De Jujuy a Buenos Aires y con una etapa formativa en Córdoba donde sistematizó legados, las canciones de Manu Estrada asoman entre la heredada hondura ancestral y la frescura de su impronta. Tradiciones, rupturas en territorios sonoros y geográficos surcan esta conversación con un artista que asume con idéntico riesgo y pasión la libertad y la independencia.


Con 30 años recién cumplidos, de los cuales lleva un par radicado en Buenos Aires, el músico y compositor jujeño Manu Estrada transita un 2025 donde por primera vez ha logrado sostenerse a fuerza de recitales donde saca a escena el repertorio que con su firma que supo plasmar en dos álbumes propios (Baileciteando, de 2021; y Agosto eterno, de 2024) y que también se apreció en Tres, el disco en vivo que compartió con Nicolás Pauls y Facundo Silione.

“Básicamente nos dedicamos a hacer conciertos propios en salas en un trabajo completamente independiente de toda institución, de todo organismo y pudimos mantenerlo todo el año solamente cortando entradas, lo cual es maravilloso y es algo que no imaginé que podíamos lograr aunque haya obligado a destinar el 100% de la energía al proyecto artístico”, repasa Manu en una charla con De Coplas, antes de conceder que como consecuencia de esa notable actividad en medio de un contexto económico crítico “a la vez enfrentamos las consecuencias de eso porque al manejarnos por fuera comprobamos que también dentro del folclore hay estructuras cerradas en la industria que no tienen tanto que ver con lo que uno haga, sino que tienen que ver con el lugar que cada quien ocupe allí y, en ese aspecto, yo no ocupo ninguno”.

Sin abandonar una sonrisa franca y una actitud afable, el guitarrista y cantante que sin duda es una de las genuinas apariciones dentro de la escena de la música popular, anuncia que aún sin poder figurar en la grilla de los tradicionales festivales de verano, “voy a hacer alguna especie de paso por la temporadita de fiestas en espacios populares y básicamente recorrer todo el país entre enero y marzo y, en esa recorrida, también estar algún tiempo en Jujuy”.

Antes de eso, el próximo 25 de noviembre, lanzará un tema nuevo, Remolino de agosto, dedicado a su padre fallecido, primero de una serie que desembocará en un nuevo álbum porque, confiesa, “a mí particularmente me pasa que pienso los repertorios en formato de discos como posibilidad de construir un relato, una verdadera imagen”.

A la vez que celebra haberse podido dedicar de lleno a ofrecer recitales, Estrada reflexiona que sus colegas “en su gran mayoría dan clases por una cuestión de economía y de capacidad de trabajo y no por vocación. Yo también a veces tengo ganas de dar clases, pero mi vocación es tocar, ¿viste?” y para apuntalar esa determinación avisa que “estoy armando un cancionero que va a salir pronto con el repertorio de Baileciteando porque estamos tratando todo el tiempo de generar cosas alrededor de la música y es un material que saldrá en formato digital y en formato físico y que incluirá algo muy lindo que nunca pensé que haría que es dibujar, porque estoy ilustrando al cancionero al retomar una forma de expresión que cultivé desde chico antes de que apareciera la música”.

Pese a su carácter como solista, Manu se expresa en plural por la actividad que comparte en el seno de Cetáceo Cultural, una productora afincada en San Antonio Oeste (Río Negro) y que integran Luca Salvi, Pía Baldi y Agustín Galván, este último percusionista en el trío base de Estrada y compinche del jujeño desde hace nueve años cuando se conocieron cursando la especialización en composición de música popular en la Universidad Nacional de Villa María.

Previamente a esa formación, Estrada se nutrió en la casa familiar de San Salvador con su padre luthier y su madre docente, también viajó a estudiar en la Universidad Nacional de Córdoba y regresó a su provincia para instalarse un tiempo en la zona de la Quebrada de Humahuaca, todas estaciones que fueron conformando a la persona y al artista desde una concepción colectiva.

“Yo creo que casi todo lo que hacemos –postula- es siempre en pos de proyectarlo tejiendo comunidad, haciendo grupos, pensando en colectivo aunque se trate de caminos separados o individuales. Entonces la verdad es que me siento muy lejos de sentirlo como un camino solitario porque siempre hubo y hay gente elaborando hasta los proyectos solistas aunque mi nombre esté ahí porque formamos parte de un movimiento y somos una comunidad que siempre estamos ahí todo el tiempo intentando hablarnos, mirarnos, compartir algo. Siempre hay gente que está apoyando, siempre hay gente que banca cosas, mismo el público que es como gente aliada y no porque vos seas un ser elevado o algo de otro planeta y yo trato siempre de tener conciencia de eso, de no comerme la peli de que estoy solo ahí, de que esa gente va a verme a mí”.

«Mi música gira alrededor de eso que tiene que ver con la identidad cultural y con la identidad del pueblo, de formar parte de algo». Fotos: Nahuel Sánchez

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Bailecitos, agostos y territorios

– ¿Qué cosas sentís que te representan musicalmente y te definen como artista?

– Hay una cosa a la que yo me aferro siempre, al principio de manera inconsciente y luego haciendo un análisis, y noto que mi música gira alrededor de eso que tiene que ver con la identidad cultural y con la identidad del pueblo, de formar parte de algo. Y digo que en un comienzo fue algo intuitivo por tratarse de una respuesta mía a encontrar un espacio seguro tanto de creación como de personalidad y de como cuando uno está en esa búsqueda de quién es y qué representa apela a eso que tampoco es mágico, que tiene que ver con el lugar de origen. Tengo el recuerdo de conversaciones con mi viejo diciéndome lo maravilloso que es Jujuy y lo increíbles que son las copleras, alimentando ese sentimiento de identidad y me parece que Argentina toda se aferra a esa pertenencia, a una cultura, que es algo en lo que me refugio tanto a nivel intelectual como espiritual y como musical porque existe una escuela. Yo no soy el que inventó el bailecito sino que en San Salvador eso sucede naturalmente y yo toco la misma música que toca un montón de gente que para mí son referentes y compañeros. Definitivamente me siento parte de una cadena que existe y que es muy fuerte aunque a veces no tenga tanta difusión.

– Tomando nota de ese legado que se va construyendo entre las voces de mucha gente ¿Qué otras voces resaltarías de las que hoy se oyen en Jujuy?

– Hay referentes muy grandes como Jorge Chagra (1928-2020) que  es como el primer cantautor jujeño que yo conozco, después hay otra tirada de referencias que son poetas como Domingo Zerpa (1909-1999) y Germán «Churqui» Choquevilca (1940-1987) y por supuesto que Ricardo Vilca (1953-2007) es un nombre fundamental. Después, más para acá, referentes más cercanos que recuerdo de ver de niño y que hoy son amigos aunque para mí son maestros como Adrián Temer, el «Pachi» Alderete y mi padrino fallecido Marcelo «Pichón» Córdoba (asesinado en 2016 a los 51 años). Por supuesto que también en esa nómina figuran músicos que han trascendido largamente la provincia como Tomás Lipán, Bruno Arias, José Simón y «Pucho» González. Mencioné a esos que son chabones, pero obviamente en el mundo de la cultura jujeña hay todo un paquete que tiene que ver con lo colectivo y que tiene que ver con las que, para mí, son parte de las mejores copleras del mundo como por ejemplo Mónica Pacheco, que está en un gran momento musical, y Elsita Tapia, pero copleras hay un montón. Siempre estoy rastreando, generando paisajes y espacios donde esas referencias ingresen porque para mí nombrar a estas personas es una especie de escudo y siento que están acompañándome.

Portada de Agosto eterno

– ¿Cómo es trabajar sobre ese legado y a la vez mostrar que tenés algo para decir acerca de esa memoria?

– Cuando uno toma la decisión de dedicarse a componer, a publicar, a compartir su creación, ese es un momento complejo para todas las personas porque es de un nivel de exposición al que uno, de pronto, no está preparado y una forma intuitiva de protegerse es invocando a su cultura, a sus personajes. Todo Baileciteando es, en ese sentido, todo un sistema de autoprotección, pero después también está la idea de destruir un poco lo tradicional y modificarlo, algo que no es nuevo, ni vanguardista, ni nada porque se viene haciendo así hace mucho tiempo y entonces me doy cuenta de que lo encaro sin proponerme ser disruptivo porque siento que ya se hizo ese trabajo y que este es el momento de hacerlo y tocar un bailecito con o sin coreografía ya no implica un reto y solamente queda ahora hacerse cargo de esa libertad, jugar con eso y no salirle a pelear a la academia. Esa pelea ya se dio, la dieron Jacinto Piedra y Chango Farías Gómez y ahora es otro el momento que nos toca y por eso podemos empezar a hablar de un folclore mucho más amplio, algo que inclusive se aprecia en las peñas, donde vos toques lo que toques, la gente lo baila.

– ¿En tu caso el hecho de haberte ido a estudiar a Córdoba fue ir en busca de una formación que nutriera a esa herencia?

– Realmente no sé qué fui a buscar y creo que nadie lo sabe a los 17 años sino que uno se moviliza detrás de una especie de quimera, de una especie de sueño difuso que está ahí y que va pero no sabe bien adónde va. Para mí, simplemente se resume con que tenía que ver con ser músico y fui detrás de la música y detrás de todo lo que se presente con ella. Después me doy cuenta de que el paso por la universidad puntualmente me ayudó mucho a estructurar las ideas, a componer no sólo como una necesidad expresiva, sino además como un oficio que tiene unas maneras y desarrollar método. Y también conocer a personas que se dedican a la música, que viven de la música.

– Recién reflexionabas sobre el significado de Baileciteando ¿Se puede pensar que Agosto eterno funciona como síntesis de lo que sos hoy como artista?

-Para mí Agosto eterno fue un poco abrir esa puerta de salirme del refugio, de correrme del lugar de comodidad, pero todavía es un pasito chiquito. Al principio lo sentía como algo súper-osado y ahora lo escucho y digo «este chabón no se animó a hacer nada de lo que quería hacer realmente» (risas). Pero sí siento que me ubica en el camino de esa búsqueda y ya tengo otras cosas que quisiera grabar y que siento que tienen más que ver con el ahora.

– No solo Jujuy, pero particularmente Jujuy, estuvo viviendo años socialmente muy intensos que incluyeron una movilización nacional como fue el Tercer Malón de la Paz en 2023 ¿Cómo te vinculas como artista con ese tipo de movimientos?

– Yo estuve en Jujuy en el periodo de pandemia y siento que lo que sucedió en ese tiempo en la provincia con la avanzada por el litio, la entrega de los territorios y las represiones, por ejemplo, fue un poco premonitorio de cosas que ahora veo que suceden a en el país a otros niveles, a niveles escalofriantes. El de Jujuy es un pueblo de alguna manera un poco más conservador con respecto a su relación con lo político institucional aunque sí cultiva una relación política en lo comunitario y en los valores de una forma de vida más andina. Para mí el Malón fue muy movilizante y confirma que hay un forma que está sucediendo ahora de parte de nuestros pueblos y digo nuestros pueblos porque considero que somos un país que tiene varios pueblos adentro y sí nos sentimos parte de un territorio común y sí somos hermanos de los otros pueblos, pero somos diferentes. Tenemos culturas, tejidos culturales que tienen su propia vida y eso lo terminé de entender en estas épocas en las que se toman decisiones completamente desterritorializadas desde una lógica globalizadora que nos deja por fuera a casi todos.

– ¿Y sentís que la música de algún modo puede servir para territorializar aquello que se quiere desarticular?

– Sí, yo creo que la música sirve para muchas cosas. Aunque el presidente utilice músicas y canciones de artistas y a mí se me arme como un nudo y diga «mierda, entonces nada es tan sagrado» porque pareciera que todo se pueda interpretar para bien o para mal. Bueno, son tiempos peligrosos, pero yo trato conscientemente de hacer música que genere identidad, que genere territorialidad y me lo tomo como un desafío personal porque creo que es una parte de mi labor.

 

 

 

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