Amado por sus canciones y rechazado por sus expresiones políticas, Andrés desoye la edad jubilatoria y sigue llenando estadios. ¿Por qué lo adoramos cuando lo escuchamos en “Paloma” y lo detestamos cuando opina sobre la realidad social? Un artista en su laberinto.


“El campeón tiene miedo, tiene miedo de pegar, no se quiere romper las manos porque tiene que cantar”. Como si la frase fuera una suerte de guiño profético, Andrés Calamaro abría Alta suciedad con el tema homónimo en aquel 1997. Ese juego de palabras que expresaba al mismo tiempo su repudio hacia la alta sociedad, fue el primer disco solista después de su separación de Los Rodríguez y traía un puñado de clásicos que, a cuatro décadas, siguen siendo los cimientos de ese monumento cancionero que hoy le da identidad. Es más, cuesta entender que temas como “Loco”, “Flaca”, “Media Verónica”, “Comida china”, “Crímenes perfectos” y “Me arde” convivan en un mismo disco, pero es así. No en vano es uno de los álbumes más vendidos de la historia del rock argentino y hasta Rolling Stone lo ubicó en el 10º lugar entre los cien mejores discos de rock de este país. Polémico, creativo, border, exquisito, a punto de cumplir 65 años (22 de agosto), Calamaro está lejos de sentirse un jubilado. Es más, no para de sumar estadios agotados en el Movistar Arena porteño y ahora llegará otra vez a Rosario este 4 de septiembre con el show titulado “Como cantor”, porque qué es este campeón que no se quiere romper las manos sino un auténtico cantor de los caminos ríspidos y luminosos.

Ahora bien: ¿por qué el mismo tipo que nos seduce con “Paloma”, “Cuando no estás”, “Estadio Azteca” y “Te quiero igual” nos provoca rechazo cuando se manifiesta públicamente a favor de las derechas en el mundo, y especialmente en Argentina? ¿O cuando habla a favor de la tauromaquia en plena época en que es difícil imaginar que alguna persona disfrute el maltrato a cualquier animal, sea un perro, un gato, una vaca o, en este caso, un toro, más allá de la inexplicable tradición española?

¿Se puede separar la obra de lo que piensa el artista? O, vayamos más allá: ¿se puede separar la obra de lo que hace el artista? Aquí entra a tallar la tan mentada cultura de la cancelación, que casi termina con la carrera de Gustavo Cordera y aún hoy, a diez años de sus brutales declaraciones en una entrevista con alumnos de TEA, es una herida que no termina de cerrar ni en su público ni mucho menos en él. Otro ejemplo es el de Woody Allen, una celebridad indiscutible del cine estadounidense, pero ¿se puede ver una nueva película suya con tanta liviandad después del romance con su hija adoptiva y de las denuncias de pedofilia realizadas por Dylan Farrow, que aún debe sortear?

Andrés Calamaro nunca dijo que “a algunas mujeres les gusta ser violadas” y mucho menos se lo vinculó sentimentalmente con una adolescente de su familia ni tampoco fue sospechado de abuso, pero no hay dudas de que todas las manifestaciones políticas -aunque él se encargará de negarlas argumentando que está haciendo uso de su libertad para opinar- siempre estuvieron dirigidas en contra de los peronistas y a favor del gobierno supuestamente liberal de Javier Milei. Incluso, en 2023, se conocieron sendas opiniones suyas a favor de los ultraderechistas Vox y en contra del actual presidente Pedro Sánchez, del Partido Socialista Obrero Español (PSOE).

También es cierto que Calamaro juega de Calamaro, y va y viene en la dirección contraria, fiel a su estirpe de salmón. Porque al mismo tiempo que tiene estos gestos poco amables hacia los gobiernos populares, se mostró en fotos con su amigo Juan Grabois, todo un referente de la izquierda peronista, e incluso en sus conciertos recientes en el Movistar Arena mostró imágenes de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, con Hebe de Bonafini y Nora Cortiñas a la cabeza, en medio del tema “Los chicos”, algo que podría repetirse en el show que llegará a Rosario.

¿Cuál es entonces el lugar que le damos a Andrés Calamaro en ese playlist de nuestras vidas? Sin menospreciar sus expresiones que más tienen que ver con un francotirador que con un militante político, hay que ir a aquellos comienzos de su carrera cuando estaba detrás de los teclados en Los Abuelos de la Nada, por aquellos inolvidables años 80, tan lejanos, tan bellos, a fin de ubicarlo en un lugar merecido de nuestro rescate emotivo.

El pibe de rulos que entró en la banda de Miguel Abuelo, por recomendación de Alejandro Lerner, fue nada menos que el que inmortalizaría temas como “Mil horas”, “Costumbres argentinas”, “Sin gamulán” y “Así es el calor”. Con ese pedigrí, el joven cantautor no tardó en pedir pista como solista y, producido por un tal Charly García (nada menos) lanzó Hotel Calamaro, sí, el que tenía el hit “Fabio Zerpa tiene razón”. Poco después llegaría Vida cruel, con invitados de lujo como Spinetta y Charly, y en 1988 se corre del pop liviano al rock con guiños pop y lanza Por mirarte, con varios hits, como el tema que le da nombre al disco o “Pasemos a otro tema” y “Señal que te he perdido”, además de “Vietnam”, junto a Gustavo Cerati y Fito Páez.

Hasta aquí tendríamos el Calamaro de los Abuelos y el de los primeros palotes solistas, que fueron la previa de lo que para muchos fue el salto a las grandes ligas: Los Rodríguez. ¿Cómo olvidar ese golazo que significó “Buena suerte”, con “Mi enfermedad”, “A los ojos” y “Engánchate conmigo” ; o el pop aflamencado de “Sin documentos”; o el suceso de “Palabras más, palabras menos”, con “Milonga del marinero y el capitán”, el aire reggae de “Aquí no podemos hacerlo” o “Todavía una canción de amor”, esa letra de Sabina cuya música confesó Andrés que la hizo “en cinco minutos, con la tevé encendida”?

Todo está guardado en la memoria, diría León, y vaya que tiene razón. Mientras Andrés nos regalaba esas canciones y crecía como artista, el gen Calamaro se nos iba colando en nuestro cancionero cotidiano.

Pero lo cierto es que Andrés Calamaro se convierte en estampa de remera con Alta suciedad, en el que detrás de ese primerísimo primer plano con gafas de sol Ray-Ban, había un disco de excelencia grabado junto a músicos que venían de tocar con John Lennon, Tom Waits y Steely Dan. Hasta el baterista que grabó ese disco, Steve Jordan, fue quien integró la banda solista de Keith Richards y hoy es el actual baterista de The Rolling Stones. Dicho esto, no fue casualidad que ese disco también enamoró por su calidad de sonido además de aquellas canciones que fueron la piedra angular de su carrera. Simplemente porque es a partir de aquí cuando Andrés modela un estilo de canción en el que confluye el amor, el desamor, el héroe y el villano, y también el hombre sin escrúpulos y que puede decir una frase obvia junto a una genialidad sin respirar y sin soplar, aunque conjugue en exceso ciertas rimas vocales y acentuaciones de final de frase como en “Loco” o, ya en el disco siguiente “Honestidad brutal”, en “Te quiero igual”, por citar apenas dos ejemplos entre tantos.

Siempre navegando entre las aguas del rock y el pop, Calamaro supo zanjar adversidades propias y ajenas y seguir adelante. “Hace décadas que soy el número opuesto y sigo diciendo la verdad cuando miento” cantaba en “Output – Imput”, tema que daba inicio a El Salmón, aquel que fue disco quíntuple con 103 temas, de disímil calidad, pero que también reflejaba a ese músico que en el cuadernillo del disco decía “gracias por elegir la dirección contraria, la del Salmón que frente a la corriente sublima la vida y la especie”. Una cita que iba en sintonía con lo que escribió en su primer libro “Paracaídas y vueltas, diarios íntimos” (Planeta, 2015). Allí, en la página 96, decía “Para un músico en mi situación (y en mi laberinto), siempre es más sencillo oponerse a todo”. Fue el lugar que eligió o le tocó, nadie lo sabe, pero ciertamente le dio una identidad. Hasta retrucó el “nadie puede, ni nadie debe vivir sin amor” de Fito Páez, con su “no se puede vivir del amor”. No fue casualidad, esa respuesta fue una afrenta a un disco súper exitoso como fue El amor después del amor. ¿Por qué lo hizo, para qué, contra quién? Nadie lo sabe, pero quizá su respuesta está en el título de su cuarto disco solista Nadie sale vivo de aquí, como si dijera vamos a dar todo, porque después de todo, nada queda.

Mi historia detrás de esta historia tiene que ver con que pude llegar a algunas pinceladas del universo Calamaro a través de mi compañero del diario La Capital, Mauricio Maronna. Mauricio, además de ser brillante en el periodismo político fue un gran melómano y había cosechado una amistad hermosa con Andrés, con quien se comunicaba generalmente por mail. Me ha pasado muchas veces que en momentos en que iba al baño del diario, ubicado a un metro del escritorio de Mauricio, lo descubría sonriendo. Y al preguntarle por el motivo de su risa me decía: “Mirá lo que me escribió Andrés”, y me habilitaba a leer en su mail alguna salida ingeniosa típica de la charla de dos amigos, un gesto que siempre agradecí. Maronna también fue quien me dijo: “¿Viste que Andrés retwitteó tu comentario del disco?” Fue después de mi crítica del excelente Cargar la suerte, en el suplemento Escenario, de La Capital. “¿Le habrá gustado?”, le pregunté, casi con timidez. “Y, si no le hubiese gustado no lo reposteaba, olvídate”, me respondió concluyente.

Aún guardo la entrada de aquel concierto en 2008, en el Camping Municipal, cuando hacía años que Calamaro no tocaba en Rosario. “Una noche con la honestidad brutal de un rockero con lengua popular” titulé esa crónica. Tras aquel concierto, ante 15 mil personas, Calamaro había tuiteado que fue el mejor de su vida. Recuerdo que fui a ese show más como admirador que como crítico, porque me canté todo y lloré de emoción a la par de su público.

Por esos tiempos, Andrés había sacado hacía poquito La lengua popular el primero de los tres discos que marcaron una singular conexión con las canciones de élite, las de la madurez creativa y compositiva. Ese triángulo está compuesto por La Lengua popular (2007), Bohemio (2013) y Cargar la suerte (2018), hasta hoy su último disco de estudio de canciones inéditas.

Habría que sacar cuentas para ver cuántos Calamaros entran entre el pibe de rulos de Los Abuelos, el que le cantaba a Fabio Zerpa, el de Los Rodríguez, el de Alta suciedad y Honestidad brutal, el salvaje de El Salmón, o este último de ese tríptico genial de canciones con el cierre en Cargar la suerte, el que le canta a los cuarteles de invierno, a las rimas, a los egoístas, a las verdades afiladas y también a las siete vidas. Pero, atención, la clave quizá esté en “Voy a volver”,  el último tema de ese disco, ese que dice “en un lugar sin dirección, hay que poder, hay que saber, hay que querer conseguir por qué vivir”. Calamaro se limpia la ropa de la alta suciedad y apuesta a cargar la suerte para seguir su oficio de cantor, porque, en definitiva, ya lo había dicho en “El cantante”: “Yo soy el cantante, muy popular donde quiera, pero cuando el show se acaba, soy otro humano cualquiera”.

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *