El trío que fusiona música electrónica con ritmos latinoamericanos editó Takuy, un disco que sigue remarcado su esencia mutante y experimental pero “con muchas instancias más de sensibilidad”, según su creador, Leonardo Martinelli. Con 25 años de trayecto, Tremor se afirma en escena independiente como acto de resistencia.


Con más de 25 años de recorrido en la escena independiente argentina, Tremor acaba de publicar un nuevo disco, Takuy (2026), en el que siguen explorando en el sonido mutante –una combinación entre ritmos tradicionales latinoamericanos y herramientas digitales-, pero en el que enfatizan el aspecto más humano, emotivo y sensible del proyecto. “Lo nuestro siempre ha tenido una pata en la experimentación muy fuerte. Y obviamente que hay melodías en los discos de Tremor, pero nuestro enfoque siempre tuvo más que ver con sorprender, con la experimentación, con los arreglos, con combinaciones inesperadas, no necesariamente con hacer bonitas melodías. En cambio este disco tiene muchas instancias más de sensibilidad”, explica Leonardo Martinelli, fundador y productor del trío que comparte con Camilo Carabajal (percusión, bombo legüero) y Alex Musatov (violín). “Es más cinematográfico en sus melodías, colores y texturas. Es un disco más tocado y tiene menos electrónica que los anteriores”, completa el compositor. El pasado 20 de junio lo presentaron en Galpón B (Cochabamba 2536, CABA), con Villa Diamante.

“Es un disco de transición”, enfatiza Martinelli. “Porque en el disco están el pasado del grupo y el presente. Se dio un cambio de formación en el proceso de creación del disco. Hay unos primeros demos que comenzaron un poco antes de la pandemia, con Gerardo (Farez) y sin Alex (Musatov). Después por un año y medio Tremor fue cuarteto. Es un disco muy querido, tiene una cosa de transformación y lo siento más luminoso”, cuenta después de una larga gira de Tremor durante mayo por Madrid, Barcelona, Berlín, Múnich, Colonia, Viena y Copenhague. “El disco está listo hace tiempo, pero sucedieron algunas cosas que dilataron su salida. En 2023 salió el disco de (la cantora boliviana) Luzmila Carpio, Inti watana: El retorno del sol (2023), y nosotros salimos a girar con ella como banda de apoyo. Lo de Luzmila es una de las cosas más lindas que me tocó hacer musicalmente, no solo por la música, sino por lo que aprendí al lado de ella”, resalta.

De este modo, las texturas habituales del grupo dialogan en el nuevo disco con una dimensión más melódica y orgánica gracias a la presencia de aerófonos, violines, sachaguitarras, charangos e instrumentos acústicos que expanden la paleta sonora. Desde lo rítmico, “el disco explora la herencia africana en Sudamérica e incorpora resonancias afroperuanas, rioplatenses, colombianas, brasileñas y argentinas”, precisan. “Cuando empecé estaba muy fascinado con la idea de que el audio digital era una cosa en sí misma. Al principio me interesaba mucho la intervención de un fragmento de audio. Pero con el tiempo uno va cambiando y tal vez mi fascinación hoy está en otro lugar”, explica Martinelli sobre la transformación sonora. “En estos años hice mucha música de película y también trabajé en la producción del disco de Luzmila. Todo eso me obligó a transitar otra emotividad. Antes estaba más preocupado por el ruidismo, el contraste, la fuerza. En cambio acá venía muy en ese costado más sensible y emotivo”, detalla.

La influencia de la música andina sigue predominando en el grupo, como se refleja en piezas como Subibaja, Antílope de las Nubes, Takuy o El camino. “Yo me reencontré con los aerófonos folklóricos. Estuve tocando más instrumentos de viento estos años. Entonces, muchos de los temas salieron melodías de ahí”, explica Martinelli. “Si bien en mi casa crecí escuchando folklore de todo tipo, el primer clic que me empuja a hacer Tremor tenía que ver con lo andino. Tenía un amigo que tenía una banda de sikuris y a veces lo acompañaba a tocar. En esas compartidas hubo algo que me conectó con la espiritualidad de esas músicas. Entonces, el disparador original de Tremor es ése y está en el ADN del grupo”, dice. “Hay una influencia africana en Latinoamérica, pero en algunos lugares es más visible que en otros. Hay un tema que tiene influencia rioplatense en el ritmo, Melatonina. Hay otras que tienen influencias afroperuanas. Takuy en sí mismo tiene algo vinculado con el swing de la saya”, desmenuza.

 

¿Por qué Takuy? En quechua significa mezclar o permanecer, según la región.

– Sí. No hay un solo quichua, hay diferencias según la zona. Conocía la acepción que tenía que ver con mezclar y después descubrí la otra. Me pareció que sintetizaba lo que venimos haciendo con Tremor en todos estos años: mezclar cosas que pueden parecer que están en las antípodas y encontrar ese punto en el que todo eso puede coexistir. Lo acústico con lo digital; el sonido de la tierra con algo contemporáneo y electrónico; algo dulce como el sonido de la quena con ruidismo. El proyecto siempre tuvo esa idea de la mezcla. Además de lo latinoamericano en los discos, hay citas a folklores de otras partes del mundo, como sonoridades balcánicas, celta, árabes. En este disco hay referencias africanas en algunos temas. Entonces, la idea de mezclar me gustaba y la palabra tiene una sonoridad dulce y a la vez tiene fuerza. Después descubrí la acepción de estar, existir y permanecer, que también tenía que ver con el momento del grupo.

– ¿En qué sentido?

– Este es un proyecto que empecé en 2000 y en 2004 saqué un disco solo como Tremor. Luego, en 2006, se armó el trío original. Es un proyecto que para ser independiente, para no llenar un estadio, para ser chico, deforme e instrumental… que hayamos pasado los 25 años es un delirio. Y no puedo creer el hecho de estar de gira por Europa, siento mucha gratitud. Sé que lo hago porque me apasiona y no lo puedo evitar. Pero en estos tiempos en donde todo se mide: la cantidad de likes, la métrica, los seguidores; en ese contexto lo nuestro se vuelve casi de resistencia. En vivo es un grupo que te pide paciencia y eso va un poco a contramano de este presente también.

«Es un acto de resistencia sostener proyectos como estos que son inviables comercialmente y que tienen otro tempo». Fotos: Nora Lezano

Como es habitual, el nuevo disco es predominantemente instrumental, climático y ambiental. A excepción de dos canciones cantadas: Ánima Digital, con la participación de Ignacia –que también es coautora del tema-; y Resonante, con la colaboración del percusionista Santiago Vázquez en mbira y las voces enigmáticas de Lucy Patané. “Yo no soy un cantautor ni un compositor de canciones, aunque en Tremor hay algunas canciones. A veces la canción es un poco limitante. Si bien me gustan, a la hora de hacer música tal vez no es lo que más me interesa”, repara. “Ignacia es una artista que conozco hace mucho y me gusta su voz. También encontré la música que me parecía que iba bien con ella. En la otra colaboración primero entró lo de Santiago, que conozco hace muchos años, y me parecía que iba bárbaro grabar una mbira. Luego apareció Lucy, que es una artista que admiro y me gusta cómo canta. Nos encontramos en un estudio y nos tiramos a la pileta. No es una canción típica”.

Anima digital, escrita con Ignacia, ofrece una reflexión sobre la era del like y los algoritmos, esa necesidad constante de aprobación e inmediatez que hay atravesada por las pantallas del celular. ¿Por qué esa inquietud?

– Es algo que me interpela, que todo el tiempo está ahí. Es un concepto que sigue evolucionando. Estamos viviendo cambios culturales muy grandes a todo nivel. Es una etapa de transformación y no sabemos qué hay al final del túnel. Siempre me interesó la tecnología. Nos está cambiando la vida de una manera que no sé si tiene retorno. Entonces, es importante estar atento a eso y ver a dónde estamos parados. La Inteligencia Artificial como medio de control, como filtro de lo que ves y lo que no. Qué pasa con los artistas, los diseñadores gráficos, los ilustradores y el cine en este contexto. Qué pasa con el paladar del que consume. Hoy estamos en una era en la que la gente escucha temas, no álbumes. Lo que pasa también es que vamos perdiendo la capacidad de tener espíritu crítico y desarrollar nuestra interpretación de la realidad. De hacernos nosotros ese cuestionamiento, porque nos dan las cosas masticadas. Es una forma moderna de esclavitud. Entonces, más que nunca es un acto de resistencia, de contracultura y de amor sostener proyectos como estos que son inviables comercialmente y que tienen otro tempo. No son de consumo instantáneo. Más que nunca tenemos que seguir haciendo esto, porque corremos el riesgo de que todo sea homogéneo, monocromático y monocorde. Es importante que no desaparezcan las variantes. Creo que todas las voces tienen que estar representadas. Y que haya la mayor variedad para la subsistencia.

 

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