Decidida a darle mayor espacio a sus inquietudes autorales y discográficas, la pianista Lilián Saba inicia con el álbum Por el lejano mirar, con el que retoma su presencia en el sello Shagrada Medra, una serie de lanzamientos donde debuta como letrista y aspira a plasmar una luminosa trayectoria como intérprete y maestra.
Desde un piano que es inspiración, huella y escuela, Lilián Saba no deja de sorprender y con la reciente publicación de su noveno álbum Por el lejano mirar no solamente recoge obras y maneras interpretativas de la última década sino que se estrena como letrista, una decisión que atribuye al “coraje que me dieron mis compañeros y compañeras de la música”.
Sentada en el comedor del departamento del barrio porteño de Caballito que habita con su compañero, el vientista Marcelo Chiodi y a cinco metros del piano que domina la sala, la artista, autora y maestra no oculta la satisfacción por estar de nuevo en acción pudiendo dedicarse de manera casi exclusiva a componer, grabar y tocar pese a que no se curó del todo de ser “de digestión lenta” como la definió su maestro Manolo Juárez.
“Lo que sucede es que si yo quiero seguir haciendo música tengo que tener mi tiempo y dar clases era algo que me demandaba un montón”, asegura Saba durante una conversación con De Coplas en la que repasó sus labores formativas tanto en la Escuela de Música Popular de Avellaneda (desde 1989) como en la carrera de Tango y Folklore del Conservatorio Municipal Manuel de Falla de la ciudad de Buenos Aires (a partir de 2004).
Pero el presente de la pianista pone en foco la docena de obras que integran Por el lejano mirar (lanzado digitalmente a través de Shagrada Medra) donde, a 11 años de Sol y luna y a más de dos décadas del consagratorio Malambo libre, por primera vez escribe también los textos de dos de esas piezas: Solita mi alma (cantada por Mora Martínez) y Arrullo (en la voz de Silvia Iriondo) y hay una tercera, Lucerito, que grabó a sólo piano pero también porta un texto con su firma que próximamente saldrá publicada completa en la voz de otra cantante.
El staff del disco que se presenta como un material con “solos de piano, dúos y trío”, además incluye al citado Marcelo Chiodi en flauta, percusiones a cargo de Juancho Perone, Facundo Guevara y la también vocalista Mora Martínez, contiene tributos a colegas de la estatura de Liliana Herrero en Las dos orillas, Norberto Minichillo y Rodolfo Alchourrón en Por el lejano mirar, Juan Falú en Lucerito y Raúl Carnota en Chacarera del que alumbra, suma otras tres piezas propias con El gato de Magui, Vals para Graciela y el baión Chocolina y los pájaros y, finalmente, añade tres versiones: Falta de incertidumbre, de Eduardo Lagos; Chayita del vidalero, de Ramón Navarro; y Malena, de Lucio Demare y Homero Manzi.

La defensa de AADI
Pero ese objetivo personal por ponerse al día con sus creaciones, seguir despuntando la escritura y no dejar de demostrar su talento como arregladora, no es lo único que ocupa los días de esta creadora nacida el 28 de septiembre de 1961 en la bonaerense Adolfo Gonzales Chaves y criada y formada a 56 kilómetros de allí en Benito Juárez, ya que asume con responsabilidad su cargo como Pro-Tesorera 2º de la Asociación Argentina de Intérpretes (AADI), entidad que desde 1954 vela por los derechos de músicos y músicas y que como otros entes de gestión, está siendo puesto en jaque por las normativas del Gobierno nacional.
Un comunicado emitido en enero pasado por el organismo que preside el también pianista Juan Carlos Cirigliano, denunció: “Quedó confirmado que las corporaciones, con la ayuda del gobierno, vienen a aniquilar a AADI, y a quedarse con el derecho de las y los intérpretes. Por eso la Dirección Nacional del Derecho de Autor nos ha venido asediando, por eso han intentado por todos los medios disolver AADI-CAPIF-ACR (Asociación Civil Recaudadora) sin importar la pérdida de 320 puestos de trabajo, por eso no hay plata para las y los intérpretes desde marzo de 2025 sin importar que se trata de un derecho humano -con carácter alimentario-, por eso CAPIF, que es el empresariado de la música, acaba de ser autorizada a desplazar a AADI y gestionar el derecho del intérprete, que ahora es ‘libre’ de cederle individualmente sus derechos. Ese era el plan”.
“Esto –reflexiona Lilián- se da en el contexto de un montón de ataques que está habiendo a la cultura, pero en particular entra en discusión con un derecho que es propiedad privada de los músicos, que es el derecho a la interpretación desde hace más de 70 años y que cuenta con 45.000 socios en todo el país. Así que estamos haciendo asambleas y allí tenemos que pensar cómo defender ese derecho, cómo seguir”.
Por el lejano mirar
– ¿De qué manera nace este nuevo disco?
– Inspirada en la milonga “Los hermanos”, de Atahualpa Yupanqui, («Y así nos reconocemos/Por el lejano mirar/Por la copla que mordemos/Semilla de inmensidad») comencé a registrar los temas cuando estábamos grabando Sol y Luna (álbum encabezado a dúo con Chiodi), así que algunas cosas son de 2014 y fui retomando en 2017 y en 2019 hasta que un día me puse a hacer un repaso de las versiones y caí en la cuenta que no necesitaba volver a grabar nada porque para mí son como fotos de mías de distintas épocas y me gustó ser fiel a esos instantes aunque hubieran pasado casi 10 años.
– ¿Ese proceso tan largo y finalmente fructífero implica que hay obras más nuevas esperando para ser publicadas?
– Sí. Aparecieron muchos temas en el tiempo que algunos quizás sean para un disco futuro que prontamente tendría que salir. La verdad es que hay piezas muy lindas con otros invitados que me empujan a darle forma sin de dejar pasar el tiempo, aunque no soy alguien que compone y graba, compone y graba. Soy más de pensar, de tener los temas, de no presentarlos al público hasta no tenerlos internalizados.
– ¿Y esto de ponerte a escribir textos para las canciones cómo aparece?
– Salieron solos, vos sabés. Había escrito algunas cosas antes pero no las había presentado porque, creo, no me convencían. Pero en este caso, salieron. Empecé a hacer la música y ya tenía una letra, al principio tipo monstruo como las que se le mandan a un autor cuando querés mostrarle las acentuaciones, y de ese monstruito ya fueron tomando forma enseguida y desde las primeras veces que las mostré a distintos autores y compositoras, les encantó, generó emoción. Eso me parece un plus porque no solamente te hace pensar en algo, sino que llega a tocar una fibra.
– ¿Pensaste cómo habrá sucedido eso?
– Supongo que es porque a veces uno está enganchado con una situación de la vida. En el caso de “Arrullo” diría que se lo compuse a mi mamá cuando se fue y por eso tiene mucho que ver con ella, con mis recuerdos de cuando era niña, con los moñitos que me ponía en el pelo y todo eso. Y, mirá vos, te voy a hacer una confidencia, que La Chocolina tuvo mucho que ver también en eso porque llegó a mi hogar en Marcos Juárez como una perrita abandonada justo en el día del cumpleaños de mi vieja y pensé que fue un regalo de mi vieja porque andaba necesitando también poner la atención en algo que no fuera el recuerdo de ella.
– ¿Tu mamá tuvo mucho que ver con que seas pianista?
– A mi mamá le hubiera encantado ser pianista, pero no pudo por su condición social y tuvo que trabajar desde muy joven haciendo contabilidad en máquina. A ella, también, le gustaba mucho el baile, ser bailarina y por eso yo en algún punto de mi vida hice también mucha danza desde chiquita hasta los 20 y pico de años, pero después resolví seguir solo en la música porque todo era mucha exigencia.
– ¿Y tu papá tampoco se dedicaba a la música?
– No, aunque hubiera querido ser bandoneonista porque era amante del tango y conocía todas las orquestas y por eso desde chico se dedicó a armar equipos de radio para poder escucharlas. Era una persona muy despierta y muy hábil con todo lo que tuviera que ver con lo eléctrico pero su amor por la música hizo que su oficio se vinculara con ella de algún modo.
– ¿Puede pensarse que “Por el lejano mirar” funciona como un homenaje a esas memorias de tu andar?
– Totalmente. Me gusta en mis discos poder hacer mención a gente querida y muy admirada y también incluir dedicatorias más íntimas, casi familiares.
– ¿Cómo aparece Raúl Carnota en esa galería?
– Porque Raúl siempre estará en nuestros corazones y por la suerte que tuve, a mis 33 años, de poder tocar con él. Fue algo increíble porque yo lo admiraba mucho y aunque yo recién acababa de sacar mi primer casetito (titulado “Lilián Saba” y publicado por Melopea) a él le gustó algo de lo que había escuchado y me convocó, en principio, para reemplazar en unos recitales a Eduardo Spinassi que había salido de gira por Europa y luego como parte del grupo con el que grabó su disco “Contrafuego” (1994). Y aunque yo ya había acompañado a Laura Albarracín y Roberto Calvo, acá tenía que meterme con una música que estaba muy arreglada y yo no quería desafiar ese equilibrio pero él me alentaba “poné lo tuyo” me decía, y yo fui poniendo lo mío pero también respetando mucho ese estilo que tenían los tres (Rodolfo Sánchez en percusiones y Marcelo Chiodi en vientos) de tocar rítmicamente y fue todo un desafío hermoso.
Enseñar y aprender
– ¿Cuál es tu relación con la docencia y la formación?
– En principio diría que siempre tuve una doble vida con la música clásica y la popular (risas) que me llevó por diferentes espacios pero siempre con cosas que quedan en el corazón, sobre todo esa cuestión de ver gente a la que pude enseñarle siendo muy pichona y que ahora sigue tocando. Ahora se me vienen Georgina Hassan, los chicos de Arbolito o los integrantes de María y Cosecha, todas personas a las que conocí en la Escuela de Música Popular.
– ¿Siempre disfrutaste de dar clases?
– Siempre me pareció una de las cosas más creativas que pude hacer, sobre todo por enseñar una música que nunca había sido puesta en los programas de ningún conservatorio en ningún lado porque nuestro folclore es fundamentalmente oral y me tomé el trabajo de desgrabar y transcribir para poder transmitírselo a quienes estudiaban conmigo y que pudiésemos trabajarlo juntos y ver cómo había sido desarrollado.
– Toda una reconstrucción…
– Claro y siempre pensando en que esa música se tocara pero no como en un conservatorio haciendo notita por notita lo que estaba escrito, sino que ellos hicieran su propia versión a partir de lo que habíamos escrito entre nosotros. Y también arreglar para las prácticas grupales, así que le dedicaba casi todo el tiempo a eso, a la escuela.
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