Mientras filma la tercera entrega del trabajo audiovisual sobre Ignacio Corsini a las órdenes de Mariano Llinás y alista nuevo repertorio de música campera que registrará junto al violoncellista Chowa Ferreira, Pablo Dacal se abisma en El Tao de la Canción para reflexionar y celebrar en torno a un género del que es preponderante parte.


Con más de 25 años de actividad como personalísima voz musical, pero también como escritor y performer, Pablo Dacal alcanzó el grado que le permitió dar forma a El Tao de la Canción, un libro donde reúne historias y apuntes en torno a una disciplina que en un mismo movimiento hace equilibrio y se nutre de la melodía, de la palabra y de la acción.

“El verdadero corazón de la canción se condensa cuando la palabra encuentra una expansión en la melodía y cuando la melodía encuentra un sentido en las palabras. Pero existe, además, un tercer factor que es ponerla en acto y que exista la persona capaz de unir eso porque las palabras no cantan solas, los pájaros no ponen palabras a su canto; hace falta un ser humano para para cantar esas palabras”, reflexiona Dacal en una intensa conversación con De Coplas.

Músico, compositor y cantante nacido en 1976 en Buenos Aires, el artista considera que aquello que denomina “el hecho cancionístico” se asienta en ese trípode esencial y “después todo lo otro tiene que ver con el contexto cultural, con la cuestión de los géneros y de los ritmos, también con la época y con cómo se desarrollan una armonía, una rítmica y una tímbrica y qué es lo que pasa alrededor de eso que es la palabra cantada y que es un poco una de las tesis que creo que el libro pone en escena”.

El volumen en cuestión, publicado por Híbrida Editora, implica un ejercicio autoral que Pablo despliega combinando con atractiva sagacidad las disciplinas que sabe abrazar en función de un asunto sonoro que lo implica y atraviesa desplegando un tipo de ejercicio creativo que el periodista y escritor Martín Rodríguez describe en el prólogo a partir de otras tres virtudes citadas con precisión: “la lucidez del ensayista, el oído del músico y el asombro del trovador”.

En El Tao de la Canción, Dacal le pone el cuerpo y sus propias experiencias a un recorrido capaz de dar cuenta desde las experiencias tribales y los goliardos medievales a otras posibilidades de mayor cercanía temporal, cultural y geográfica en un viaje apasionado plagado de anécdotas y nombres propios que dan cuenta de la amorosa ligazón del narrador con el objeto abordado.

“La verdad –asume con una mueca pícara- es que estoy hundido en el mundo de la canción que vengo navegando toda mi vida en un recorrido vital que excede lo profesional. Entonces, en realidad, creo que se trató de empezar a observar lo que estaba haciendo y lo que había vivido durante tanto tiempo y en lo que me muevo. Empecé a escribir una serie de cosas con distintos enfoques y en un momento creí percibir esa especie de libro que puedo homologar con la canción, que estaba siendo escrito en muchos registros distintos en archivos sueltos, en proyectos truncos. Entonces me dediqué a reunirlo y a editar y a tratar de encontrar cuál era la estrofa, el estribillo, el puente”.

Las referencias musicales y cancionísticas no son, claro está, un asunto ajeno al texto y su espíritu, sino parte constitutiva de un cuerpo de ideas, saberes y sentidos que Dacal pone en juego profesionalmente desde mediados de la década del ’90 cuando publicó los álbumes Miralunas, Absolutamente Moderno y Violeta Plástica. Referente entre los trovadores de su generación gracias, además, a una actividad autogestiva y profusa como artista, gestor y productor, urdió otros discos como los de la saga de Música de salón y, también, 13 Grandes Éxitos, El corazón es el lugar (junto a las Guitarras del tiempo), Los caminos (junto a Fer Isella) y los solistas El Progreso, Baila sobre fuego, Una década cantada y Mi esqueleto, por citar apenas algunos de sus títulos que en varios casos le permitieron girar por todo tipo de escenarios del país, Latinoamérica y Europa.

También por entonces y al calor de su andar errante, se radicó en Rosario y fue parte de la banda rockera The Killer Burritos (entre 1998 y 2001) participando en la placa Un millón de dólares y girando por Argentina y España.

En paralelo, ostenta una vasta producción autoral para obras de teatro dirigidas por Mariana Chaud, Enrique Dacal, Fernando Rubio y Cristian Drut. Si sobre tablas también se asumió como intérprete, esa faceta la expandió al cine trabajando en los largometrajes Charco, canciones del Río de la Plata, de Julián Chalde; y dos de las tres películas impulsadas por el Comando Corsini (que integra junto al realizador Mariano Llinás y su colega y socio en la productora cinematográfica El Pampero) que dirigió el propio Llinás: Corsini interpreta a Blomberg y Maciel y Popular tradición de esta tierra.

A semejante actividad debe agregarse la labor editorial desde la que en la última década alumbró Las canciones escritas, Por qué escuchamos a Ignacio Corsini, ¡Oh, nuestra maestra de canto!-una biografía de Lucía Maranca y el libro de poemas Una gira mundial.

Ese abanico de emprendimientos creativos que configuran un hacer renacentista capaz de entrar en tensión con el pulso utilitario, fugaz y algorítmico de la lógica cultural en la posmodernidad capitalista, funcionan para Dacal como un destino inevitable de hacedor que asume desde una identidad sonora y que no está exento de funcionar como apuesta. Y por eso se hace necesario escucharlo y leerlo.

“Hay que realmente inventar algo nuevo y hay que ver si tenemos pueblo para eso. Cuando escuchamos una música con cierta complejidad, cuando nos entregamos a una lectura poética sin referentes tan directos, cuando deja de haber una simple interpretación de la realidad para plantear otra cosa, cuando las formas narrativas dentro del cine no buscan dejarte enganchado para el próximo capítulo, cuando realmente el arte pone en escena lo mejor que ha desarrollado en los últimos 2000 años, yo creo que los pueblos aprenden a percibir una realidad distinta y por lo tanto a construirla de otra forma, de una mejor manera. Entonces el arte sí sirve y provoca cambios que a veces no son tan fácilmente perceptibles y nuestro trabajo sigue siendo el mismo: Apostar a un desarrollo con el lenguaje, con el sonido, con la forma, con el espacio, que sea novedoso, que sea creativo y que no esté buscando convencer a las personas de ser este abducidas por lo que se propone, sino que esté proponiendo el descubrimiento de las nuevas posibilidades del mundo”.

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“Me gusta ir por la banquina”

 -¿Cómo es que recurriste a un procedimiento musical para dar forma al libro El Tao de la Canción?

– Me parece que hay vínculos ya sea en el plano, en el sonido, en el tiempo. Y yo uso para la escritura lo que pude entender en el universo compositivo de la música y la canción apelando a nociones de equilibrio, de narrativas, de color, de timbre, de registro. Y cuando encontré el tono narrativo, el ritmo, fue cuando sentí que ya el libro estaba en camino. Yo tenía un montón de papeles sueltos, como una cosa de registro más ensayístico, pero en un momento encontré el tono con el que todo eso podía ser contado y apelé a las herramientas con las que construí un camino a partir del autoconocimiento. Escribir me ayudó a llegar a conclusiones a las que no hubiese llegado de otra manera y me parece que eso también se corresponde con el camino del desarrollo de una vida junto a las canciones.

– ¿De qué manera te nutriste para dar sustento a la parte histórica del libro?

– Me metí en una investigación histórica bastante metódica, casi universitaria, te diría. Y por otro lado armé otros capítulos de una especie de filosofía libre, de un tono más sociológico. Se trata de determinadas tradiciones que asumí con bastante irresponsabilidad, porque me gusta hacerlo así. Yo en general he desconfiado de las academias, de las capillas, del sistema institucionalizado. No me sentí cómodo en las escuelas a las que fui, siempre me la pasé un poco mejor en la puerta, en el bar de la esquina, pero siempre merodeando. No soy anti-académico para nada, me gusta la sensación de que ahí hay un caldo que está hirviendo, que hay un conocimiento posible, pero me parece que hay que forzar esos límites que la institución impone. Entonces, me interesa estar en relación con las instituciones, pero para tratar de subvertirlas, para encontrar grietas por las que poder demoler algunas paredes y construir nuevas habitaciones y un poco con esa lógica es que creo que me moví por talleres y centros culturales para procurar construir el propio saber.

Pablo Dacal. Fotos: Alelí Alegría Cuba

– ¿Puede pensarse que te nutrías de ese saber que se derramaba por los márgenes?

– Siempre estudié y a partir de amigos que sí iban a instituciones tenía acceso a libros, a apuntes de otros. Me parece que uno construye su camino si cuando te dicen «bueno, venga, señor, es por acá» y eso es divertido un rato pero después decide moverse. A mí me gusta ir por la banquina.

– ¿Y alguna vez te inquietó cierta inconsistencia por no tener las herramientas validadas para ese recorrido?

– Sí, todo el tiempo. Por momentos siento que me falta aparato teórico, pero lo que creo es que gané en experiencia. Sobre todo me he movido dentro del rock en el cual hay un marco teórico que no existe porque allí es todo experiencia. Yo creo que estuve con un pie adentro y con un pie afuera en la mayoría de los lugares porque me puedo manejar con partituras, sé escribir, conozco los instrumentos y la acústica, pero para el ámbito académico soy un rockero. Eso en el libro aparece y yo lo identifico con lo trovero por esa posibilidad de llevar conocimiento del palacio a la plaza y de la plaza al palacio.

– ¿En algún momento el cuerpo teórico que condensás en El Tao de la Canción te condiciona al momento de crear?

– Bueno, decirte que no sería mentirte, pero decirte que sí sería mentirme. En realidad creo que me condiciona en el punto en el cual he dejado de escribir canciones como un ejercicio cotidiano a partir de haber adoptado a la escritura como un ejercicio cotidiano, como un trabajo diario en los últimos cinco o seis años en los que empecé a publicar casi un libro por año. Y eso me resultó y me resulta interesante con respecto a mi trabajo musical y cancionístico, porque entonces solo me acerco allí cuando realmente hay algo que está vibrando fuerte y no por aburrimiento, no porque no sé qué hacer. Diría que últimamente vivo la experiencia que todo cancionista conoce acerca de poder capturar cierto momento inspirado que hace que aparezca la canción. Llevaba un año sin componer y tiempo atrás en Córdoba aparecieron dos temas, uno de los cuales resolví en media hora, pero un poco es mentira que es media hora y es mentira que es una semana, en realidad es un año porque las cosas se van cocinando y el horno está tan caliente que cuando metés la pizza, se hace en cinco minutos.

– ¿Por dónde van esas nuevas canciones?

– Ahora estoy trabajando con formas fijas camperas y pampeanas. Indagando un poco ese campo en el cual hay un montón por hacer y a la vez es muy estrecha la posibilidad, entonces estoy tratando de conocer esos lugares en los que me puedo mover sin romper su vínculo con las formas más arcaicas de la canción.

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