Nacido y criado en Cañadón Perdido, cerca de Comodoro Rivadavia, donde gobierna el viento, el cantor patagónico se transformó en la voz de los pueblos originarios del sur argentino. Su apellido real ya sentenciaba su destino personal y artístico: «Chauque» en lengua mapuche significa «amigo que intercambia regalos con otro amigo».
Ya radicado en Comodoro, Rubén Patagonia trabajó como «zorro gris» y de a poco se fue iniciando en el mundo del arte, con la premisa de estar cercano a las luchas sociales. Siempre lejos de estrategias de marketing y estudios de mercado, sus convicciones lo llevaron a estar muy presente en las manifestaciones populares en Cutral-Có y Plaza Huincul, además de apoyar siempre las reivindicaciones de los aborígenes del sur.
Los primeros pasos como artista los hizo representando a los estudiantes de Agronomía en un festival folklórico en 1972. Desde sus inicios, se preocupó por el rescate de la obra de Abelardo Epuyén González, Marcelo Berbel, Luis Rosales, Hugo Giménez Agüero y Milton Aguilar, entre otros grandes poetas de la Patagonia. Además del sur, su derrotero personal y familiar lo vio radicado también en Baradero, Rosario, Córdoba y otras ciudades de la Argentina. “Tengo un espíritu nómade”, solía afirmar.
Uno de sus primeros registros discográficos fue el disco Miremos al sur, álbum que contenía sus versiones de Ahonikenk, Chalten y Más acá del Colorado, entre otros temas que cobraron altura con su interpretación. Desde 1981, llevó adelante el proyecto cultural de educación y arte popular Volver a ser uno, cuyo plan consistía en realizar una revisión histórica de los pueblos aborígenes tehuelches, selknam y mapuches, poniendo el foco en el pasado, el presente y el futuro de las comunidades originarias. Con ese proyecto, iniciado en Chubut, luego ilustró en esa temática a niños y niñas en edad escolar de distintos puntos del país.
Cutral-Có fue el primer trabajo que publicó en formato de CD y contó con la producción de Ricardo Iorio, el líder de Almafuerte. Le siguió Volver a Ser Uno, con importantes invitados como León Gieco y Marcelo Berbel, con producción del mismo León.

Con Cosquín estableció un vínculo eterno. Llegó con su ilusiones por primera vez a finales de los 70, con dos guitarras, un poncho, un bolso y su bagaje cultural auténtico. Con su familia, que siempre lo acompañaba, se instaló como pudo durante los días del festival. Dormían a orillas del río Cosquín, bajo un árbol en el balneario La Toma, hasta que una familia les dio un lugar y un plato de comida caliente en su humilde casa. Era el año 1980.
En la década del noventa, en la peña oficial de Cosquín, que regenteaba César Isella, solía iniciar sus presentaciones cantando Yapay peñi. Fue contemporáneo, en el mismo espacio, con el surgimiento de Soledad y, al igual que la cantante de Arequito, desde ahí saltó al escenario mayor. En 1998, también en Cosquín, León Gieco lo invitó a su show. Cantaron juntos El embudo. Fue el año en el que Gieco también acercó al festival a Antonio Tormo, a Abel Pintos y a Nito Mestre, edición que consagró a Amboé y al Chaqueño Palavecino. Quedó en la historia esa edición del festival, siendo la primera (y fallida) experiencia privatizadora del evento.
El festival mayor de América lo reconoció más adelante nombrándolo padrino artístico de los espectáculos callejeros. En 2017, el festival le otorgó la distinción máxima: el Camin a la trayectoria y este año 2026 bautizó con su nombre un nuevo escenario montado entre los dos puentes de Cosquín. También fue homenajeado este año en el escenario del festival: el jujeño Bruno Arias fue el autor de la saludable idea de invitar a compartir ese momento a los miembros de su familia para cantar juntos Cacique Yatel.
La ciudad de Baradero fue importante en la historia de Rubén Patagonia. Se consagró en el festival en el 2001, cuando ya tenía veinticinco años de trayectoria y seis discos publicados. En esa ciudad bonaerense, Rubén cantó en escuelas y entidades benéficas y se sumó a innumerables movidas solidarias. En 2003, sufrió un terrible accidente que casi le cuesta la vida y el pueblo de Baradero se sumó masivamente a un evento en su ayuda, un recital solidario realizado el 16 de marzo de ese año en el anfiteatro municipal, organizado y protagonizado por León Gieco y Almafuerte.
Su impronta rockera lo acercó a figuras del género como Ricardo Iorio, Ricardo Mollo, León, el Tano Marciello y Flavio Cianciarullo, entre otros. Merced a esos vínculos, Patagonia pisó los escenarios de templos del rock porteño como Cemento y Obras Sanitarias. Uno de sus últimas colaboraciones con gente del rock tuvo lugar en diciembre de 2020 cuando se juntó con Divididos para producir una versión de Par Mil en lengua mapudungún, con la intención de homenajear a las lenguas ancestrales.
Los reconocimientos le fueron llegando naturalmente. Lo nombraron padrino del Festival Patagónico Hugo Gimenez Agüero en Río Gallegos, una decisión de los organizadores que fue unánimemente apoyada en toda Santa Cruz. También se le reconoce su labor como actor. Trabajó en cinco películas, la primera fue La película del Rey (1986), de Carlos Sorín. Compartió escenas con Daniel Day-Lewis, Giuliano Gemma, Luis Brandoni y Patricio Contreras, entre otros grandes del cine mundial.
Los clásicos de su repertorio, revalorizaron la obra de sus maestros. Mencionaba permanentemente a sus referentes: Berbel, Giménez Agüero, Rubén Baliño, Sergio Castro, Carlos Gutiérrez. Sus versiones de Cacique Yatel, Yapay Peñi, Ahonikenk, Cutral-Co, Chalten y otras sumaron popularidad a esos creadores fundamentales del canto patagónico.
Su muerte fue inesperada. Estaba internado en Comodoro Rivadavia y su familia había conseguido los donantes de sangre que Rubén necesitaba. Desde octubre de 2024 llevaba adelante una exitosa recuperación luego de una complicada cirugía y trabajaba a la par de sus hijos. El 15 de enero, a los sesenta y nueve años, Rubén Patagonia falleció repentinamente. Sus cenizas fueron esparcidas en el mar, en Comodoro.
Jeremías Chauque, uno de los hijos de Rubén, estuvo en el grupo de su padre desde los catorce años, primero solamente como guitarrista y luego como productor general. Con su proyecto musical Pewu Canto Patagon, junto a sus hermanos Kuaniep y Elal Aiken, Jeremías tiene a partir de ahora la enorme responsabilidad de continuar y seguir adelante con el legado.“Siento que la música es una sola, hay buena o mala, por lo tanto me considero como un cantor de música popular y argentina, simplemente”, decía Rubén, marcando firme su compromiso y sus convicciones artísticas. “No sólo cantarle a la belleza de la nieve sino a la tragedia que ocurre cuando esa nieve azota a los paisanos y a su producción. Es el compromiso del hombre por el hombre”, sintetizaba.
Cuando se comunicaba, Rubén agregaba y cerraba sus dichos con una sentencia que lo definía claramente: «Kume Mi Akun Ñi Piuke», que significa «bienvenido seas a mi corazón».
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Muy bueno el recuerdo de un tocayo..y siempre colaborando con los excombatientes.venia a las vigilias.del 1 de abril.
Que bueno Pedro querido! …»donde gobierna el viento»….muy poético y claro!! Muchas gracias por tu tarea continúa de memoria y difusión de nuestra cultura!!
Excelente reseña Pedro. Como todo lo que haces.
Lo conocí a Ruben y estreché su mano una noche de enero festivalero allá en Cosquin , transitando con su poncho blanco y su pelo al viento por esas calles llenas de magia y color.
Cordial, sencillo y con la humildad que suelen tener los grandes.
Persistirá vivo su recuerdo y sus canciones como una llamita encendida siempre en los corazones de los que amamos el folklore y sus distintas expresiones, desde Jujuy hasta su amada y lejana Patagonia.