Semblanza para despedir a un grande que dejó un legado importante para las nuevas generaciones de bandoneonistas. «El Cholo» expresaba con su instrumento sus sentimientos más profundos. Reconocido en el mundo, su obra compositiva e interpretativa lo instaló con fundamento en la rica historia del tango en Rosario.
Rodolfo «Cholo» Montironi nació en el Hospital Centenario de Rosario, pero se crio y vivió toda su vida en Granadero Baigorria. Aunque algunos documentos suyos refieren a 1931 y él mismo hacía referencia a ese año, nació el 4 de diciembre de 1930.
Siendo niño, contó con el apoyo de sus padres cuando decidió volcarse a la música. Cuando tenía cinco años, su madre le regaló un pequeño bandoneón alemán de estudio y a los siete años comenzó a tomar clases con su vecino Jesús Ángel Videla. Comenzó tocando música infantil y al año siguiente ya tocó en la radio: en LT3 Radio Cerealista de Rosario.
El Cholo siempre decía que el bandoneón era una extensión de su alma, así definía su lazo profundo con el instrumento. “El que tengo acá es un Alfred Arnold del año 1904 y todavía anda. Y yo tengo el legítimo, el famoso Doble A”, contaba. También conservaba aquel primer fuelle que le regaló su madre. “Lo tengo ahí, es un pequeño bandoneón de estudio, es la mitad de esto, con las teclas más chiquitas pero los mismos sonidos y la misma colocación de voces”, explicaba con emoción y nostalgia.

El Cholo comenzó sus estudios de bandoneón desde muy pequeño.
Los bandoneonistas Antonio Ríos y Julio Barbosa fueron sus maestros. “Se formó con dos de los mayores. Barbosa fue su verdadero maestro, incluso se lo llevó a vivir a la casa. Luego, ya formado, lo agarró Antonio Ríos cuando volvió de Buenos Aires y lo terminó de “cocinar”. Así se formó este pequeño monstruo que ha sido «El Cholo». Y fue el único que ganó el mundo más allá de su aldea”, explica el historiador Lautaro Kaller.
En los años 40, era el niño mimado de las orquestas: La Típica Astral (de Nicolás Trivisonno y Adolfo Moriconi) y la orquesta de su maestro Barbosa fueron las primeras que integró. “En las orquestas se destacaba por su depurada técnica, su virtuosismo, por su fuerza para arrastrar tras suyo al resto de las filas de bandoneones. Como se dice en el ámbito del tango, era un «fueye cadenero», comenta Gerardo Quilici, difusor de amplia trayectoria. Kaller agrega: “lo buscaban mucho porque era muy prolijo y virtuoso como ejecutante, como instrumentista. Tenía capacidad innata y a eso le agregaba mucho laburo. Y además tenía esa mugre y esa cuestión tanguera bien arraigada que todos buscaban”.
En los 50, se destacó en la orquesta de Antonio Ríos formando fila con José Brondel, luego dirigiendo y arreglando el grupo de Alfredo Belusi en LT3 y más adelante como miembro de la agrupación de José Sala hasta comienzos de los 60. “Fue en esos años, en 1958, que tuve mis primeros conocimientos sobre «El Cholo», aunque sin escucharlo todavía. Víctor Hugo Farace, un tío mío pianista trabajaba con él en un cabaret, en una época de entusiasmo mío por todo lo referido al tango. Mi tío me hablaba de «El Cholo», de lo bien que tocaba, me decía que era un ejecutante excepcional”, recuerda Quilici.
En los 60, la difusión del tango entró en una crisis profunda. Entre otras formaciones, integró la orquesta de Jorge Arduh en radios de Córdoba, la de Torres-Agri y la de Domingo Federico. También tocó en los carnavales del Club Provincial en la orquesta de Francini-Stamponi (1964). “Era duro el mercado laboral en esos años, tanto para la plaza rosarina como para el tango en todo el país. Las cuerdas encontraron refugio en las orquestas sinfónicas y los bandoneonistas quedaron totalmente sin laburo, algunos se fueron a manejar un taxi, fue tremendo, angustiante hasta desde lo humano. «El Cholo» también se vino muy abajo, me contaba que hacía jaulas para pajaritos en la casa. Tenía muy poco laburo, pero se seguía entreverando porque era virtuoso y todos lo buscaban porque acompañaba muy bien y era muy respetuoso en lo musical con los cantores”, sintetiza Kaller.

Ubaldo de Lío, Cholo Montironi y Horacio Salgán
Sin embargo, en esa década, en 1968 más precisamente, el Polaco Goyeneche lo busca, lo encuentra y lo contacta al «Cholo» para que lo acompañe en una gira por el litoral. También Pinky y Lavié lo integran a su espectáculo de música y poesía. Como acompañante era muy requerido y para un cantor, tenerlo en el grupo era una garantía. “Cantar con él me producía varias sensaciones. Primero, el honor de estar compartiendo con uno de los grandes del bandoneón de nuestro tango, el que cambió el esquema tanguero en Rosario y “rompió la cerca” como el gran embajador cultural de la ciudad. Me genera respeto y admiración. Por otro lado, desde lo musical, fue avasallante, preciso, con un swing especial. Su musicalidad te empujaba a dar lo mejor como vocalista en cada frase, en cada palabra, en cada silencio. Para mí, era como dialogar con su fueye, que cada vez sonaba mejor”, expresa el cantor Javier Migled.
En la década del 70 arranca el trajinar de «El Cholo» por el mundo. En 1977, Alberto Morán lo convoca para su periplo por los hoteles de la cadena Hilton en USA y otros países de América. En esos noventa días, tocaron en el Madison Square Garden, Disneylandia, Hollywood y finalizaron la gira en Panamá. “Ahí agarra vuelo e inmediatamente después de eso, para el mundial 78, vienen los españoles, estaba Di Stéfano ahí también, y le ofrecen acompañarlo a Jorge Sobral en España. Ahí empieza su laburo y su derrotero por el mundo”, explica el historiador Kaller. «El Cholo» viaja a Madrid y graba Jorge Sobral en España, un disco que se editó en 1980.
En España, acompañó además a grandes intérpretes como Raphael, Patxi Andion y Paloma San Basilio, entre otros. Con Paloma, participó en la versión en inglés de la ópera Evita junto a la Orquesta Nacional de España, en donde brillaba su toque, siendo el único bandoneón del armado musical de la puesta.
«El Cholo» ordenó su vida y en los 80 le explotó el trabajo en Europa. En 1982 tocó en el espectáculo Grandes valores del tango en Madrid, donde conoció a Julio Cortázar. En 1988 se sumó al dúo Salgán-De Lío en su estada en Francia. La mítica tanguería parisina Trottoirs de Buenos Aires lo contrató como director musical y bandoneón estable. “Era tan popular el tango que durante doce años trabajamos sin parar”, contaba «El Cholo». “Cuando estaba en el Trottoirs, se la pasaba laburando, eso me lo han contado músicos que estaban con él: «El marinero» (Osvaldo) Montes o (Alfonso) Pacín con quien grabó un disco. Vivía estudiando, tocando, arreglando, escribiendo, cambiando y mejorando su trabajo”, señala Kaller y agrega: “lo llamaron por una gestión de Libertella, que lo recomendó al Cholo porque él no podía ir”.
En esa etapa en el Trottoirs, trabajó como solista, como acompañante de cantantes y también formó dúo con Raúl Barboza.
La producción discográfica de Cholo Montironi, si bien no es prolífica, sí queda firme y valiosa en la historia del tango de Rosario. En 1975 publica un recordado disco con Luis Correa, cantor de El Trébol, donde el Cholo da a conocer algunas de sus composiciones, con letras de Francisco Sappietro. Más adelante, la Secretaría de Cultura de Rosario le produce un notable disco donde tocan «El Cholo» con su trío y Antonio Agri y cantan Marcos Andino y Ricardo Paradiso. En 2016 graba en Francia con el guitarrista Alfonso Pacín el disco París-Rosario, un trabajo que va más allá del tango incluyendo versiones de Yesterday (Lennon/McCartney) y La bohème (Aznavour/Plante).
En 2020, el sello Melopea de Litto Nebbia publica el último registro discográfico del Cholo. Son diecisete canciones junto al guitarrista Martín Tessa. El álbum se llevó el Premio Rosario Edita como mejor disco de ese año. “El Cholo hacía mucho tiempo que me decía que quería hacer algo conmigo, pero todo quedaba en esos encuentros casuales, típica charla de «tenemos que hacer algo juntos, quiero grabar algo con vos». Cada vez que nos veíamos era más insistente, hasta que un día se lo conté a nuestro amigo común Lautaro Kaller quien me empujó a hacerlo. «Si el Cholo te dijo eso es porque realmente quiere hacerlo, el sábado te paso a buscar y vamos juntos a su casa», me dijo Lautaro. Así fue que llegamos, el Cholo me dio dos partituras de dos temas de suyos, tocamos un rato y quedamos para volver a encontrarnos la semana siguiente y empezamos a ensayar y a grabar”, cuenta Tessa. “Martín es uno de los mejores guitarristas del país, le das partituras y toca a primera vista sin ningún problema, es completo, hace los arreglos y, además, es una excelente persona.”, opinaba el Cholo sobre el guitarrista.

El Cholo tocó hasta los últimos momentos de su vida
El Cholo se fue encontrando con los jóvenes del tango de Rosario de modo natural y con interés mutuo. En los noventa, tocó con el Quinteto Camandulaje cuyo pianista era Javier Martínez Lo Ré y que luego integró el último proyecto de trío de El Cholo. En 2005 dirigió la grabación del disco de Germán Becker. “El maestro era una persona por demás de correcta, con gran bondad y generoso, siempre se llevó bien con los jóvenes, les transmitía su sabiduría musical. Tocar con él fue una experiencia única, era un músico inigualable”, recuerda Martín Tessa. “Cuando tocaba con él, tenía la sensación que todo iba a salir muy bien. Era tan excitante que no sabíamos por dónde ibamos a terminar. Arriba del escenario nos entendíamos muy bien, el piano y el bandoneón parecían un solo instrumento”, Recuerda Martínez Lo Ré.
Quienes tocaron con él, recuerdan cómo se concentraba y se preparaba rigurosamente para los conciertos. “No había un día que no tocara o estudie el bandoneón y para un concierto hacía lo mismo: tocar y tocar todo el tiempo.”, explica Tessa. Al respecto, Lo Ré, recuerda que “antes de salir a tocar, se concentraba mucho. Primero, nos íbamos a tomar un café y después, media hora antes, se ponía a tocar y ya no podía hablar con él, me hablaba con el bandoneón”. El pianista recuerda también la particularidad de los ensayos con el Cholo: “el ensayo era muy intenso, no paraba de tocar y te soltaba recién cuando él consideraba que todo estaba ok. Casi nunca daba indicaciones verbales, las daba con el fueye, arrancaba y lo tenías que seguir. Mostraba una vitalidad tremenda, nos dejaba agotados a nosotros y él como si nada”.
Entre sus obras más reconocidas están Sublime fantasía, Petichango, Nosotros los del tango y Cordialmente. “No tiene una gran cantidad, pero tiene algunas muy lindas en cuanto a lo instrumental. Con letras de Sappietro hizo 5 lucas y Para vos campeón, temas que grabaron algunos cantores de renombre. Con (Miguel) Jubany tiene un tango-canción muy lindo que es Ave ciega. Son cosas aisladas, no hubo una obra cuantiosa, pero sí bastante interesante”, refiere Lautaro Kaller.
Astor Piazzolla era a quien más admiraba de sus colegas. Igual que Astor, el Cholo también tocaba el piano. También le agradaba la guitarra. Astor fue su amigo y siempre el Cholo lo definía como “lo mejor del siglo pasado”. Gran parte del repertorio de sus conciertos estaba copado por obras de Astor. “También le gustaban el jazz, la música clásica y el folklore. A Django Reinhardt y a Villoldo los mencionaba siempre y también le gustaban los arreglos de Galván con Troilo, eso lo volvía loco”, refiere Kaller. Y agrega que “el folklore le encantaba. Con Martín (Tessa) grabó La compañera, la zamba de Oscar Valles, le gustaba esa obra. Y me contaba que Barbosa, que era un gran tanguero, en la década del 40 hacía folklore también en la radio, con tres guitarras: Peralta, Julián y Pafundi y él lo escuchaba y se volvía loco”.
Reconocido en el ambiente musical de Buenos Aires y en Europa, Rodolfo «Cholo» Montironi reúne opiniones unánimes sobre su figura y su obra. Según Gerardo Quilici “en la historia tanguera local lo consideramos entre los mejores de todas las épocas. En Rosario fue y es reconocido entre sus pares y muy querido y admirado por las nuevas generaciones de músicos”.
Sus últimas actuaciones fueron con su trío con Martínez Lo Ré y Rubén Molino y los cantantes Gaby Estrada, Leonel Capitano y Rodolfo Demar. En recientes conciertos, también formó trío con Martínez Lo Ré y Jeremías Serpi con las voces de Graciela Figari y Javier Migled.
El 11 de abril de 2002, el Cholo fue nombrado ciudadano ilustre de Granadero Baigorria y allí un centro cultural lleva su nombre. El 28 de mayo de 2004, fue declarado Artista distinguido de la ciudad por el Concejo Municipal de Rosario y, desde el 23 de setiembre de ese año, la esquina de Aristóbulo del Valle y Pueyrredón se llama Rodolfo «Cholo» Montironi. El Cholo solía confesar que “Rosario es la mejor ciudad del mundo. Viajé mucho, conozco bien Londres, Berlín, París, todas las capitales son lindas, pero una ciudad del interior como Rosario, no hay, sobre todo la gente, a mí me ayuda mucho la gente con sus ovaciones”.
Rodolfo «Cholo» Montironi falleció el sábado 25 de octubre. Tenía 94 años y tocó hasta poco tiempo antes del final de su vida.
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