A un tiempo de la partida física de Rubén Patagonia, su hijo mayor reflexiona sobre la vigencia de su mensaje, la nueva etapa con Pewü Canto Patagón y la urgente trinchera de la agroecología: «No hay canción si no hay monte, si no hay río, si no hay tierra viva».
El dolor de la ausencia todavía está a flor de piel, pero el compromiso permanece intacto. Hablar de Rubén Patagonia es hablar de una de las voces más profundas, coherentes y combativas de la música de raíz de nuestro país. Un cantor que no solo alzó la voz por los pueblos originarios y los desposeídos en las épocas más complejas —como los oscuros años 90—, sino que educó a su propia familia en el ejercicio de la soberanía a través del arte.
Hoy, su hijo mayor, Jeremías Chauque, toma la posta junto a sus hermanos para transformar la huella de su padre en brote. Desde Desvío Arijón, a orillas del río Coronda en Santa Fe, donde vive y practica la agricultura ancestral, Jeremías analiza el rol histórico de Rubén, el nacimiento de la formación Pewü Canto Patagón y la profunda conexión entre el canto y la defensa de la tierra.
– A manera de análisis y ya pasado un tiempo de la partida de Rubén, ¿cómo ves el rol que tuvo en la música popular y su mensaje en defensa de los pueblos originarios?
– La verdad es que todavía está muy latente y cuesta situarnos en este presente con el dolor a flor de piel. Nos atraviesa el desafío de ser consecuentes con tamaño legado. Él no solo fue nuestro papá, sino quien nos formó desde muy chiquitos en este oficio de ser cantores, de ser un eco de nuestro pueblo y comprender nuestra raíz para recién ahí remontar vuelo. Como hace el algarrobo: primero crece para abajo y, cuando están las condiciones, busca altura.
El escenario dura lo que dura un recital; el desafío está cuando uno pone el pie sobre la tierra. Heredamos una consecuencia en lo que se canta por respeto y como un acto de profunda soberanía y amor. Los años 90 marcaron a fuego a nuestro país y la Patagonia tuvo un rol fundamental, especialmente en Cutral Có y Plaza Huincul. Poner a disposición una canción que se volvió un himno en ese momento era necesario. Quienes nos formamos a su lado tenemos hoy la responsabilidad plena de transformarlo en semilla y seguir labrando este movimiento cultural de poetas y músicos que gestamos la identidad regional.
– ¿Cómo es llevar adelante la defensa de ese mensaje y continuar el legado a través de la formación Pewü Canto Patagón?
– Hay una cuestión generacional. Hemos acompañado a mi papá y a mi mamá desde muy chicos en esta propuesta cultural, política y social que fue Rubén Patagonia. Con el tiempo fuimos tomando distintas responsabilidades en la producción artística y ejecutiva, siempre con la libertad de opinar y ser escuchados.
Anunciar la formación de «Pewü» —que en mapuche significa “tiempo de brotes”, tiempo de florecer— define exactamente este presente. Nos pareció la forma más concreta de ofrendar este linaje. Es nuestra posibilidad de continuar, tal como sucede en el monte: se es semilla, brote, árbol y pehuén milenario, pero siempre aportando a ese ciclo infinito de reverdecer.
– ¿Cómo fue la relación de Rubén Patagonia con el Festival de Cosquín?
– Cosquín es un lugar emblemático. Más allá del escenario Atahualpa Yupanqui y las luces, es una oportunidad que tienen los pueblos. Afuera de la Próspero Molina hay 50.000 personas convocadas por esa llama que se enciende todos los eneros. Es un espacio que debemos cuidar.
Nuestra historia allí no ha sido fácil; las especulaciones comerciales y distintos intereses disputan ese espacio. A la Patagonia todavía le falta seguir gestando su lugar y eso requiere de procesos culturales, políticos y de decisiones de quienes programan o coordinan políticas culturales. Sin embargo, Cosquín es un desafío que nos hemos ganado desde la calle, cantando en las plazas, en el río y en las peñas. Aunque nos tocaran pocos minutos en el escenario, siempre buscamos llevar una canción «propuesta» más que «de protesta». Los pueblos luchamos, bailamos y nos emocionamos, y cantores como mi papá dejaron en claro esa matriz popular.
– ¿Cómo ves la situación actual de la música de raíz originaria en la Argentina? ¿Se unen las luchas por la tierra con el canto?
– Sostener las propuestas de raíz originaria es un gran desafío, más aún en un contexto atravesado por políticas que nada tienen que ver con lo social, lo ambiental o lo territorial. Hoy se pone sobre la vidriera de un negocio gran parte de nuestro territorio a través de distintas medidas y leyes de tierras. La soberanía se va alejando y nos preguntamos qué legado le vamos a dejar a nuestros hijos: hablamos de agua, tierra, semillas, monte y humedales. Cuando tenemos la posibilidad de ser el eco de nuestro pueblo, lo mínimo que debemos hacer es estar atentos, ser recíprocos con ese afecto y poner la canción a disposición.
– Estás radicado en Santa Fe impulsando una experiencia comunitaria de agricultura ancestral y agroecología. ¿Qué vínculo hay entre esa práctica y la música?
– Hace 20 años tomamos la decisión familiar de venirnos más al centro del país porque la Patagonia sigue estando lejana en términos de trabajo y difusión. Me radiqué en una zona rural junto a mi compañera y mis hijos porque entendimos que la trascendencia de la canción está en la cotidianidad. Fue una enorme satisfacción ponernos cara a cara con mi papá y decirle: “Papá, volvimos al campo porque entendimos que hay que seguir sembrando canción para el futuro”. No hay canción si no hay monte, si no hay río, si no hay abuelas sabias en el campo o tierra viva. No queríamos que nuestros hijos tuvieran que bajar una aplicación para saber lo que es el monte o ver brotar una semilla. En un contexto rural complejo, donde nos estamos quedando sin realidad, comprender que dejar la guitarra un momento para agarrar la azada también es otra forma de cantar. Hace 15 años conformamos Desvío a la Raíz, un espacio agrario de más de 20 familias campesinas en Desvío Arijón, a orillas del río Coronda, Provincia de Santa Fe. Día a día gestamos un modelo productivo donde la prioridad sean las nuevas generaciones y la herencia sea un suelo fértil, soberanía y comunidad.
Foto de portada: Mauricio Centurión
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