Heredera de un legado fundamental, la gran referente del canto patagónico repasa la historia de su familia, revela cómo nació el ritmo del loncomeo, la trastienda de ese himno llamado Amutuy soledad, y la última emotiva vez que cantó junto a Rubén Patagonia.


Hablar de Marité Berbel (Neuquén, 1957) es hablar de la columna vertebral de la música del sur argentino. Hija del genial y legendario poeta Marcelo Berbel, su carrera estuvo marcada por el mandato del canto y la resiliencia: desde sus inicios en 1972 con el dúo Los Hermanos Berbel —formado para continuar el legado tras el fallecimiento de su hermano «Guchi»— hasta su consolidación solista en 1992 tras la muerte de su compañero de ruta, Hugo Marcelo. En esta íntima entrevista, la cantautora repasa las anécdotas más jugosas de una dinastía musical que musicalizó a una provincia, su Neuquén querido, revela cómo su padre impulsó la carrera de Hugo Giménez Agüero y explica por qué la autopercepción y la identidad van mucho más allá de un apellido en los papeles.

Si hay algo que destaco de su fuerza, es el amor por su tierra neuquina y por defender una identidad provincial, continuando con el canta patagónico, llevando adelante el centro cultural “La casa de los Berbel”: “era la casa de mi papa, es solo un living la peña” nos dice con una sonrisa. Su labor musical y cultural la continúa fundamentalmente con su hijo Traful, quien asume la responsabilidad de darle vida a la obra de los Berbel y defender la música patagónica. Madre de cuatro hijos, parte de la historia viva de la música argentina, publico como solista los discos Hermana del viento, Sigo soñando y Caricias de la Patagonia.

– Siempre se ha hablado de las raíces de tu familia. Leí por ahí que tu abuela paterna tenía sangre mapuche, ¿es así?

– Sí, claro. Todos mapuches por parte de mi abuela paterna, María Teresa. Ella fue la única de mis abuelos que era neuquina y nativa, nativa. Mi abuelo era español, otra abuela era pampeana y el otro era de San Luis. Mi viejo siempre decía: “Mi bandera es la celeste y blanca, pero mi misión son los mapuches”.

– Y ustedes mantuvieron esa identidad muy firme en el canto, pero también en la vida cotidiana. ¿Cómo lo procesás vos internamente?

– Yo tengo otra manera de decirlo. Mirá, si un alemán viene acá, se queda, se casa con una mapuche… a los hijos la gente les dice «los alemanes», por más que tengan otra sangre, ¿viste? Yo digo que tengo sangre española, criolla, y vaya a saber qué otros desparramos habrá por ahí… pero de todas las sangres que a mí me recorren, yo soy mapuche. No digo «soy descendiente», digo soy mapuche porque elijo serlo. Siento un orgullo enorme en identificarme así, y me enorgullece que mis hijos, Traful y Ayelén, también lo digan. Ayelén es rubia de ojos claros y yo a veces le jodo: «Hija, se te deben matar de risa cuando decís que sos mapuche», pero ella lo siente así. Es una elección. Incluso dentro de las comunidades hay mucho mestizaje hoy en día.

– Hay una historia muy particular con el apellido de tu abuela que refleja mucho de lo que pasó en aquellos tiempos en la Patagonia…

– Sí, mi abuela era mapuche, Puel. Pero en aquellos tiempos mi bisabuela se separó, y embarazada fue a recalar a una estancia. Cuando nació mi abuela, le pusieron el apellido del estanciero, que se usaba mucho: Arraigada. Ella en realidad era Puel (que significa «Este», el punto cardinal), por eso nosotros no ostentamos el apellido porque no lo tenemos en los papeles, pero es nuestra raíz. De ahí viene también nuestra canción Puel Puel, que está dedicada hacia el este.

 

El nacimiento de un ritmo: loncomeo

– Junto a tu padre, Marcelo Berbel, y tus hermanos, ustedes fueron los pioneros absolutos en darle una estructura al canto patagónico, en armar el loncomeo. ¿Cómo fue ese proceso?

– Es que el ritmo del loncomeo no existía como tal con ese nombre. Mi viejo lo tomó de los ritmos que escuchaba en las rogativas. Cuando las comunidades están danzando, la gente que está alrededor los alienta diciéndoles «¡lonco, meo! ¡lonco, meo!», porque lonco es cabeza y meo es movimiento; les están pidiendo que muevan la cabeza. Les tiran agüita, los van mojando con distintas cosas …entonces, mi papá tomó ese ritmo que a él le quedó cómodo para componer y le puso «loncomeo». Ahí nacieron todos los grandes temas: Quimey Neuquén, Pehuenche, La última machi, Romance del niño indio, Romance de mamá Rosario…

– Hay un tema que es un emblema total, que traspasó fronteras y lo canta desde Soledad hasta bandas en Japón: Amutuy Soledad. ¿Cómo nació?

La historia es así. Se estaba celebrando el día de la Conquista del Desierto en una plaza muy emblemática de Neuquén (la Plaza de las Banderas). Estaban todas las autoridades, los militares, la iglesia… Debe haber sido para el centenario, en el 78 o por ahí aproximadamente. A muchas cuadras de ahí, en la misma avenida, se reunió un grupo de mapuches, no como un «contrafestejo», sino para reflexionar y preguntarse qué había para festejar. Ahí entrevistaron a una paisana que aprovechó el micrófono para decirle a su gente: «Amutuy» (que significa «vámonos»). Mi papá tomó la reflexión de esa señora y escribió la letra. Yo llegué a la casa de mis viejos cuando la estaba terminando y me pareció impresionante; mi viejo lloraba de la emoción.

Traful y Marité Berbel. Foto: Gabriel Rocca – Gentileza de la artista

– Pero la música la terminaste poniendo vos, y de una forma muy rápida.

– Sí, es que mi viejo tenía una costumbre: cuando te daba una letra, te ponía la fecha en el cuaderno y te hacía firmar en cuánto tiempo le ibas a poner música. Si pasaba el tiempo y no había respuesta, te llamaba. Si no funcionaba, tachaba el nombre y al lado escribía: «No fue culo». (Risas). Yo iba a mirar el cuaderno y veía esa letra de Amutuy tachada dos o tres veces con el «No fue culo», porque se la había llevado uno, después otro… Hasta que un día vi que estaba el último tachado y no había nadie anotado. Le dije: «Papá, ¿me la puedo llevar yo?». Y me miró: «A ver si sos capaz». Fui a buscar a mis hijos a la escuela en frente, me vine a casa, les serví una leche, agarré la guitarra y te puedo asegurar que no tardé ni 15 minutos. Salió sola. Me fui a ensayar con mi hermano, se la mostré y de ahí nunca más dejamos de cantarla.

– ¿Y con Neuquén Trabun Mapu, el himno provincial? Debe ser de los pocos himnos del mundo que la gente pide que canten en los recitales como si fuera un tema comercial.

– ¡Es una locura! Vamos a Río Negro, a Chubut, a Salta o a Córdoba y la gente nos pide el Himno de Neuquén porque les encanta. Nació primero como una canción que grabaron los hermanos Berbel con mi papá. Después se hizo el concurso para elegir el himno de la provincia. Mi papá presentó dos temas, y acá quiero destacar su generosidad: él tenía escritas 1.357 letras, de las cuales 500 eran para Neuquén. Podría haber presentado temas solo suyos, pero los dos que presentó fueron compartidos. Uno fue Quimey Neuquén (que quedó como canción oficial de la identidad neuquina) y el otro Neuquén Trabun Mapu, que fue elegido Himno porque le cantaba a toda la provincia y no solo a la ciudad. Como la gente ya la conocía y la amaba como canción, la adoptó inmediatamente.

– El año pasado, por el centenario de tu papá, se instituyó por ley el Día de la Identidad Neuquina en la fecha de su nacimiento, y su casa fue declarada patrimonio histórico. ¿Cómo se lleva el peso de esa huella?

– Se lleva con orgullo y con ganas de mostrar lo que somos. Ahora seguimos con Traful a pleno; mi hija Ayelén vive en Buenos Aires y por los costos de los viajes se nos dificulta estar los tres juntos en el escenario, que es lo que más añoramos porque nos haría más fuertes, pero ella está siempre en el sentimiento.

– Hace poco nos dejó Rubén Patagonia, otro gigante que llevó la obra de ustedes a todo el país en los 90. Sé que tenés una última anécdota hermosa con él en la inauguración de la peña, en la casa de tu papá…

– Sí… El living de la casa de mi viejo lo armamos como un lugar de encuentro, una peña chiquita. Se vendieron las entradas enseguida, pero a último momento se desocupó una mesa por gente que no pudo venir. Traful llamó a los que seguían en la lista de espera. ¿Quiénes eran? Rubén Patagonia y su familia. Nosotros no sabíamos nada, fue una sorpresa hermosa. Rubén ya estaba muy enfermo, en silla de ruedas. Al momento de cantar Amutuy, le pregunté a la hermana si él cantaría, y me dijo: «No, Marité, hace mucho que no canta, ya no puede». Le dije que no importaba, pero pedí arrimarlo al escenario para que nos acompañara. Lo pusimos al lado nuestro, empezamos a cantar Amutuy... y Rubén empezó a cantar. Cantó con nosotros con toda el alma. Después nos enteramos de que esa fue, literalmente, la última vez que cantó en su vida. Nos dejó un bendito bautismo. Mucha gente creía que Amutuy era un tema de Rubén Patagonia, su interpretación era muy sentida, a nosotros no nos molestaba, por que lo importante es que el tema se cante y siga vivo en el pueblo argentino.

– Para culminar, otro tema que aún hoy es muy conocido es Piñonero, que para tu padre también era un tema muy sentido.

– Son esas magias que tienen los temas, esos temas que nacen ya así, estrellados, porque siempre digo, cuando vos, por ejemplo, me hablás de piñonero, y nunca en tu vida habrás visto un piñonero. No sé si habrás visto un Pehuen, alguna vez desde tu región. Y sin embargo, es un tema que pega y ya, a la gente le emociona, lo canta, las grabaciones que tiene Piñonero en el mundo es impresionante ¿qué pueden entender los japoneses de Piñonero si no lo entienden ni los argentinos?

O sea, es difícil saber de qué se está hablando si no te lo explican. Y sin embargo, tiene esa magia que te llega. Esta bueno, a nosotros nos pasa también, a veces escuchamos un tema en otro idioma y no sabemos de qué se trata, pero por algo nos está pegando en el alma no. Mucha gente me habla del tema, me dicen «vine a conocer Neuquén por Piñonero, visité Moquehue o Aluminé y quería saber cómo era eso».

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