Ya pasado el centenario del nacimiento de Aníbal Sampayo y con varios escritos –entre ellos un libro del uruguayo Schubert Flores Vassella- saludando el aniversario de este artista fundamental de la cultura popular rioplatense, proponemos un perfil que integra los apuntes íntimos del guitarrista «Polo» Martí para delinear a un personaje tan rico como imprescindible.


Aníbal Sampayo nació en Paysandú el 6 de agosto de 1926, un departamento del Uruguay que hace 17 años declaró dicha fecha como el Día de la Canción Litoraleña, un homenaje a la altura de un artista que antes, durante y después de su vida, puede jactarse de su carácter de músico popular capaz de alcanzar el cierto anonimato con el que las comunidades distinguen a sus creadores más entrañables.

Es que si bien hay canciones con su firma de enorme arraigo y reconocimiento como “Río de los pájaros”, “Garzas viajeras”, “Cielo en flor”, “Cautiva del río”, “Ky Chororó”, “Canción de verano y remo” o “El río no sólo eso”, por citar solamente algunas, Sampayo fue un autor muchísimo más prolífico que ese puñado de hitos y abrazó un cancionero de mayor amplitud y diversidad que aquel específicamente ligado a lo ribereño.

En una entrevista realizada en el verano de 2001 por Carlos Caillabet, el músico y compositor sentó las bases de su propuesta: “Mis canciones son, primero y antes que nada, música de pueblo. Una cosa es la canción popular y otra es la canción de pueblo y esto conviene tenerlo claro ahora que hacen popular a cualquiera. Música popular es la que se escucha mucho. Hay cantores que son populares porque el pueblo los conoce como a Palito Ortega, pero no dejan nada profundo, entonces no son de pueblo. La canción folclórica debe tener sus raíces bien hundidas en el pueblo aunque no sea popular”.

Leopoldo «Polo» Martí, guitarrista y compositor entrerriano radicado en Mendoza quien valiéndose de la honda amistad del uruguayo con su padre (el poeta Jorge Martí) no solamente acumula recuerdos de infancia en la casa familiar de la ciudad de Colón sino que, bastante tiempo después, tuvo ocasión de arreglar y dirigir el conjunto con el que Aníbal regresó a los escenarios y registró el disco Patria (1985) tras los años de cárcel y el posterior exilio en Suecia, subraya la magnitud de esas búsquedas estéticas e ideológicas.

“Por un lado, hacia 1948 y durante cuatro o cinco años, hizo una gira por Brasil, Paraguay y Bolivia que terminó siendo una experiencia de vida fundamental donde no solamente conoció la realidad y los padecimientos de esos pueblos y de las comunidades indígenas de la región sino que, por ejemplo, aprendió a tocar el arpa y fue, poco a poco, ampliando el conocimiento en cuanto a las expresiones musicales y culturales del Cono Sur. Y ya en los 80, todavía en Europa e impedido de regresar a su país, publicó ‘Canto a la liberación’, una suerte de cantata donde, entre otras piezas, compuso un aire andino para Tupac Amaru, un joropo para Simón Bolívar y una habanera para José Martí. Luego, afincado temporalmente en Entre Ríos y para el disco Patria compuso y grabó un cielito, un gato y un candombe antes de volver a la música de su región”, detalla Martí durante una charla con De Coplas.

Pero si ese abanico sonoro curioso e inspirado no fuera suficiente, Sampayo fue además una figura única dentro de la escena musical de la región con un recorrido que el propio artista resumió en esa conversación con Caillabet para la Red UITA (federación sindical mundial que agrupa a más de 427 organizaciones de trabajadores en 128 países).

“Mi infancia –repasó- transcurrió en los campos de la estancia Los Álamos, cerca de acá. Después me mandaron a la Escuela Industrial donde aprendí el oficio de tornero. Cuando cumplí 16 años entré a trabajar en los talleres del Ferrocarril Midland de los ingleses, pero duré poco. Me peleé con los gringos. No quiero a esos patrones, le dije a mi padre y él me metió a trabajar en otro taller con otro patrón que también resultó un déspota, así que me despeoné y me volví al campo. Me fui a la estancia El Cardo, cerca de Young. Allí hacía de todo un poco, pero, eso sí, sin patrón. Mi tío estaba de capataz y puestero y me dejaba hacer, pero allí también duré poco. Cosa de un año y medio. A los 18 años ya tenía la música adentro así que agarré mis cositas y me largué al Paraguay. Andaba por esos caminos de un Paraguay muy pobrecito. Me subía a los trenes o a los camiones que llevaban los peones a los obrajes. En esas vueltas me enganché en el circo de los hermanos Valdovino. Viajé con ellos casi dos años hasta que conocí a unos toreros muy buenos (en Paraguay y en Venezuela: flor de toreros había) y junto con un amigo paraguayo nos fuimos con ellos”.

Ese recorte de los primeros años de Aníbal lo forjaron gracias a algunas características que Polo, su amigo y compañero de conciertos y grabaciones, subraya con emocionado cariño: “Hay una cuestión que es importante destacar –puntualiza- y es que Sampayo desde Paysandú no tuvo acceso a los medios y a las posibilidades de difusión que sí tuvieron otros artistas populares”.

 

Ponerle el cuerpo al compromiso

Sobre ese contexto geográfico pero también espiritual, este artista consciente y trotamundos fue delineando una manera de hacer que su obra interpele a ese mundo injusto y brutal que avistó con ojos abiertos.

Tal determinación lo llevó a sumarse al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, una organización político-militar de izquierda a la que, valiéndose del clima insurreccional de época y del acceso y el tránsito que le concedía su popularidad, le acercaba armamento que él mismo traía desde sus actuaciones en Chile y en Argentina donde se enlazaba con movimientos armados de similares características. Debido a esta faceta de su militancia, fue detenido en Paysandú en mayo de 1972 (13 meses antes de que se instaurara la dictadura cívico-militar en Uruguay) y quedó encarcelado hasta 1980.

“No me arrepiento de nada. Yo caí preso con más de 40 años. Era un hombre, no un chiquilín y sabía lo que hacía. Soy un luchador social con guitarra”, se definió sin dobleces ni excusas con una claridad que alcanzó su paso por la prisión donde, sostuvo: “Para mí fue como una escuela. Después de andar tanto, en la cárcel ordené mis ideas y leí mucho. Al principio no nos daban ni lápiz ni papel, pero cuando nos lo dieron escribí la cantata a Leandro Gómez que fue un artiguista”.

También tras las rejas del Penal de Libertad creó más canciones emblemáticas, entre ellas, “Cielito del prisionero” que, como recuerda «Polo» Martí “quizás fue una de las más conocidos, porque además fue cantado por Joan Manuel Serrat en un acto que se hizo en España por la libertad de los presos políticos uruguayos”.

 

Llevar el país adentro

Una vez liberado pero todavía con la dictadura usurpando el gobierno de su país ya que permaneció en el poder hasta el 1 de marzo de 1985, Aníbal usó su música para denunciar el régimen y pedir por los presos políticos, a la vez que encontró en Suecia una suerte de tercera patria en la que se radicaron sus hijos y nietos. Y aunque falleció el 9 de mayo de 2007 padeciendo el mal de Alzheimer que lo asaltó desde un par de años antes, conservaba una gratitud hacia el país nórdico pero, también, una certeza: “A mí me salvó que esté donde esté llevo a mi país adentro. Donde vaya me llevo el monte, el río, entonces puedo escribir en cualquier lado”.

Sobre esa pertenencia, Martí evoca la postura de Sampayo mientras pasaba algunos días en Entre Ríos pero continuaba la dictadura uruguaya y cuenta sin disimular una mueca sonriente: “Para tener una idea de la fuerza de sus pensamientos, cuando estábamos en Colón y salíamos a navegar con nuestra canoa, la Panambí, Aníbal se moría por ir al río y a las islas, pero no quería ni arrimarse al límite imaginario en el río y pasar a estar en territorio uruguayo. Se paraba en la canoa y revoleaba una remera por sobre su cabeza gritando ‘Goyo, ya te vamos a bajar’”, haciendo referencia al apodo de Gregorio Álvarez, figura clave en el golpe de Estado de 1973 y presidente de facto durante el gobierno militar entre el 1 de septiembre de 1981 y el 12 de febrero de 1985.

 

Su relación con Argentina

Desde finales de la década del 50 actúa en reiteradas ocasiones en Córdoba, siendo fundador de una importante peña donde comparte escenarios con Eduardo Falú, Los Fronterizos, Los Chalchaleros, Amadeo Monge, Los Trovadores del Norte, entre otras figuras locales, y por ello, en 1961, tomó natural parte en la edición inaugural del Festival Nacional de Folklore Cosquín, donde actuaría ininterrumpidamente hasta 1969 cuando fue censurado y quitado de esa grilla aunque ese mismo año la Organización de Estados Americanos lo distinguió como difusor de la cultura y la música popular de América Latina.

Antes de esos dos sucesos, fue invitado al Primer Encuentro Internacional de la Canción Protesta que, organizado por Casa de las Américas, se celebró en La Habana en 1967 reuniendo a músicos y compositores de más de 15 países de América Latina, Europa, África y Asia, un espacio en el que trabó relación con Carlos Puebla y con Nicolás Guillén y en cuyo contexto Ramón Ayala tuvo una célebre reunión con Ernesto «Che» Guevara.

En Argentina tuvo un primer aliado fundamental en el trovador jujeño Jorge Cafrune, pero, además, su obra fue visitada y registrada por figuras de la talla de Mercedes Sosa, Carlos Di Fulvio, Los Nocheros de Anta, Horacio Guarany, Ariel Ramírez, Antonio Tarragó Ros, Liliana Herrero, Silvia Iriondo, Yamila Cafrune y el Dúo Enarmonía que en diferentes momentos se volcaron a versionar algunas de sus creaciones.

 

Desde cerca

Las vivencias de Leopoldo «Polo» Martí y su familia con Aníbal Sampayo trascienden largamente ese lazo afectuoso y por eso muchas de las señales de ese vínculo las volcó en la web Folklore Imaginario (básicamente centrada en la actividad del dúo que el guitarrista sostiene desde 1987 con la flautista Beti Plana) y le sirvieron al escritor Schubert Flores Vassella para su flamante libro “Aníbal Sampayo. Poeta del Río de los Pájaros Pintados. Inventario de Vida y Obra (Tomo I)”.

En diálogo con De Coplas, el músico resalta que “desde sus primeras canciones Aníbal siempre puso el ojo en el paisaje humano. En todas sus canciones siempre hay una referencia a la situación, al padecimiento, a las carencias de toda la población logrando encontrar  la raíz folklórica, pero siempre con un determinado vuelo no solo en la temática, no sino también en lo musical”.

Y en esa reflexión, Polo señala el regreso de Sampayo a los géneros litoraleños después de la cárcel y el exilio y pone como ejemplo el tema “Cerro de la Matanza” “que es un lugar en la zona de Victoria, donde está el puente que cruza hacia Rosario y cuya historia conoció junto a Miguel «Zurdo» Martínez quien participó de la grabación en el disco De antiguo vuelo (1999) publicado por el sello de Paraná Shagrada Medra”.

Desde esa cercanía, la de Martí es una voz autorizada para también abordar el rol de Sampayo como intérprete de guitarra y de arpa, “dos instrumentos que manejaba muy bien. Con el arpa tocaba guaranias, polcas o galopas, pero cuando tenía que cantar y decir, prefería hacerlo con guitarra”, desliza con conocimiento de causa.

“Aníbal empezó tocando la guitarra, la tocaba muy bien. Le encantaba en algún momento pasar a las bordonas y se llamaba así mismo ‘el pulgar mayor de Paysandú’. Pero además tenía un rasguido suave, precioso, hermoso”, comenta sobre el uruguayo en la guitarra.

Acerca de Sampayo como arpista, consigna que “al arpa india, que es un instrumento diatónico, aprendió a tocarla en Paraguay. El arpa india diatónica no tiene pedales ni nada, por lo que su escala permite tocar en una tonalidad o en dos tonalidades, pero con mucha precaución porque carece de semitonos. Esa experiencia lo influyó para componer algunas canciones como, por ejemplo, ‘Ky Chororó’”.

 

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