Marcelo Quispe
“La poesía es resistencia, es posibilidad de proyectar otros mundos”
El poeta y docente Marcelo Quispe es un portavoz de la sensibilidad a través de la palabra y la defensa de la cultura originaria. Editó varios libros de poesía y sus textos fueron musicalizados para conformar el repertorio de distintos proyectos musicales. “El poder de la palabra, en un mundo que se arrodilla a lo material, es libertad”, dice.
Marcelo Quispe es poeta, docente, titiritero y escritor jujeño, defensor de la cultura de los pueblos originarios, sus raíces son una mezcla entre la cultura guaraní y quechua. Se asume como un militante de la palabra, buscando que miremos hacia dentro de nuestro país, hacia nuestra historia, cultura y raíces. No solo se dedica a la poesía, también sus letras forman parte de canciones y espectáculos musicales. Un artista comprometido que vale la pena escuchar.
– La primer pregunta es un poco para que nos cuentes de tu vida, naciste en Jujuy, pero viviste en Buenos Aires. Con raíces de madre guaraní y padre quechua. ¿Cuándo empieza a nacer el poeta, como fue el encuentro con la poesía?
– Nací en San Pedro de Jujuy, llamado el «Portal de las yungas» porque allí comienzan las selvas de altura, es un territorio ava guaraní. Mis primeros años lo viví entre las plantaciones de cañas, lo árboles de mango y guayabas, luego tuvimos que migrar. Mi padre era jornalero, trabajaba de zafrero, cortando cañas de azúcar para el ingenio La Esperanza. Esperanza era lo que no había para los indígenas pobres. Mi padre decidió que debíamos ir para el sur a la monstruosa Buenos Aires a probar suerte. Mi abuelo paterno se llamaba Atanasio Quispe, él nació en Chuquisaca, Bolivia, y también tuvo que migrar escapando de la guerra, las pobrezas y los abusos de la época. En ese caminar fuimos construyendo nuestros caminos. Mi abuelo paterno, Don Atanasio, era un hombre de silencios profundos. Sin embargo mi abuelo materno, Don Florentino Robles, era un contador, un hacedor de la palabra, un transmisor de cuentos y leyendas. Parte de mi infancia y adolescencia escuché sus historias, sus narraciones y fui contando también, fui tomando las palabras, la oralidad como forma de comunicación de nuestra cultura. Mi madre Elda y mi abuela Doña Manuela también estuvieron y están muy presentes en mi vida. De mi abuela, dicen mis mayores, que “tomé” su rebeldía. Era una militante peronista, una militante de Evita y de mi madre el gusto por el dibujo, la ilustración. Luego iría incorporando la oralidad y el dibujo para transmitir mis pensamientos e ideas. Entre las narraciones, los dibujos, las injusticias que vivíamos fui encontrando la voz poética, voz propia y voz colectiva a la vez.

Marcelo Quispe. Fotos: Silvina Salinas
– Te definís como un divulgador de las culturas indígenas, ¿cómo es llevar adelante el camino de la reivindicación de la cultura originaria? ¿Cuándo decidiste asumir esta causa, cómo fue ese despertar?
– No tengo muy en claro cuando asumí conscientemente la idea de “divulgador”, porque cuando uno está inmerso en la cultura no la piensa. Sobre todo en la niñez, por ejemplo, agradecer a la Pachamama siempre fue parte de nuestra cotidianidad, es parte de nuestra identidad. En la adolescencia sí hubo varios factores, uno fue el acercamiento al mundo de los libros, a la historia de nuestros pueblos originarios, otro fue el levantamiento del movimiento indígena zapatista, eso claramente influyó en mi forma de pensar. Mi acercamiento a la militancia y a la reivindicación de los pueblos que luchan, pude viajar a conocer experiencias de luchas de hermanos y hermanas originarias en el territorio argentino. La situación económica del país en ese momento también me acercó a la realidad de muchos sectores populares y me pude ir acercando y dejando que fluya mi voz poética así sin pensarlo demasiado escribía para contar, escribía como forma de proyectar la esperanza.
– Sos poeta y toda poesía tiene musicalidad. Participaste del ciclo Músicas Originarias con Arawi, piel del viento. Además, integrás otros proyectos donde tus poesías se convirtieron en canciones. Contanos un poco sobre esos trabajo.
– Asumir ser indígena, pertenecer a los pueblos originarios, no ha sido tan fácil, sobre todo en la infancia en una escuela tan clasista, que sigue tratando de homogeneizar la cultura, hemos sido muy discriminados. Lo he vivido y lo sigo viendo como docente en infancias originarias que conviven en un sistema educativo que nunca estuvo pensado para contener tanta diversidad. Donde el “ser” indígena está asociado con el pasado y los vencidos de nuestra historia. Es un gran desafío para las comunidades y pueblos originarios. La tarea es enorme y requiere de mucha humanidad. En esa tarea cotidiana estamos y somos muchos en todo el continente. Hemos resistido más de siglos y aquí estamos. No pudieron matar nuestras raíces así volveremos a florecer para las primaveras. En la ciudad de Rosario viví varios años, allí pudimos poner música a parte de mi trabajo poético con el compositor y cantante Martín Juárez, en un trabajo que se llama Árbol de agua. También tuve colaboraciones con el músico y compositor Mauricio Avalle y con la compositora y cantante Adriana Ruíz para su grupo Melodía de Abril. He escrito letras o recitado para otros músicos en distintos proyectos. Actualmente hemos armado Arawi, piel del viento poesía y música con raíz originaria que hemos presentado en el ciclo de Músicas originarias en La Biblioteca Nacional Mariano Moreno junto con Camila Martínez, Inti Quispe, Pablo Funes y Leandro Guanco.
– Leí que decís que hace falta una descolonización de la poesía, mirar más hacia nuestro territorio. ¿En tu libro Mainumbí y la cajita luna propones esa idea?
– La poesía es resistencia. El poder de la palabra en un mundo que se arrodilla al mundo material es libertad, es posibilidad de proyectar otros mundos posibles. La poesía es resistencia y esperanza creativa. En ese trabajo militante desde la palabra y el arte he caminado distintos caminos formativos, estudié en la escuela municipal de actores titiriteros y hemos desarrollado distintos proyectos artísticos con otros artistas de otras disciplinas. En la ciudad de Rosario he trabajo con cuatro editoriales: Editorial Último Recurso; Editorial Biblioteca; Editorial Mburucuyá y Editorial Pesada Herencia. Con la Editorial Último Recurso he publicado una trilogía para las infancias Mainumbí y la cajita luna, Sonqoy multicolor y Bichividas. En esas publicaciones tuvimos una intención, la de acercar las culturas originarias de formas sencillas a través de la poesía. Trabajo conjunto con María José Lombardo y Nora Schujman y el asesoramiento de hermanos y hermanas de distintas comunidades. Fue una experiencia muy linda la de escribir para las infancias, con la responsabilidad que eso conlleva.

Dos de los libros para infancias de Marcelo Quispe.
– En tu rol de maestro, estuviste muchos años en Rosario. ¿Actualmente donde residís? ¿Sentís que falta poesía en las escuelas?
– Con respecto a la docencia, me recibí en el año 2003 y empecé a trabajar casi inmediatamente en la provincia de Salta, un pueblito rural en La silleta, luego en Campo Quijano, que es un pueblo de vallistos que se conoce como el portal de los andes. Participé también en las luchas importantes que tuvo el movimiento autoconvocado en la provincia de Salta por mejoras salariales y todo lo que tiene que ver con la mejor calidad educativa que fue a partir de 2005, 2007. Luchas que se fueron configurando al calor de las necesidades junto con otros sectores de trabajadores. En ese contexto de luchas de la docencia, la poesía siempre estuvo presente, en general hay poca poesía en las escuelas, lo que pasa es que cuando la poesía entra abre portales muy pero muy aparte de la belleza de la poesía, abre portales de nuevos caminos de comunicación, desarrolla nuevas formas de expresar lo que las infancias sienten y las infancias tienen un lenguaje poético, la imaginación que tienen las infancias es realmente muy importante y cuando se da puesta en función de la poesía salen cosas muy pero muy lindas.
Yo estuve varios años en Salta, después me fui a vivir a Rosario, ahí trabajé en las escuelas bilingües, ahí está el mundo qom, el mundo indígena qom, tiene varias escuelas bilingües, trabajé en dos de ellas, también con la poesía y después trabajé en otras escuelas y en una de ellas alfabeticé a través de la poesía, la poesía como disparador para la alfabetización de un primer grado en un primer ciclo y ahí surgió mi primer libro para las infancias que es Mainunbí y la cajita luna. Luego de un laburo que hice con un primer grado respecto con la alfabetización, una experiencia realmente linda porque fui construyendo poesía, escribiendo poesía para ese grupo particular de niños y a partir de ese trabajo en el aula, junto con mi compañera paralela, pudimos pensar esta alfabetización y el nacimiento de un libro pensado, trabajado, compartido con las infancias, así que ese fue el caminito y después de eso vinieron otros libros. Y la responsabilidad de escribir para las infancias, que es enorme. Hemos tratado siempre de estar a la altura de ese desafío que además es un desafío maravilloso, que da gusto trabajar en el aula pensando esa iniciativa desde la poesía.
– Por último, ¿cuál es tu vínculo con el folklore? ¿Observas que está presente en la vida del pueblo argentino? ¿Debería difundirse más la canción folklórica?
– Con respecto a folklore, bueno, yo vengo de una familia donde siempre se ha escuchado folklore, ¿no? Mi viejo ha sido un bailarín, mi papá, Catalino Quispe, ha sido un bailarín folklórico que bailó siempre, desde su juventud, en los bailes donde la cumbia sonaba, el folklore, el pin pin, que es una danza milenaria indígena. El folklore siempre fue parte de nuestra vida en mi familia y en las comunidades del norte. Me parece que en un momento tuvo una explosión en términos de que se expandió en todo el territorio, gracias a algunos autores. Después, como siempre, el mercado aprovecha y genera ganancia con eso, pero me parece que el folklore es como parte también, como ha sido el tango en otras épocas, el folklore hoy está ocupando un lugar porque también las nuevas generaciones de jóvenes lo toman, lo reivindican. El papel que han tenido algunos grupos cantantes, por ejemplo, del rock que han tomado Atahualpa Yupanqui o algunos clásicos de folklore, ha generado un acercamiento a las juventudes. Y hoy es muy común escuchar en cualquier parte de la Argentina que están escuchando folklores, las viejas generaciones y las nuevas generaciones. Me parece que hay algo de ahí que se realimenta, se reconstruye, y ya es parte de nuestra identidad en este colectivo que llamamos Argentina. Y también algunas melodías y música original también son parte, a veces no se conoce tanto, pero bueno, están siendo parte de este entramado cultural que se teje con el devenir de los años. Particularmente con el folklore, escribí la letra de una canción para un grupo que se llama Melodía de Abril, que invito a que escuchen, que se llama Chacarera Empoderada. Bueno, una canción, una chacarera, que también ahí anda recorriendo lugares. A mí particularmente me encanta el folklore, tengo mi gusto, me gusta más algunas cosas que otras, pero me parece que es una marca de identidad, no solamente en la Argentina, sino en la región. Y eso es parte de nuestra identidad que hay que poder reivindicar también.