Los artistas del folklore encarnaron muchas veces “la voz del pueblo” ante las injusticias. Durante la ultima dictadura militar, muchos fueron perseguidos y amenazados. Y muchas de sus canciones, prohibidas. En este informe homenajeamos a quienes se animaron a ponerle voz a lo prohibido y a los que fueron silenciados por mostrar la realidad en sus letras.


«La memoria apunta hasta matar, a los pueblos que la callan y no la dejan volar». La poesía de León Gieco se mantiene viva en el aire y todo sigue cargado en la memoria. A veces, los números redondos del calendario invitan al repaso, a reflexionar. Proponen la revisión de tiempos que parecen lejanos pero están a la vuelta de una esquina. Medio siglo, cincuenta años, más de 18 mil días desde aquel fatídico 24 de marzo de 1976, cuando de la mano de la más sangrienta dictadura del siglo XX, la censura y la represión de la libertad de expresión llegaron al punto más alto. El silencio se volvió más silencio; el miedo, un enemigo a convivir. Y en el contexto de muerte, desapariciones, mentiras y violencia, las canciones se convirtieron en herramientas peligrosas para expresar opiniones políticas y sociales, especialmente aquellas que denunciaban las injusticias. Algunas letras comenzaron a ser consideradas peligrosas y por eso era prohibida su difusión en las radios o en la televisión; los intérpretes fueron objeto de detenciones arbitrarias y torturas; el exilio se volvió la salida y romper los manuscritos o esconderlos bajo siete llaves, el recurso para sobrevivir. Pasó medio siglo desde que la dictadura militar de Videla, Massera y compañía abrió la llave de uno de los períodos más oscuros de la historia argentina, marcado por el terrorismo de Estado y la censura a cualquier manifestación cultural que no se ajustara a los ideales del régimen. Dentro de ese mundo, las canciones prohibidas llegaron a ser símbolo de resistencia y testimonio de una época violenta y represiva. Algunas de esas letras lograron sobrevivir, por la perseverancia de músicos, que arriesgaron su vida para mantener vivo el legado de la música popular argentina. Hoy en día, estas canciones no sólo siguen siendo recuerdos de un pasado oscuro, sino que también son una prueba de la capacidad de la música y la cultura para resistir y trascender en tiempos tan complejos.

 

Mercedes Sosa y Victor Heredia fueron de los artistas más perseguidos por el gobierno de facto.

El folklore, atacado y en silencio

El folklore, acaso una de las expresiones populares más legítimas, es otro de los sobrevivientes de la violencia ejercida por el Estado durante los períodos en que fue usurpado por la dictadura cívico-militar. En Argentina, la historia del golpismo tiene data de sobra, pero desde la Revolución Libertadora (reconocida como Fusiladora) hasta el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, el ejercicio de facto del poder estableció una política sistemática de opresión, manipulación, apropiación y aniquilación de las expresiones populares y de su simbología. El folklore -como así también el rock y hasta el tango- fue fuertemente atacado y silenciado, además de ser tergiversado y víctima de la represión. La supervivencia quedó librada, entonces, a la resistencia que tanto sus exponentes como sus cultores ejercieron ante la dictadura reinante.

«Se pretende conculcar ese bien de libertad a través de los lavados de cerebros, de la confusión de nuestra juventud, de desapegarnos de nuestros valores tradicionales. Esa es la subversión y ese es el flagelo contra el cual las Fuerzas Armadas luchan», afirmaba Jorge Rafael Videla el 19 de abril de 1977, casi un año después del golpe que derrocó a Estela Martínez, la viuda de Juan Domingo Perón. Esos conceptos, la sumatoria de decisiones de la Junta Militar, acorraló a todas las formas de cultura y la censura se aplicó de manera sistemática. Desde la quema de libros hasta las amenazas a artistas musicales que tuvieron que exiliarse durante varios años. Era notorio el desprecio por todo lo que significaba la forma de vestir, el pelo largo, las letras, la música, la poesía, la protesta. Todo debía ser censurado. Aquello que hablaba de libertad era considerado una amenaza y había que destruirlo.

 

Informe de la situación

Horacio Guarany, quien casi dos décadas antes había sido uno de los pioneros del Festival de Cosquín, fue de los primeros cantautores perseguidos por sus inclinaciones políticas (luego del derrocamiento de Perón en 1955 se había afiliado al Partido Comunista Argentino) y por sus canciones cargadas de compromiso político. Durante el gobierno de Isabelita ya había sufrido amenazas y atentados de parte de la Triple A, debiendo exiliarse en Venezuela y México y posteriormente en España. A partir de 1976 fueron censuradas algunas de sus canciones tales como La guerrillera (1977), Estamos prisioneros (1977) y Memorias de una vieja canción, y también fueron desaparecidos muchos de sus discos. A pesar de las prohibiciones, Guarany volvió al país en 1978, llegando a sufrir un atentado en su casa. Censurado y perseguido, sólo pudo realizar pequeños conciertos en el interior del país.

Artista de suma importancia para la música folklórica de la época es Mercedes Sosa,  la “voz” de la Nueva Canción Latinoamericana, quien se mantuvo fiel durante toda su carrera a los postulados del manifiesto del Nuevo Cancionero.  Tras el golpe del ’76, la Negra se convirtió en una de las artistas más perseguidas y censuradas, prohibiéndose la grabación y la publicación de algunos de sus discos en el país y la emisión de sus canciones por radio. A pesar de ello, resistió permaneciendo en el país hasta el año 1979, momento en el que debió emprender el exilio a París, luego de ser detenida junto a todo el público asistente en un concierto dado en el viejo Almacén San José, en La Plata. Si bien Mercedes no tenía causa judicial, y podía entrar y salir del país, las canciones de contenido que ella interpretaba eran consideradas como peligrosas por la Junta Militar, ya que atentaban claramente contra los postulados de la ideología castrense. Así, se sistematizaba el silenciamiento de las manifestaciones de la música popular como correlato de las torturas y desapariciones, para acallar, concretamente, ciertas voces de la sociedad.

Otros dos artistas, César Isella y Víctor Heredia, permanecieron en el país durante aquellos años de dictadura militar. Quien fuera voz de Los Fronterizos en el año 1956, con quiénes trabajó durante diez años y participó en la grabación de la mundialmente famosa Misa Criolla de Ariel Ramírez en 1964, pasó a ser uno de los compositores e intérpretes más silenciado; aún así continuó realizando obras musicales y ediciones discográficas en el país. En el 76, junto a Ástor Piazzolla, Horacio Ferrer, Atahualpa Yupanqui, Gustavo «Cuchi» Leguizamón, Armando Tejada Gómez, Eduardo Falú y Jaime Dávalos, grabó un álbum dedicado enteramente a un personaje creado por el pintor Antonio Berni: Juanito Laguna. Inmediatamente después de su edición y puesta a la venta, la obra fue secuestrada y prohibida su difusión.

Emblemático por su obra de amplio compromiso con los derechos humanos y los problemas político-sociales en América Latina, Víctor Heredia, es uno de los artistas que vivió de manera muy cercana la violencia ejercida desde el Estado, al ser secuestrada y desaparecida su hermana María Cristina junto a su pareja. Este hecho acentuó aún más su vocación por un modo específico de hacer música. Frente a la carencia de palabras para narrar el dolor y el horror encuentra a través del arte ciertas posibilidades para dar cuenta de una realidad que afectó -y aún afecta- a toda la sociedad argentina. Heredia se consagró como músico luego de obtener el premio Revelación Juvenil en el Festival de Cosquín de 1967, y padeció la censura impuesta por el gobierno de facto, además de múltiples amenazas, persecuciones y hasta un intento de secuestro. Debiendo cuidar de su sobrina (cuyos padres aún se encuentran desaparecidos) y su madre, buscar a sus familiares desaparecidos, ser censurado en los medios de comunicación, Heredia se vio casi imposibilitado de realizar presentaciones en público –aunque siguió grabando discos- por lo que debió sobrevivir como vendedor de libros y flores plásticas y componiendo jingles anónimamente.

En su reciente libro Comprando a uno lo que vale dos, de la editorial Mil Campanas, Lucas José Fernández considera que “Víctor Heredia sufrió en carne propia los crímenes de la dictadura, con un buen uso de la metáfora, para sortear la censura, habla de un campo (un pueblo, un país), que ha sido devastado por plagas y un gran temporal (injusticia, desigualdad, corrupción). Se hace imposible no trazar un paralelismo con la Carta Abierta a la Junta Militar de Rodolfo Walsh, de 1977, donde denuncia el terrorismo, pero también los objetivos económicos y sociales del gobierno”. Desde Olavarría, su lugar en el mundo, la cantora Adriana Saravia repasa el tiempo en que la censura y el no poder decir eran cosa de todos los días. Por entonces, estudiaba en Buenos Aires y era parte de quienes sufrían a diario el silencio impuesto. “La gente estaba desesperada por decir cosas, yo viví un momento de un valor importantísimo, a diferencia de hoy donde hay más apatía con todo lo que está sucediendo que es gravísimo”. Recuerda también la guerra de Malvinas y la bisagra que significó la derrota en las islas para que la dictadura iniciara su retroceso. “Fuimos a Plaza de Mayo, a pedir que se vaya Galtieri. Ahí supe lo que era venir de un pueblo y vivir en carne propia los palos, los gases, buscar a tu compañero, esconderte donde se podía. Esperábamos con ansias la democracia”. La democracia volvió, Mercedes Sosa, Victor Heredia y tantos más volvieron a cantar y sin embargo, en la voz de Adriana aparece un rasgo de congoja, cuando expresa que “el momento actual es muy triste, muy triste para la cultura y muy triste desde lo que sucede culturalmente hablando”.

Otras canciones, basadas en la rítmica de la milonga, también tuvieron un rol activo en la denuncia contra la opresión. Como la cigarra, escrita por María Elena Walsh en 1972 , se anticipó al decir «Tantas veces me borraron, tantas desaparecí, a mi propio entierro fui sola y llorando. Hice un nudo en el pañuelo pero me olvidé después que no era la única vez, y volví cantando». A María Elena también le censuraron Gilito de Barrio Norte, que decía «Gilito del Barrio Norte que la vas de guerrillero y andas todo empapelado con el Che anunciándole a Magoya que salió la nueva ley». La cantautora y poetisa, además, sufrió la censura de su libro, Dailan Kifki, uno de los clásicos infantiles más reconocidos que integraba la lista negra de libros prohibidos en la dictadura. También la colaboración entre el poeta del tango Héctor Negro y César Isella es Levantate y canta, del año 78, desde donde se envía un mensaje esperanzador a los detenidos y a los que se encontraban resistiendo: «Porqué caerse y entregar las alas. Porqué rendirse y manotear las ruinas. Si es el dolor, al fin, quien nos iguala y la esperanza, quien nos ilumina».

Algunas de las canciones prohibidas fueron Coplera del prisionero, de Horacio Guarany; No se por qué piensas tú, del cubano Nicolás Guillén con música de Guarany; Hasta la victoria, del uruguayo Aníbal Sampayo. Alcen la bandera, Juana Azurduy y En Sudamérica mi voz de Ariel Ramírez; Agarrame el alazán, de Omar Moreno Palacios; Triunfo agrario, de Armando Tejada Gómez y César Isella; Hombres en el tiempo, de Isella; Chacarera del expediente, de Gustavo «Cuchi» Leguizamón, Chamarrita del milico, de Alfredo Zitarrosa, El triunfo del alambre, escrita por Carlos Di Fulvio y Cruz de luz, del uruguayo Daniel Viglietti.

El Comité Federal de Radiodifusión mantuvo hasta el final de la dictadura una lista de 221 letras «Cantables cuyas letras se consideran no aptas para ser difundidas por los servicios de radiodifusión». Si bien las primeras prohibiciones tuvieron lugar durante la dictadura de Onganía, en 1976 se prohibieron más canciones que en los seis años anteriores. La inclusión de un tema en esta lista por lo general se debía a su contenido político o sexual, pero no dejaba de ser algo arbitrario. Esta lista fue publicada en los medios argentinos en 2009.

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