Renata Flores
La lengua de sus abuelas, la nueva voz de una generación
Desde Ayacucho, Renata Flores convirtió el quechua que escuchaba en boca de sus abuelas en el centro de una obra que cruza música andina, rap, trap y pop. Durante la adolescencia comenzó a aprender la lengua, primero traduciendo canciones de artistas que admiraba y luego construyendo una voz propia que habla de identidad, memoria, género, territorio y resistencia. De aquellos primeros covers que la volvieron viral a los escenarios internacionales, su recorrido es también el de una lengua que busca seguir viva en el presente.
Hay historias musicales que empiezan con una canción. La de Renata Flores empieza, en realidad, con una lengua que estaba cerca de ella, pero que durante sus primeros años no formaba parte de su vida cotidiana. Sus abuelas hablaban quechua. Su familia conocía esa lengua. Ella la escuchaba. Pero no la hablaba.
Años después, tomaría canciones de Michael Jackson, Alicia Keys o Bob Marley y las llevaría al quechua. Lo que comenzó como una experiencia casi doméstica terminaría recorriendo el mundo. Pero la historia de Renata Flores no está solamente en aquel fenómeno viral, sino en lo que vino después: convertir aquella primera aproximación a la lengua de sus abuelas en una herramienta para componer, denunciar, recuperar historias y hablar desde su propio tiempo.

“El quechua tiene que estar vigente ahora y en el futuro”. Fotos: Yan Clinton
Renata nació en Huamanga, Ayacucho, en 2001, dentro de una familia vinculada a la música. Su madre, Patricia Rivera, es profesora de canto, gestora cultural y fundadora de la Escuela de Música Formas y Sonidos; su padre, Milder Flores, es músico aficionado. La música apareció muy temprano. Cuando Renata tenía seis años, su madre escuchó desde otra habitación una voz que cantaba a capela una canción de Green Day en un inglés aprendido fonéticamente. Era su hija.
Desde niña, Renata escuchaba músicas que llegaban desde otros lugares. Green Day era una de ellas. Lo que todavía faltaba era encontrar la manera de hacer convivir ese mundo con el propio.
El quechua estaba ahí. Sus abuelas lo hablaban. Renata creció escuchándolo, pero no lo hablaba fluidamente. Durante la adolescencia empezó a preguntarse por qué no podía hablar la lengua que había estado presente desde su infancia. Para acercarse a ella recurrió a su abuela, a su madre y a maestros de quechua, especialmente cuando comenzó a traducir sus primeras canciones. Ese regreso a la lengua familiar coincidió con su búsqueda musical.
A los trece años participó en La Voz Kids Perú. No llegó a la final, pero aquella experiencia formó parte de sus primeros pasos públicos como cantante. Poco después encontró una referencia que le permitió imaginar otra posibilidad: Uchpa, la banda peruana que había llevado el rock al quechua. Si era posible cantar rock en esa lengua, también podían llevarse al quechua las canciones que ella escuchaba.
Así aparecieron los primeros covers. En 2015, con catorce años, Renata publicó en internet versiones de canciones conocidas. Una de ellas fue “The House of the Rising Sun”. Después llegó “The Way You Make Me Feel”, de Michael Jackson, con un videoclip grabado en Vilcashuamán. La versión en quechua rápidamente superó el millón de reproducciones y los medios internacionales comenzaron a interesarse por aquella adolescente de Ayacucho que había llevado un clásico del pop estadounidense a una lengua originaria de los Andes.
Llegaron entonces las versiones de Alicia Keys, Bob Marley y otros artistas. Renata podía haber quedado asociada a esa imagen: la chica que canta éxitos internacionales en quechua. Pero esa etapa duró poco.
Los covers fueron apenas el comienzo. En 2018 apareció “Mirando la misma Luna”, la primera canción que Renata compuso. Hablaba del bullying y la discriminación que padecen niños y jóvenes quechuahablantes. Ese mismo año publicó “Tijeras”, una pieza que mezclaba trap con elementos sonoros de la danza de tijeras para denunciar la violencia contra las mujeres y los feminicidios. Después llegó “Qam Hina”, centrada en la realidad de estudiantes de zonas rurales.
La diferencia era fundamental. El quechua ya no era solamente el idioma al que Renata traducía canciones ajenas. Empezaba a ser el idioma desde el cual podía decir algo propio. Ella misma explicó aquella necesidad años después: había visto canciones en español, italiano e inglés y quería hacer lo mismo con una lengua con la que se sentía identificada. “Tenía esa necesidad en mí de poder expresarme en quechua”, contó. Para hacerlo, comenzó a transcribir y traducir canciones junto con su abuela, su madre y sus maestros.
Pero había una razón más profunda. El quechua no era solamente una herramienta artística: era una lengua atravesada por la discriminación. Renata había visto esa situación desde niña y entendió que cantar en ella podía ser también una forma de disputar ese lugar. “Es importante para mí hablar y cantar en quechua. Reivindicar el idioma de mis abuelos”, explicó.
Tradición no significa quedarse quieta
En 2021 llegó Isqun, su primer álbum. El título significa “nueve” en quechua y remite, dentro de la cosmovisión andina, al “reflejo del alma”. Nueve son también las canciones del disco.
Pero Isqun no fue solamente la reunión de los sencillos que Renata había publicado desde 2018. El álbum organizó una nueva etapa de su obra alrededor de mujeres vinculadas a distintos momentos de la historia peruana: Chañan Cori Coca, Francisca Pizarro, Beatriz Clara Coya, María Parado de Bellido y Rita Puma Justo.
Renata no buscaba hacer biografías musicales tradicionales. En “Francisca Pizarro”, por ejemplo, explicó que no pretendía reconstruir cronológicamente la vida de la protagonista, sino hablar de identidad y mestizaje. “No trato de dar a conocer exactamente la fecha y todo lo que ha pasado”, dijo. Le interesaba aquello que podía abrirse a partir de esas historias.
La elección de las mujeres tampoco fue casual. Para construir Isqun, Renata y su equipo investigaron historias que no habían recibido el mismo espacio en los relatos escolares. “Me centré en las mujeres que han luchado y logrado mucho. Ellas son una parte importante en la historia”, explicó.
El disco terminó de definir una música propia: quechua y español, rap, trap, hip hop y pop urbano en diálogo con sonidos andinos. Para Renata, no había contradicción entre ambas dimensiones. “¿Por qué no hacer que lo nuestro esté en esa onda de las nuevas músicas y géneros, fusionando, sin dejar atrás la identidad que nos representa?”, planteó.
Renata no piensa la tradición como algo que deba permanecer intacto. Tampoco entiende la modernidad como la necesidad de abandonar aquello que viene de antes. Su búsqueda ocurre justamente en el cruce. “El quechua tiene que estar vigente ahora y en el futuro”, dijo en distintas entrevistas. Y esa vigencia no significa solamente conservar una lengua. Significa hacerla circular: ponerla en canciones que escuchen los jóvenes, llevarla a internet, a los escenarios y a los géneros contemporáneos. Renata llegó incluso a imaginar la posibilidad de un movimiento musical propio, al que llamó tentativamente Q-pop o pop andino. “Puede ser un movimiento muy grande”, dijo alguna vez.
Después de Isqun, su obra comenzó a abrirse todavía más. “Pachamama”, publicada en 2022, llevó su preocupación hacia la crisis ambiental. “La América que se olvida”, en 2023, volvió la mirada hacia Ayacucho y las heridas de la historia reciente del Perú. Ese mismo año llegó “Akakaw”, junto a Los Mirlos, donde el rap y el trap en quechua se encontraron con la cumbia amazónica. La música de Renata empezó así a tender puentes con distintos territorios de la música peruana.
En paralelo, apareció Pitaq Kani, un proyecto que profundizó otra dimensión de su trabajo: la transmisión. La pregunta “¿Quién soy?” —eso significa Pitaq kani— está relacionada con la identidad, pero también con la posibilidad de que niños y jóvenes puedan reconocerse en su propia lengua.
En 2024 llegó “Kuti Tika”, una canción que llevaría a Renata hasta el Festival Internacional de Viña del Mar. El título significa “Vuelve a florecer” y combina kuti, asociado a volver, con tika, flor en quechua cusqueño; en el quechua ayacuchano, la palabra es wayta.
Llegar a Viña significaba algo más que presentarse en uno de los escenarios más conocidos de América Latina. Renata quería que la canción ayudara a poner en valor “la andinidad”: el arte, la historia y la cosmovisión de la sierra peruana. Su participación en la competencia folclórica de 2025 finalmente no llegó a la ronda final, pero puso su música en uno de los escenarios internacionales más visibles de la región.
Después de Isqun, Renata empezó a mirar hacia un lugar todavía más personal. Su próximo proyecto discográfico, Traficantes, comenzó a tomar forma a partir de su historia, de su familia, de su madre y de sus abuelas, pero también de lo que estaba ocurriendo en su provincia.
En diciembre de 2022, Ayacucho fue escenario de una de las jornadas más graves de la crisis política peruana. Renata estaba allí. La represión y las muertes modificaron su manera de mirar el presente y terminaron entrando en su música, primero en “La América que se olvida” y, más adelante, en “Tijeras II”.

“La música también se usa para rabiar y sanar”. Fotos: Yan Clinton
Al recordar aquellos días, Renata habló también de su propia historia familiar: “Ese día pude sentir en carne propia como sus historias llegaban a mi corazón”. Se refería a las historias de sus abuelas y de su madre, a las experiencias de violencia que habían atravesado sus generaciones anteriores y a la sensación de estar asistiendo, una vez más, a una historia que se repetía.
“Tijeras II” retomó así una canción de 2018, pero desde otro lugar. La primera hablaba de la violencia contra las mujeres y los feminicidios; la segunda amplió esa mirada hacia la represión política, la impunidad y las muertes ocurridas durante la crisis peruana.
Traficar con la verdad
Ese cambio también explica el nombre de Traficantes. El proyecto imagina un mundo en el que todo parece estar dado vuelta. Si existe un tráfico de aquello que destruye, Renata propone invertir el sentido: traficar con la verdad, con el agua, con las semillas, con el conocimiento.
La canción aparece así como una herramienta para decir aquello que no quiere callar. Pero su música no se agota en la denuncia. También están la memoria, la familia, la esperanza y la posibilidad de sanar. “La música también se usa para rabiar y sanar”, explicó en una entrevista reciente.
Ayacucho ocupa un lugar central en esa mirada. No aparece solamente como paisaje, sino como una fuente de historias, sonidos y heridas. “Toda la música que hago brota desde la raíz, desde el origen, desde donde estamos”, explicó. Esa raíz, lejos de encerrarla en un lugar, terminó llevándola cada vez más lejos. Renata ya no es aquella adolescente que se hizo viral cantando a Michael Jackson en quechua. Es una compositora que encontró en esa lengua una forma de hablar sobre género, memoria, discriminación, violencia política, crisis ambiental, identidad y futuro.
Y, sin embargo, las abuelas siguen allí. Fueron quienes hablaban una lengua que Renata escuchó desde niña y que, años después, tuvo que volver a aprender. Esa lengua terminó convirtiéndose en una de las principales herramientas con las que construyó su identidad artística.
En 2025, después de una década de recorrido, Renata lo resumió así: “Ahora tengo mucho más claro qué quiero hacer con mi música: llevar conmigo nuestra identidad, pero también las luchas de mi pueblo”. Su intención, dijo, es “cantarlas, contarlas y gritarlas al mundo”. Quizás ahí esté la verdadera dimensión de su recorrido. No solamente en haber llevado el quechua a escenarios internacionales, sino en haber convertido una lengua que alguna vez estuvo cerca de ella, sin pertenecerle completamente, en una forma de decir quién es y desde dónde habla.
Y queda una pregunta abierta: ¿qué puede hacer una lengua cuando una nueva generación decide no solamente conservarla, sino utilizarla para imaginar el futuro?
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