Con el sonido tierno y montaraz propio del cantautor cordobés, José Luis Aguirre editó su séptimo disco, Al sol. Quince canciones que recorren ritmos folklóricos diversos y con temáticas ligadas a la belleza de lo cotidiano, el cuidado de la tierra, el amor y la justicia social. “Sobre todo tiene que ver con vivir con alegría aun en lucha y en conflicto”, dice.
Hay una diferencia sustancial entre un disco conceptual y el concepto de un disco. El nuevo disco del cantor, compositor y poeta cordobés José Luis Aguirre, Al sol (2026), no está atravesado por un concepto unificador, pero las quince canciones, de alguna manera, transitan por la belleza de lo cotidiano, el poder de lo simple y la conexión con la naturaleza y la dignidad humana. No es un disco ambicioso ni un quiebre en su obra artística, sino más bien la continuidad de un estilo forjado por los años. Un estilo que abreva en lo sutil, la potencia de su voz, la claridad en el sonido, la música de raíz folklórica –aborda ritmos de casi todas las regiones del país- y que también le da un lugar primordial a la palabra poética.
Ganador de un premio Gardel en 2020 por su disco Chuncano (2019), Consagración del Festival de Cosquín en 2024 y reconocido en 2025 como uno de “los artistas argentinos más destacados de la década” por la Fundación Konex, José Luis Aguirre es uno de esos artistas y compositores contemporáneos que viene actualizando con originalidad, coherencia, peso específico y sensibilidad social el repertorio de la canción popular argentina del siglo XXI. Se enmarca, por ejemplo, en una tradición autoral que incluye a Atahualpa Yupanqui, Jorge Cafrune, Chango Rodríguez o Daniel Toro. Oriundo de Villa Dolores, en el Valle de Traslasierra, Aguirre construye una canción en sintonía con su tiempo y lugar: con picardía, ternura, inquietud y optimismo.
El disco, originalmente, se iba a llamar Sendero del alma. Pero luego cambió de nombre: Al sol. Según le anticipó el músico a este cronista el año pasado, el disco conjuga cuatro patas poéticas y temáticas: lo social, el amor, la mística y la intuición. “También tiene que ver con la picardía, la astucia, el estar despierto”, sostuvo. “Y sobre todo tiene que ver con vivir con alegría aun en lucha y en conflicto. Siempre está presente eso. Tiene sus cosas fuertes, pero es un disco esperanzado y luminoso. La tarea siempre es esperanzar”, resaltó el artista.

Fotos: Gentileza del artista
Con ese espíritu, el cantautor serrano abre el disco con “Sendero del alma”, una especie de huayno telúrico, melancólico y espiritual. “Pa’ verle al día gris también lo bello/ haré de mi tristeza nueva canción/ Ya sabes que al final se trata de eso/ Es transformar de adentro una decisión/ Cerca del cielo, acompaña el fuego del corazón/ Si es la vida el viaje de llegar a uno mismo/ Sigo por el sendero del alma”, canta Aguirre en los primeros versos de su séptimo disco solista. Con un sonido acústico y criollo, el disco fue grabado en Islandia Estudio (Córdoba) en formato de cuarteto: Aguirre en voz y guitarra; Juan Murúa en bajo, guitarrón y coros; Francisco “Pancho” Miranda en percusión y coros, y Luciano De La Rosa en piano.
El despojo y la serenidad continúan en la segunda canción, “Pura esencia”, un bailecito compuesto junto a Franco Luciani que está comandado por el pulso del piano. El disco levanta vuelo rítmico en la chacarera “Deslumbrando el tiempo”, con música del santiagueño Demi Carabajal y letra del cordobés. Después de la tonada “En cosas del sentimiento”, el recorrido sigue por la región de Cuyo con la cueca “Mandarina al sol”, una canción sobre la amistad y los pequeños gestos de la vida. Los instrumentos –incluidas las voces- fueron grabados en vivo en el estudio, con todos los músicos tocando al mismo tiempo, como se hacía antaño, algo que le aporta frescura, autenticidad y contundencia al sonido.
La picardía y la festividad característica del cantautor cordobés aparecen en “El encanto”, el cuarteto “Zapatilla de básquet”, la chacarera “El alma de las juntadas” y en “Guaracha diabla” (“Ahí nomás me hice amigo de esa piba lugareña/ La invité a bailar y de la tierra sentí el fuego en sus caderas”, canta). La hondura retorna en la zamba “Río Quimivil” –el río es un elemento recurrente en su poética-, el chamamé dedicado a su abuela, “Nona Chichí” –una canción que dialoga con otras de su especie, como “Más de cien inviernos”, de su disco Gajito I’ Luna (2012)- y la dulce “Zambita pura”.
“Pura propaganda, negocio y cemento/ distraen con gilada, olvidan lo esencial/ Cultura educación para todo el pueblo/ Dignidad de quien trabaja y justicia social/ En el almacén la plata no alcanza, se dispara la vida”, canta –o denuncia- en el rabioso “Tinku de la marcha”, una pintura de este presente desigual e injusto. “Vamos a la calle, hay que defender los derechos conquistados ante el miedo y su poder/ Vamos que acá estamos, creo en la unidad y en la fuerza necesaria de la lucha popular”, entona junto a la artista invitada, la rapera Julieta Rivarola.
La canción de protesta o la crítica social, como sea más pertinente, es un aspecto importante en su canción. En el disco hay otra que refleja su preocupación por el presente: “Milonga del hospital”, una pieza que reivindica el papel de la salud pública y denuncia su vaciamiento. El disco cierra con “Oh Mama Tierra”, un tema a capela sobre la necesidad de reconectar con la hermandad, la dignidad humana y la esperanza. En suma, José Luis Aguirre es uno de esos cantores que reconocen la importancia de la alegría popular, pero que también comprenden que la canción es un dispositivo cultural, social y político.
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