«La vidala es el eco de la piedra en el cerro» dice María Elena Barrionuevo. Poeta, docente e investigadora catamarqueña, ha caminado los cerros por cuenta y riesgo propio. En charla con ella repasamos su historia, su postura ante el arte y la esencia de sus dos últimos libros: Mujeres de Roca y Pétalo y Las Nodrizas de la Luz.


Hay voces que no se conforman con sonar; nacen para resonar y, en ese eco, traer al presente los dolores y las bellezas del pasado. María Elena Barrionuevo pertenece a esa estirpe. Nacida en la quietud de Esquiú, en el departamento de La Paz, Catamarca, cuenta hoy con 85 años, esta maestra normal superior, poeta, investigadora y compositora ha hecho de su vida un viaje de ida y vuelta hacia las raíces más profundas de nuestra América Latina.

Caminar la puna no fue para ella un pasatiempo, sino un designio. Barrionuevo se ha sumergido en los cerros y en los libros para rescatar lo que el tiempo y la «herida colonial» intentaron sepultar: el canto ancestral de la vidala, el susurro de las leñadoras y la resistencia silenciosa de las mujeres de la tierra. Su obra —que abarca desde la célebre Cantata a la Virgen del Valle hasta poemarios fundamentales como Las nodrizas de la luz— es un testimonio vivo de que la historia no solo la escriben los vencedores; también la cantan los pueblos.

Sus versos han tomado vuelo propio en la música popular argentina, cobrando vida en las melodías de referentes como Raly Barrionuevo (sobrino de ella), Carlos Bazán y Luis Chazarreta. Sin embargo, su mayor legado quizás resida en su escucha atenta. En su andar incansable como maestra rural, María Elena ha sabido abrazar las realidades de las mujeres de la puna —las Elisitas, las Nicolasas, las Eumelias—, convirtiéndose en la hilandera de una memoria comunal que late al ritmo binario y vital del «tum tum» de la caja.

«La vidala fue el canto de las mujeres para no sentirse tan solas», dice con la certeza de quien conoce el poder sanador de la palabra. Autora de los libros Las nodrizas de la luz y Mujeres de roca y pétalo publicados por El Guadal Editora, donde indaga en versos poéticos el canto de las mujeres, la vidala, el canto con caja, la mujer originaria.

Dialogamos con una mujer que talla las palabras como una artesana y que, a través de su mirada comprometida, enciende una antorcha de coraje contra el olvido. En esta íntima conversación, María Elena Barrionuevo nos abre las puertas de su universo lírico, nos habla del empoderamiento de las voces desposeídas y nos invita a escuchar el sonido del tiempo.

«Hay tanta gente que sufre por no hacer lo que la vocación le indica… Eso de «mi hijo el doctor» ha sido un gran error social». Foto: Eduardo Fisicaro

— En sus libros hay una búsqueda muy profunda, pero también un trabajo de investigación en el territorio. ¿Qué fue a buscar en cada uno y cómo nació esa veta literaria?

— En principio, yo estoy convencida de que el poeta nace, no se hace. Ya venimos signados, y eso es algo a lo que hay que obedecer. Uno puede leer e instruirse mucho, pero si no ha nacido con el «estigma», es difícil; se puede ser muy técnico, pero la sensibilidad va por otro sendero. En mi caso, yo empecé a escribir desde muy niña, en el campo. Cuando aprendí las primeras letras, ya escribía poesía. En la escuela primaria, cuando la directora nos pedía una composición sin darnos ninguna motivación previa, yo le llevaba la mía y me preguntaba: «¿De dónde has copiado esto?». No teníamos biblioteca, nada… solo un Martín Fierro que leí a los nueve años. Yo digo que ya venía con el «problemita», cosas a las que uno tiene que hacer caso. Nací con eso y hay que respetarlo, cuidarlo y honrarlo.

— ¿Y cómo se manifestaba ese «problemita» en su entorno familiar?

— Es algo que se hereda. Los Barrionuevos venimos con eso. Mi hermano era músico de nacimiento. Con una tablita de cajón de tomates, unas tachuelas y gomas de cubiertas de bicicleta que se conseguía en el pueblo, armaba un instrumento que sonaba con todos los tonos, de la primera a la última cuerda. Yo, que tenía siete u ocho años, escribía los versos y él hacía la música. Hay tanta gente que sufre por no hacer lo que la vocación le indica… Eso de «mi hijo el doctor» ha sido un gran error social: someter a alguien a la tortura de hacer lo que no le gusta, cuando quizás debió ser arquitecto, maestro o leñador.

— Su último trabajo literario la llevó a encontrarse con las vidaleras y copleras catamarqueñas. ¿Cómo fue entrar en ese mundo?

— Yo soy maestra normal nacional. Trabajé en el cerro y después en la ciudad, pero nunca busqué la popularidad ni los cargos. Como buena catamarqueña, escuchar el canto con caja fue uno de mis grandes tesoros. Caminé muchísimos kilómetros en el cerro, pagándome mis propios viajes para que no me pusieran el «cartelito» de ningún partido político. Fui a buscar a las mujeres porque estoy convencidísima de que la vidalera —que en realidad no es vidala— es un canto tribal de los pueblos de la herradura, pueblos originarios de Catamarca, llamados así porque los asentamientos primitivos tenían esa forma geográfica.

— ¿Cómo logró romper la barrera y ganarse la confianza de las mujeres originarias en la Puna?

— Una noche, en Fiambalá, mientras trabajaba con los artesanos, las mujeres se tomaron unos tragos de vino, se desinhibieron y empezaron a cantar. Yo, que tengo oído para la música, me pregunté: «¿Qué es eso?». Era un grito visceral, desnudo: la voz de la piedra. Es el eco de la piedra en el cerro cuando andaban solas. A partir de ahí empecé a tomar confianza y a romper esa barrera que se creó entre los collas y nosotros, que de última somos los invasores. Así logré la confianza de las Elisitas, las Nicolasas, las Eumelias… todas mujeres con apellidos originarios como Shinchikai o Rasguido.

— En una parte de su obra usted dice que la vidala fue el canto de las mujeres para no sentirse tan solas. ¿Cómo es la vida de ellas en el cerro?

— Exactamente, cantaban para escuchar el eco que les devolvía el cerro; era como tener un público junto a ellas. En el cerro las mujeres se cargan todo a la espalda: al hijo, la carga de leña en la cabeza (el pachiquí que arman con telas tejidas por ellas mismas) y las majadas de animales. Sus maridos se van a trabajar a las Mineras y normalmente no vuelven, o vuelven, dejan un hijo y se van. Ellas crían solas a los chicos en terracitas de cultivo, como se hacía en el Perú. Son admirables. Por eso Mujeres de Roca y Pétalo trata justamente de ellas.

— En Las Nodrizas de la Luz hay un poema donde escribe: «América es una innombrable hembra libertaria», y habla de la raza calchaquí humillada. ¿Ahí la búsqueda va por el lado de la memoria histórica?

— Claro, porque dependíamos del Collasuyu, esa gran nación que bajaba desde el centro del Perú hasta el límite de La Rioja y San Juan, guiada por la geografía y no por las fronteras de ahora. El grito de las pastoras vuelve en forma de ronda porque los cerros están dispuestos así, unos más altos y otros más bajos. Al cantar en rueda, mirándose para ponerse de acuerdo en los tonos (altos, medianos, bajos), están haciendo un acto comunitario e igualitario: en la ronda todos tienen el mismo derecho. Hoy estas mujeres se han liberado, viajan, han ido a Cosquín, a Rosario, a Chile y hasta al África. Disponen de su tiempo y de su canto. Es emocionante verlas.

— Hablando de herencias musicales, usted es tía del Raly Barrionuevo. ¿Es el que más sacó esa veta familiar?

— Sí, el Raly es el sobrino que más se parece a la familia. Es un maestro y soy su gran admiradora. Él tiene el «problemita» también, ha andado por todo el mundo. Me acuerdo de que cuando el Raly tenía apenas 14 años, estábamos en Santiago del Estero, en la casa de don Carlos Carabajal (el papá de Peteco). Don Carlos me hizo sentar a su lado en una silla de cuero y me dijo: «Mira, niña, ese chango va a llegar lejos. ¿Sabes por qué? Porque sabe escuchar a los viejos». Ya le había puesto el ojo. El Raly tiene la condición de ser humilde y generoso; viene a verme siempre que puede.

— Usted también fue muy cercana a los inicios de Nadia Larcher en Andalgalá, ¿verdad?

— ¡Nadia! Mire lo que es Nadia… Ella nació en un barrio que se llama Huachachi, que significa «el lugar de los huachos» o de los que no tienen madre. Yo iba a buscarla a su casa para conversar con su abuela, que era de esas mujeres sabias. Ahí conocí las «parideras»: piedras cavadas donde las mujeres se acostaban para dar a luz de forma cómoda. Muchos niños nacían ahí y las madres, al no poder criarlos, los dejaban. Es una historia muy dolorosa de nuestra región. Nadia cantó por primera vez en el Festival del Fuerte cuando tenía unos 10 u 11 años. Estaba abajo del escenario con su mamá, y le pedí al Raly que la hiciera subir. Él agarró otra guitarra y la invitó a cantar. Nunca habían ensayado, pero cantaron una zamba juntos como si lo hubieran hecho toda la vida.

— Para cerrar, María Elena, ¿cómo ve el panorama actual en Catamarca respecto al valor que se le da a estas cantoras y a la tierra?

— Yo estoy bastante retirada de las organizaciones institucionales, no pertenezco a la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) de acá; me resisto a la estructura. Lo que sí mantengo es mi postura contra las injusticias que van contra la naturaleza y el ser humano, como la explotación de la minería a cielo abierto en Andalgalá. Eso es un saqueo contaminante. Por lo demás, a mis casi 85 años —soy leonina de agosto, salto a la garganta— ya ando con «contracturas de parto» literarias. Siento que voy a empezar a producir una obra nueva. Las mujeres somos las que encabezamos la marcha.

 

Foto de portada: Secretaría de Gestión Cultural de Catamarca

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