La cantautora chaqueña editó Un jardín azul, su segundo material discográfico con canciones propias. Un trabajo que cruza las fronteras entre músicos de Argentina, Brasil y Paraguay y que incluye también una pieza audiovisual y un libro.


Se dice que la música y las imágenes dialogan entre sí. A la tarde, en los patios llenos de flores azules, a la orilla del río que trae y lleva ilusiones, alrededor de un fogón, los sonidos y las imágenes encuentran un idioma. Y cuando esos lenguajes se unen, intercambian significados, se modifican y generan un tercer significado que ninguno de los dos podría lograr por sí solo. El flamante disco de la chaqueña Luli Maidana fusiona sones y esas fotos que se guardan en la retina, entremezcla un territorio de pensamiento, identidad y exploración estética. “Aprender a mirar es un ejercicio para toda la vida, y creo que mi corazón me está pidiendo seguir habitando ese desafío”, le dice a De Coplas la responsable de un trabajo discográfico que atraviesa.

«La canciones fueron grabadas prácticamente en vivo, durante tres días de trabajo intenso». Fotos: Kali Fotografía

Hace algunos años -en 2017- Luli comenzó a darle forma a un proyecto autogestionado que articula raíz territorial y expansión regional, que integra música y lenguaje audiovisual, todo bajo su propia dirección artística. El trabajo de la artista nacida en Resistencia, no se limita a la composición e interpretación: construye universos conceptuales donde la escena, la imagen y la narrativa dialogan con la música sin desplazarla del centro.

En 2024 editó En un primer lugar, su primer disco, un popurrí de canciones de su autoría. El material transita el folk latinoamericano y la canción de raíz con una impronta fresca, combinando intimidad lírica y potencia interpretativa. Fue presentado mediante una experiencia escénica inmersiva en Resistencia y Corrientes, consolidándose como un hito cultural local y ampliando su circulación hacia otros escenarios del país.

Este año, Luli logró el Premio Fomento Nacional del Instituto Nacional de la Música, apoyo con el que inició la grabación de Mi jardín azul, su segundo disco. Grabado en Brasil junto a músicos locales e invitados de Argentina y Paraguay, el álbum combina folk contemporáneo, jazz y canción latinoamericana en una propuesta cálida y sutil. Realizado bajo la producción de Sandro Moreno, Luli Maidana, Lean Zarza e Ivo Cassiet, y contó con la ingeniería de Anderson Rocha. Participan, además, invitados especiales como el reconocido cantautor chaqueño Coqui Ortiz, la arpista paraguaya Carmen Monges, la cantautora Flor Sandoval y el violinista Matías Romero. La presentación en vivo del álbum comienza con el mes que también trae la primavera, con una gira internacional cuyas primeras fechas serán en Resistencia y Asunción.

Mi jardín azul, tu flamante trabajo discográfico, ya recorre las plataformas, ya nació. ¿Qué te significa este lanzamiento? ¿Cuál es la búsqueda musical de tu disco?

– Este lanzamiento significa una nueva etapa en mi camino musical. Mi jardín azul es un proyecto que nació en el sur de Brasil, con la participación de artistas paraguayos y argentinos de Chaco, Corrientes y Formosa. Ese cruce cultural fue algo muy natural, la misma música que desde hace tantos años viaja por los ríos que nos conectan fue la que me llevó hasta Campo Grande, Mato Grosso do Sul. En este álbum las canciones encontraron una forma de crecer de manera orgánica. Fueron grabadas prácticamente en vivo, durante tres días de trabajo intenso, dejando mucho espacio para la improvisación, la escucha y también para lo inesperado. Fue una experiencia nueva en mi camino, llevar al estudio esa energía del encuentro, esa espontaneidad que aparece cuando los músicos comparten un mismo momento. Algo de lo accidental de la naturaleza y de lo humano quedó presente en las canciones.

La raíz latinoamericana, que siempre funciona como una pulsión creativa en mi obra, sigue siendo el punto de partida, pero en este disco dialoga con las texturas y la libertad del universo del jazz. Siento que es un álbum orgánico, vivo y honesto. Un jardín que va tomando forma canción a canción, y que se vuelve azul como la huella de la cianotipia que acompaña su identidad visual. Lo encuentro como un espacio en el que habitan muchas dualidades, la presencia de lo ausente, lo íntimo convertido en colectivo, lo real y lo onírico.

– El río, la geografía, el aire chaqueño se entrecruzan ya desde la tapa del disco. ¿Cuánto sentido de pertenencia por tu lugar se manifiesta en las canciones?

– El paisaje del litoral está presente en la poesía del disco canción a canción, las imágenes que aparecen van dibujando mi entorno. Las chicharras, las siestas bajo el mango, el río Paraná, las bandadas de gorriones, son elementos del cotidiano que se vuelven postales de mi lugar. Es instintivo escribir sobre aquello que me rodea, situar las historias y relatos en el paisaje donde vivo. Mi identidad está atravesada por mi comunidad y también por los espacios que habito. Creo que pertenecer a un lugar también construye mi forma de mirar, de escuchar y de expresarme. En las canciones a veces el paisaje es protagonista y otras veces es el marco que rodea la narrativa, pero siempre está presente. Creo que las canciones viajan y llevan también un pedacito de mi tierra a quien las escucha.

– Una selección de grandes músicos te acompañan en esta aventura ¿Por qué y para qué los elegiste?

– La elección fue principalmente por intuición. Esta vez sentí que podía encontrar en ellos algo nuevo que estaba buscando, aunque todavía no sabía muy bien cómo nombrarlo. Sabía que quería vincularme con el universo del jazz, y experimentar con la frescura de grabar de otra manera, más en vivo. Conocí a Sandro Moreno, el productor, y algo hizo click. Sentí que era la persona indicada para guiarme en este camino. A través de él conocí a gran parte de la banda que grabó en el disco, músicos increíbles, pero también personas profundamente sensibles que lograron traducir toda la carga emotiva y simbólica de las canciones en sus interpretaciones. Yo entiendo a la música como una labor comunitaria, y eso permite que cada canción crezca y tome nuevas dimensiones con el aporte de cada músico. Esta aventura fue también un gran aprendizaje para mí, una experiencia de entrega, escucha y trabajo colectivo. Salir de algunas estructuras me permitió encontrarme con otra voz en el estudio, con otras emociones a la hora de crear.

– En tiempos tan complejos para la cultura, ¿por qué la música, por qué el arte, por qué seguir intentando?

– En tiempos tan complejos elegimos apostar a la cultura y al quehacer popular porque es nuestro trabajo, pero también porque creemos profundamente en su importancia. Me gusta citar al admirado cantautor Jorge Drexler: “Se preguntarán qué es lo que hacemos cantándole al amor, mientras el mundo se va al carajo. Ni más ni menos que nuestro trabajo”, porque resume esta idea a la perfección. Ser artista es, para mí, poner nuestra voz al servicio de aquello que sentimos necesario, abrir preguntas, compartir miradas y construir espacios de encuentro. Hay muchas causas urgentes, y entre ellas la ternura es una de las más importantes. Este álbum llegó para noquearme con una caricia. Es un grito dulce, una invitación a contemplar, a frenar, a habitar el presente con más atención. Seguir creando es nuestra manera de resistir, es algo que nadie puede quitarnos. La ilusión de despertarme cada día sabiendo que todavía quedan canciones por cantar, por escribir y por escuchar es una de las razones más profundas para continuar. Lo que ponemos en nuestra obra es nuestra manera de construir memoria colectiva, de dejar una huella y de tejer algo que pueda permanecer más allá de nosotros.

– Además de las canciones, el álbum presenta una pieza audiovisual filmada en la selva misionera argentina, a orillas del río Uruguay. ¿Cómo se generó esa pieza visual? ¿Y el libro?

– El disco aparece como centro de este proyecto, pero alrededor de él existen otras obras que amplían su universo. Me gusta mucho trabajar los proyectos de manera interdisciplinar, borrar las fronteras entre la música, el video y la narrativa. Me divierte pensar de qué color son las canciones, qué imágenes dibujan, cómo pueden transformarse en una instalación textil, en un film o en otros lenguajes. Es un proceso creativo que siempre atraviesa mi obra y que me ayuda a construir un universo más rico, una narrativa alrededor de las canciones. El film fue rodado también de manera casi accidental. Lo grabamos durante cuatro días en la selva misionera, a orillas del río Uruguay, y estuvimos muy atravesados por el clima y la naturaleza. Todo lo planeado salió al revés, y justamente ahí apareció algo muy genuino. Lo impredecible volvió a ser parte del proceso creativo. Estos videos contemplan y son testigos del espectáculo natural que nos rodeaba. Fue un trabajo en conjunto con Esteban Levinson, Sol Chico y Lean Zarza. Tenemos este equipo creativo hace varios años, nos conocemos y logramos encontrarnos siempre desde la experimentación y la búsqueda. El universo audiovisual me apasiona, y siento que en este film pudimos captar la esencia del álbum.

El libro se encuentra en producción y funciona como una bitácora del proceso creativo. Me interesa contar también el detrás de cada canción, las historias que las inspiran, las reflexiones que acompañaron sus poesías y todas esas ideas hermanas que fueron apareciendo alrededor de la lírica del disco. Además, es una forma de darle un espacio físico al universo visual del álbum, trabajado también de manera artesanal a través de la técnica de la cianotipia.

– Luli, ¿qué dice tu corazón?

– Esta pregunta es tan sencilla como compleja, por eso me encanta. Mi corazón se siente pleno. Este proyecto me trajo mucha luz y me da la sensación de que es el comienzo de una nueva etapa, no solo en lo artístico sino también en lo personal. Aprender a mirar es un ejercicio para toda la vida, y creo que mi corazón me está pidiendo seguir habitando ese desafío, seguir descubriendo nuevas formas de mirar, de sentir y de crear.

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