La cordobesa es una de las pocas payadoras mujeres, desmonta prejuicios machistas y defiende el arte de la improvisación. Aquí habla de su búsqueda con la poesía y la guitarra y dice: “El del payador es un canto individual, pero con una reflexión colectiva”.


La payadora argentina Araceli Argüello, de 31 años, entona sus décimas encendidas con fondo de milonga: «Me despierto en las mañanas macerando un pensamiento que coincida a lo que siento, a mis luchas y a mis ganas. En esas horas tempranas soy una aurora brillando, mujer que piensa hasta cuándo la espera de algún después y lo frustrante que es vivir la vida luchando. Porque la lucha se vive reivindicando al lugar, decir, hacer, opinar, que el machismo no concibe».

Y Araceli Argüello sigue lanzando sus versos con fundamento de payada y la voz por todas ellas: “Que no tengan que sufrir ni sufran acoso diario, en un mundo igualitario en que puedan sonreír. A veces quiero cantar todo lo que el alma vibre y poder sentirme libre sin tenerme que callar. Veo sin poder mirar al descubrir la verdad, porque tanta mezquindad me ha puesto entre los rincones y ando rompiendo patrones que impuso la sociedad”. Es una de las cuatro payadoras en actividad en la Argentina -y la más joven-: hace diez años que despliega el arte repentista en escenarios, encuentros gauchescos y viajes por el mundo. ¿De dónde proviene su cantar opinando? ¿De dónde su decir profundo?

Ella es de Pozo del Molle, Córdoba; proviene de una familia ligada a la tradición y a las jineteadas y se largó a las payadas con potencia, camino y pasión. Rompe esquemas en un ambiente patriarcal y machista y sigue adelante con sus versos al vuelo, su guitarra y su condición. A la par es Licenciada en Lengua y Literatura por la Universidad Nacional de Villa María (se recibió con una tesis sobre la versificación en la sextilla del Martín Fierro) y es becaria del Conicet: allí profundiza sus investigaciones sobre el mundo payadoril y gauchesco. Por eso puede teorizar sobre las payadoras y sabe que la magia del cantar opinando está en lo efímero: “Lo que canto improvisando muere al ser escuchado”.

«El ‘hubiera’ no existe: al ser improvisación, pasó lo que pasó». Foto: Fede Rivas

Hace años, en una jineteada en la Patagonia (“que me dio la posibilidad de quitarme la espina”), Argüello improvisó una payada/contrapunto con el payador que, tres años antes, le había dicho a su padre que ella cantaba lindo “pero que nunca iba a ser payadora”. Y, con sus versos, Argüello le recordó a aquél ese falso vaticinio. “Y el hombre se tuvo que disculpar”. Tiene como padrinos artísticos a la payadora Marta Suint, nacida en Sarandí y radicada en Mar del Plata, y al payador uruguayo José Curbelo, y reconoce como otras maestras en el camino a las payadoras Liliana Salvat y Susana Repetto, ambas aún en actividad.

Por eso Argüello dice: “Lo mejor que viví fue improvisar con grandes referentes. Yo tenía el sueño de hacerlo, en algún momento los escuché o los pensé como algo inalcanzable y sucedió. Y de pasar a ser un sueño pasó a ser algo más cotidiano. Eso fue lo más deslumbrante que me sucedió”. ¿Qué hecho le hizo sentir que ya era una profesional de la payada? “Fue un poco la espontaneidad misma de la improvisación: resolver estas situaciones poéticas que están en la vorágine del pensamiento filosófico de la improvisación, y representar al país en otras geografías: en otras partes del mundo”.

Allí, en sus viajes por Uruguay, España, Francia e Inglaterra, Argüello abrazó una concepción: “Eso también me hizo sentir que tenía un propósito que iba mucho más allá de lo personal”. ¿Cómo se lleva con el machismo inherente al mundo gauchesco? “Es un poco controversial y depende del punto de vista con que se lo mire -dice-. Es machista como cualquier otro oficio, disciplina o área del arte. Pero a la vez hay una predisposición a la aceptación de mí como payadora. Lo que sucede es que tampoco hay acá un movimiento femenino sobre el arte de la payada, como sí ocurre en el País Vasco o en Chile, donde tienen un colectivo de mujeres que forman un movimiento. Por eso, en Argentina, cuando una llega a un encuentro de payadores sabe que es un ambiente muy varonil y por lo tanto termina siendo machista”.

En Argentina “somos muy pocas las mujeres que estudiamos el arte de la improvisación y, al ser de distintas edades y geografías, no hay manera de que se forme un colectivo. En Chile, después del estallido social ocurrieron muchas reuniones de mujeres y eso fomentó que se organizaran. Acá tendría que haber un movimiento histórico, político y social”. Aparte de Marta Suint (“una pionera de las mujeres en la improvisación”), de Susana Repetto y de Liliana Salvat, Argüello siente como referente al payador pampeano Saúl Huenchul: “Me ha enseñado mucho con su obra. Ahora tengo el honor de llamarlo compañero y amigo -celebra-. Pero yo digo que todo aquel del cual aprendo algo también es mi referente”.

¿Qué siente Argüello que la distingue como payadora? Ella sonríe y se describe: “Puede ser la pujanza o la impronta muy repentina de la contestación: la ocurrencia. Como la teoría de Julio Cortázar del nocaut: pegar y salir. Eso sería a nivel más técnico. El ser bastante contundente a la hora de decir algo y de generar una idea”. Porque ningún payador se parece a otro en su velocidad, en su arrojo, en su canto y en su ingenio: “Todos tenemos distintas formas de procesamiento cognitivo. Pero a veces es un salto al vacío. A mí me dicen ‘¿qué sentís cuando improvisás?’. Yo cuando hago una payada me siento en un abismo; me lanzo al vacío en pensamiento, rima, contenido y búsqueda de remate”.

Al final “sé que se abre el paracaídas por una cuestión instintiva, y a veces tenemos aterrizajes forzosos. Y otras veces, ya con una idea muy construida, y con una rumiación de pensamiento, sabés lo que podés llegar a decir”. Y da un ejemplo: “Si me preguntan ‘¿qué pensás de la vejez?’, es algo que ya me he planteado en mi vida; entonces tengo con qué responder. No es que lo tenga que procesar ahí. Yo digo que los payadores y payadoras somos unos pensantes seriales. Es un poco de técnica y otro de inspiración. Pero más allá de ser poetas e improvisadores somos personas con millones de cosas por solucionar en la vida, como todos. Hay días en que acertás mucho más y hay días en que estás un poco enredado”.

Así se ve Argüello: “Quizá necesite afirmarme un poco más en la seguridad de lo que digo y lo que siento: quedarme conforme. Pero ‘el hubiera’ no existe: al ser improvisación, pasó lo que pasó. Creo que a mí y a mis compañeros nos hace falta no castigarnos tanto, sino tener más aceptación de nosotros mismos. Y lo que tengo más trabajado, me parece, es la valentía de subir al escenario sin saber qué voy a decir, abrir la boca y cantar. Eso es un acto de coraje y también lo veo en mis compañeros: quizá estás en blanco, pero improvisás con total naturalidad sabiendo que vas a salir al camino. Y lo que vayas a buscar lo vas a encontrar”.

 

El payar tiene sentido

Desde el mítico payador Gabino Ezeiza (1858-1916), en el arte repentista, que retoma la tradición ya erigida como denuncia en el Martín Fierro, hay una defensa de los de abajo. Así lo ve Araceli Argüello: “Muchos payadores se destacaron por su rol social, pero otros improvisan sobre la naturaleza, la inspiración misma de la poesía, y no necesariamente tienen un compromiso social. Para mí, el cantar opinando tiene su eje en una necesidad oral de expresar o de mostrarse frente al mundo. Si me paro frente al público es porque tengo algo para decir, ya sea propio o ya sea un pensamiento colectivo. Muchas veces digo que el del payador es un canto individual, introspectivo, pero con una reflexión colectiva”.

Y profundiza: “Yo soy una mujer de Córdoba y mi opinión no va a ser la misma que la de un payador de 70 años de la Provincia de Buenos Aires, porque son vivencias distintas. Pero ya ser del interior es tener una voz que pelea por decir lo suyo”. ¿Qué temas la obsesionan al payar? “A mí me preocupa mucho la juventud: la esencia de los valores -observa-. Pero no hablo desde un nacionalismo romántico, sino de un compromiso cotidiano de familia. La familia se ha roto y la juventud es un tema que me obsesiona. También la digitalización, las redes, las comunicaciones en masa, que han hecho perder un poco la conciencia crítica. Ese sería un tema muy importante para desarrollar en una payada”.

Argüello es Lic. en Letras y becaria del Conicet, donde investiga sobre el arte de la payada. Fotos: Gentileza de la artista

Araceli Argüello es parte, como la cantora surera Nayla Beltrán y la payadora chilena Carola López, del proyecto Cantoras del Cono Sur, que analiza las tradiciones de canto oral desde una perspectiva feminista descolonializadora y crea redes para transformar las prácticas patriarcales en los escenarios. Por eso los temas de género la interpelan como payadora: “Cada una tuvo una experiencia de lucha con respecto a eso: una bandera que levantar y defender. Pero no me ha tocado tener una payada donde tenga que confrontar esta ideología de género, aunque sí está muy presente en mis improvisaciones, como también en mis composiciones, el cuestionar todo lo que nos sucede como mujeres”.

El Manifiesto Decimista del proyecto de Cantoras del Cono Sur dice: «Un porvenir de conciencias no dualistas, no binarias y revoluciones diarias de luchas y resistencias. Aun de lejanos lugares, nos une la tradición, el verso, la convicción, la música y la utopía, de llegar con poesía hasta el último rincón». Lo explica Argüello: “Este manifiesto es una colaboración con compañeras de México, Perú, Chile y Argentina. Y como somos todas decimistas, lo hicimos y fue innovador para nosotras. Cantoras del Cono Sur también es un proyecto postdoctoral de una compañera que reside en Londres, con artículos sobre las cantoras del Cono Sur: ¿Cómo se posicionan? ¿Cómo viven hoy las payadoras? Estamos ultimando los artículos y el proyecto se va a cerrar con un libro impreso en castellano y en inglés”.

– ¿En qué medida conocer payadoras de otros países reafirmó tu oficio?

– Primero que nada, cualquier viaje lejos de tu tierra te hace abrir los ojos en muchos aspectos, y sobre todo aquellos que surgieron a partir de convocatorias por parte de mujeres. En otros lados, como en el País Vasco, han hecho un trabajo muy importante sobre feminismo y sobre la improvisación de mujeres: es un relevamiento grandísimo y me siento reflejada en eso. Una vez, en una entrevista en el País Vasco, me preguntaron cómo me sentía con respecto a mi cuerpo expuesto en el escenario. Y eso me hizo pensar, porque el primer consejo de una de mis referentes fue que cantara siempre con poncho para que fuera un manto que cubriera mi cuerpo, con el pie arriba. Cuando mi cuerpo también habla tengo que mediar con él y mi voz para ser escuchada o no, respetada o no. Posicionarme en el escenario fue una de las primeras cosas que tuve que aprender.

Entonces Argüello asume: “Aunque no lo parezca por cómo improviso, soy tímida. Hay muchos payadores que son tímidos. La seguridad escénica me costó, pero la construí con vehemencia, porque estaba insegura. También me ayudaron las pilchas gauchas -el poncho, el sombrero- que traigo arraigadas de familia, y eso es una imagen que quedó instaurada. Pero, bueno, quizá esa seguridad al improvisar o al contestar sean un poco mi marca. Algunos me tienen como brava, pero es sólo la forma que tengo de dirigirme al payar. Antes usaba botas de montar porque es la vestimenta del gaucho: no me siento identificada con los vestidos, pero sí con los caballos y con las actividades de campo”.

Aunque un día que hacía mucho calor se dijo: “‘¿Por qué me tengo que poner botas de montar si me voy a subir arriba de un escenario, no de un caballo?’. Y empecé a usar otro tipo de vestimenta, más cómoda. Sí me acostumbré a cantar con el poncho. Si no lo tengo es como que me falta algo: como si me faltara la mitad de la guitarra”. ¿Qué ve por delante Argüello en el mundo de la payada? ¿Qué desea de sí misma? “Yo lo que espero de la payada es que me permita seguir recorriendo caminos y lugares donde una pueda dejar lo que siente en verso, y que sea un espacio noble que abrigue al payador y al improvisador”.

Aunque algo asume: “Lamentablemente, nuestro arte prácticamente es el más nuevo, pero a la vez el más obsoleto, porque en una payada te escuchan los primeros tres, cuatro versos, y los otros seis versos de la décima te los escuchan de casualidad. Así también pasa con los videos: cuando algo es largo, muchos no quieren escucharlo porque están muy apabullados de información. Es difícil proponer algo que no sea puramente divertimento y ése es mi objetivo inmediato”. ¿Y qué legado le gustaría dejar? “Mi propia experiencia. Que mis errores puedan ser visualizados para que otra persona que venga detrás no tropiece con lo mismo. Facilitarles el camino a los que vienen sería mi humilde legado”.

– ¿De qué trata tu proyecto de investigación como becaria del Conicet?

– Mi tesis trata sobre tres payadores que abrieron tres caminos en la literatura argentina y en el arte payadoril: Gabino Ezeiza, en la impronta de la payada; Nemesio Trejo, que es un precursor del teatro argentino con los sainetes; y José Betinotti, que es también considerado el padre del tango. Yo investigo cómo la milonga payadora se profesionaliza y sale un poco del mítico Santos Vega, o del prototipo de Martín Fierro, para instalarse dentro de la ciudad. Ese trabajo todavía está en camino y con la idea de que haya una propuesta postdoctoral. Pero viene complicado porque estoy con varios proyectos y una no puede abarcarlo todo. Así que hay que ir por partes.

– En 2024 editaste tu primer libro Versificaciones. ¿Cómo fue ese proceso?

– Surgió como un proyecto personal de desencajonar los versos, y decir: «Che, ¿a ver qué tengo?». Tenía por delante un viaje a Londres y a otras partes de Europa y pensaba qué podía llevar, y saqué ese libro con décimas sueltas, composiciones y otras escrituras. Lo estructuré en tres capítulos, donde hago la presentación de las composiciones que tengo y hay una parte que se llama “Tradiciones”. Tiene la jerga criolla y la particularidad de que lo hice de puño y letra. Hace un tiempito me mandaron un e-mail para invitarme a presentarlo en una feria del libro. Eso está bueno. Me gusta que el libro circule. La verdad, me ha dado muchas satisfacciones. Ahora le encuentro errores, cosas que no pondría, cosas que sí, pero ya está. Ese libro me dio un marco de identidad y por eso me reconozco en él.

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