A 40 años de su lanzamiento, el segundo trabajo de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota sigue dialogando con el presente. El tema clave de ese trabajo, “Ji, ji,ji”, es un himno eterno que viajó del under porteño a la despedida de Messi en el Monumental. Por qué el show del Indio en Junín de 2011 se convirtió en un recuerdo imborrable.
Angustia, dolor, resistencia, revolución. Esas cuatro palabras encadenadas aparecen de inmediato al ver la tapa de Oktubre, el disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, que cumple en este mes 40 años y sigue dialogando con este presente. Entre la estética de Ricardo Carpani y Antonio Berni, Rocambole hizo una pintura de época. Fondo negro, banderas rojas y una multitud en situación de barricada. “La traspolación aparecería nítida: del octubre de la Revolución rusa de 1917 a los hijos y nietos del octubre peronista del 45. Del despliegue estético de una portada que finalmente forma parte del pop-art a la verdad incontrastable de multitudes de chicos y chicas desechados por el sistema, escupidos por el menemismo, que vieron en los Redondos otra clase de poder. Un poder confiable” (Fuimos Reyes, Mariano del Mazo/Pablo Perantuono).

Portada de Oktubre.
Hoy esa tapa es remera, pese al vaticinio equivocado del Indio en el tema que cierra ese disco (“Ya nadie va a escuchar tu remera”) y también es tatuaje. Pero, lo más relevante, es lo que esconde ese disco que es, nada menos, el que tiene un tema emblema de la banda platense, del Indio Solari y más aún, de ricoteros y no ricoteros: “Ji ji ji”.
“Ji, ji, ji” describía una situación alucinógena tras los efectos de la cocaína y se convirtió en el pogo más grande del mundo. La mayor muestra de su masividad ocurrió el pasado 6 de octubre en el partido despedida de Lionel Messi, cuando en el entretiempo la entonó con su guitarra acústica Gaspar Benegas, de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, junto al chelista Lucas Argomedo y la coreó todo el Monumental.
¿Ahora bien, cómo se linkea al fanático de Messi que pagó 800 mil pesos una entrada en la reventa con la revolución rusa, la estética de Rocambole, los excluidos del sistema y el viaje alucinógeno de la letra? Difícil desentrañarlo, pero los hits son inexplicables y quizá por eso se fijan a fuego en el inconsciente colectivo.
Pero para entender al menos el fenómeno de Oktubre habría que repasar un poco el contexto en que fue creado. 1986 no fue un año del montón. En principio una nube radiactiva amenazó a Europa después de una explosión nuclear en Chernobyl (URSS) y el trasbordador Challenger, de Estados Unidos, explotó en el aire después de su lanzamiento; muere Borges y Simone de Beauvoir y el sida es una amenaza menos mortal a partir de la creación del AZT. En el país hay dos hitos, uno deportivo y otro cultural: la selección gana el mundial de fútbol en México de la mano de Maradona y, por primera vez en la historia, Argentina gana un Oscar a mejor película extranjera por “La historia oficial”, de Luis Puenzo.
En ese año, “de los 100 discos más vendidos en la Argentina, 35 eran de rock nacional, y al año siguiente cuatro músicos de rock: Miguel Mateos, Gustavo Cerati, Charly García y Fito Páez encabezaban la nómina de los que más cobraban por liquidación de derecho de autor, según cifras de Sadaic” (Bailando entre los escombros, Carlos Polimeni).
Es en ese contexto en el que el Indio Solari y Skay Beilinson querían hacer algo distinto, superador a Gulp!, su disco debut de 1985. Buscaban otra estética, otro sonido. Y en esa búsqueda, que a la postre se convertiría en el primer paso hacia la masividad, se identificaban como rockeros y “pardos” o “negritos del rock”, según declaró su saxofonista Willy Crook, en contraposición a los “chetos” poperos y glamorosos. Sin embargo, a la hora de cranear la nueva impronta sonora lo llamaron a Daniel Melero, de Los Encargados, para los teclados y a Claudio Fernández, de Don Cornelio y La Zona, para la batería electrónica.
Lo cierto es que Los Redondos eran parte de una escena porteña cada vez más popular en la que convivían con bandas como Virus, Sumo, Los Violadores, Los Twist y Soda Stereo, que aparecían como “los principales animadores de la nueva ola, una movida más desinhibida y viciosa que aquella que acompañó a los pioneros de la segunda mitad de los 60” (Oscar Jalil, Rolling Stone, octubre de 2016).

Boceto de Rocambole.
En la misma publicación, Jalil toma como referencia aquel disco Octubre (mes de cambios), de Roque Narvaja, de 1972, y remarca que catorce años después de aquel lanzamiento “los Redondos repetían la fórmula de invocar la esperanza revolucionaria con un nombre combativo. En 1986, el planeta era más oscuro y desconfiado en lo ideológico, y el Indio Solari estaba en las antípodas del cantor de protesta, pero en ambos trabajos aparece un deseo de incomodidad, independencia y provocación”.
Esa incomodidad, independencia y provocación atraviesan lo que el Indio identificó como cultura rock, frase tan citada en reiteradas entrevistas a lo largo de su historia. Solari sostenía que la cultura rock se basaba en seis coordenadas. La primera es el principio ordenador del placer; la segunda es la necesidad de la diversidad; la tercera que no es dogmática (evita las ideologías); la cuarta apunta a la búsqueda y cambio incesante; la quinta indica que es universal y descree de las patrias; y la sexta y última, casi como una chanza, que “no es definible” (El hombre ilustrado, Gloria Guerrero).
Es quizá en esa indefinición en donde se sitúa la identidad de Patricio Rey, quien es un personaje tan presente como irreal, casi como un reflejo de una banda que navegó en el oxímoron. Así como en Oktubre el Indio cantaba “atrapado en libertad” en el tema “Preso en mi ciudad” también inmortalizó la frase “el infierno está encantador” en aquel debut de Gulp!. Patricio Rey fue “un agujero negro en la historia del rock argentino” configurando una identidad que combinaba “una fragua caótica del hippismo, glamour beatnik, cierta izquierda anarquista, contracultura, hedonismo y compromiso”, citaron con precisión Del Mazo y Perantuono en Fuimos Reyes, libro subtitulado como La historia completa de los Redonditos de Ricota (Planeta).
Con toda esa información en mi cabeza y en mi corazón, un buen día mi hijo Julián me muestra un video y me dice: «Viejo, vos tenés que ver esto». Y en su compu me hace ver el momento del pogo final de “Ji, ji, ji” en el estadio Padre Ernesto Martearena, de Salta, con 40 mil personas cantando “ooooooooo” en el estribillo, la noche del 26 de marzo de 2011. Recuerdo que me emocioné y le dije «me encantaría estar ahí». Y al toque me dice: «El próximo es el 3 de septiembre en Junín, ¿vamos?» Y allá fuimos meses después de aquella fiesta salteña, sin saber que lo que vería sería mucho más impactante que lo que me podría mostrar aquel video.
En principio llegar a Junín con un colectivo especial tuvo lo suyo, no por la distancia a la ciudad bonaerense (unos 200 kilómetros), sino por la logística informal que tuvo el evento. Recuerdo que estaban todos los colectivos dispuestos al costado de la ruta en una hilera interminable. Es que esa noche no fueron 40 mil, sino 120 mil, un número que supera a los habitantes de de Junín, cuya población ronda las 104 mil personas. Para el momento se decía que había sido la convocatoria más alta de Patricio Rey. La gente acampaba al costado de los colectivos, muchos tiraban unos chorizos y hamburguesas en parrillas improvisadas y de los equipos de audio de los autos se escuchaban temas de los Redondos de todas las épocas mezclados con algunos de la etapa solista del Indio.
Las camisetas de los equipos de fútbol convivían mágicamente sin grietas a la vista. A nadie se le ocurría cargar a un bostero, a un hincha de Gimasia de La Plata o a uno de Atlanta, eran todos ricoteros, esa era la única camiseta. Se respiraba un clima festivo y pacífico, todos y todas cantaban cada uno de los temas al pie de la letra y ese clima de la previa ya me hizo piantar un lagrimón.
Luego de una larga espera y de una compleja entrada al autódromo Eusebio Mansilla, comprobé que nunca había visto tanta gente junta en un concierto. También ratifiqué que fue un error dejar la campera en el colectivo, era imposible volver a buscarla, casi tan dificultoso como encontrar el colectivo que nos trajo, ubicado a varios kilómetros del lugar del show.

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
La lista de temas fue tan impactante que lo disfruté de punta a punta. Recuerdo que le dije a Julián que vaya con sus amigos más adelante para poguear con ellos y me dijo que no, que prefería hacerme el aguante y quedarse más atrás conmigo. El frío comenzaba a tomar protagonismo, pero esas canciones me calentaban el alma. Fueron 26 temas a lo largo de más de dos horas y media, en un ritual en el que convivían hitos como “La hija del fletero” y “Ñam fri fruli fali fru” con “Martinis y tafiroles” y “To beef or not to beef”. Todo sumaba a la ceremonia redonda. También la emoción de escuchar en vivo “Maldición, va a ser un día hermoso”, “Vamos las bandas”, “Mariposa Pontiac/Rock del país” y la épica “Juguetes perdidos”, sí, esa que habla de las “banderas en tu corazón”.
Pero hay un momento que no olvidaré jamás. Y fue ese cierre con “Ji, ji, ji”. Recuerdo que en el punteo de la intro veo a un tipo al lado mío decir «¡vamos nosotros!» y me sacudió. Tenía una remera gastada con el logo PR y la corona arriba, le faltaban varias piezas dentales, estaba aparentemente borracho y certeramente feliz. Un minuto después, lo perdí de vista mezclado en la multitud. Claro, era el tema de la gente, ya no era más la canción del Indio ni de los Redondos. Julián me mira y me dice «¿vamos?», para animarme a que vaya un poquito más adelante, no al pogo pegado al escenario, pero unos metros más cerca, para que el fuego de la canción se sienta ahí nomás. Nunca había visto tanta gente saltando a la vez en un mismo instante. Y eso se vivió en el estribillo, el del punteo con el “ooooooooooo”. Era el mismo estribillo que mi hijo me había mostrado en aquel video de Salta, pero ahora era el triple de gente y yo estaba saltando junto a esa multitud.
Pasaron 15 años de esa noche y todavía tengo intactas aquellas sensaciones. Cuando la fiesta terminó, recuerdo que a la salida casi me faltaba el aire cuando todos empujaban por pasar por un espacio pequeño para la ocasión; que estuvimos a punto de perder el colectivo porque nos costó encontrarlo en medio de la noche cerrada, la cantidad de gente y el olvido del punto de referencia; que cuando subí al micro no tuvieron mejor idea que prender la calefacción y el contraste de temperatura me hizo bajar la presión; que después me agarró un hambre terrible porque hacía largas horas que no había probado bocado, y que pese al cansancio no pude pegar un ojo en el largo viaje de regreso. Pero absolutamente nada de eso me empañó ni siquiera un poquito la felicidad de aquella noche. Es imposible borrar de mi cabeza ese saltito abrazado con Julián en el pogo más grande del mundo. Dicen que hay cosas que no tienen precio, y en ese “ooooooooo” desafinado está el mejor ejemplo.
Ya sea en los lejanos años 80, en aquellos multitudinarios conciertos de Los Fundamentalistas, en el ritual pagano tras la muerte del Indio en junio pasado y hasta en el “Ji, ji, ji” acústico de River ocurrido días atrás, los Redondos le siguen cantando a su época, pero, por sobre todo, le están cantando a este presente. La muestra más palpable es el texto de aquel afiche de mayo de 1986 cuando la banda volvió al escenario porteño de Paladium para presentar Oktubre: “Patricio Rey se presenta en una alineación emocional con los humillados esclavos sistémicos, como alternativa dinámica a la estética posmodernidad neoliberal, el sálvese quien pueda que pretende paralizar la situación social en el injusto y descabellado estado actual de las cosas”.
Larga vida a este Oktubre infinito, larga vida a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
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