proyecciones audiovisuales responden a la recopilación e investigación de la propia Celeste y además participarán familiares de Rosita Quiroga. “¿Cuánto más hay para contar y mostrar de la obra de Quiroga? Muchísimo, y el homenaje va creciendo, cada vez encuentro más grabaciones, composiciones, entrevistas radiales, fotografías y documentos que todavía no circulan lo suficiente. Este evento en la Academia no es solamente un concierto: es una experiencia donde dialogan la música, la investigación y la memoria. Contar con coleccionistas, con el Ensamble de Guitarras dirigido por Rodrigo Albornoz y con la presencia de su familia nos permite reconstruir distintas dimensiones de su vida y acercarnos a la artista, pero también a la mujer que hay detrás”, dice Celeste mientras va terminando de darle forma al show que preparó con el objetivo principal de preservar y difundir el patrimonio tanguero, la visibilización de figuras fundamentales de la historia del tango, la promoción del acceso del público a contenidos culturales de carácter histórico y la generación de nuevas instancias de circulación para repertorios vinculados a las mujeres pioneras de la música popular argentina.

“Tenemos un montón para agradecerle a Rosita por su obra. Y creo que la mejor manera de agradecer es hacer que su obra vuelva a sonar, que nuevas generaciones la descubran y que su nombre ocupe el lugar que merece dentro de nuestro patrimonio cultural. Gracias a artistas como Rosita hoy conocemos cómo sonaba Buenos Aires en una época irrepetible, pero también entendemos que las mujeres estuvieron presentes desde el comienzo, aunque muchas veces la historia no las haya puesto en primer plano”. Y vaya si hay para decir gracias.

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