Verónica Parodi, Valeria Donati y Silvia Katz se dedican al trabajo con infancias desde la música y la expresión artística de maneras diversas. Pero todas coinciden en la importancia del repertorio folklórico en las aulas, para la construcción de una raíz común y también para cimentar lo que vendrá. En esta nota repasamos algunas reflexiones sobre el vínculo entre cultura popular, infancias, educación, memoria y futuro.


La vida es lo que hacemos de ella.

Los viajes son los viajeros.

Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.

Fernando Pessoa

 

A veces sucede que se piensa a la música para niños como algo inocente y con poco espacio para la reflexión. Sin embargo, la búsqueda de la plenitud, la mirada a las niñeces en su desarrollo, la observación de sus miradas, la importancia de no estereotipar por el solo concepto de la edad, deja entrever que en ese espacio de sonidos se entrecruzan conflictos y cuestiones que reformulan las subjetividades e invitan a una mirada contemplativa, que se convierte en un rol fundamental en la tarea de acompañar los sonidos de las infancias.

Portada del disco y libro Mil Secretos (2025).

La tarea del creador de músicas es tan difícil y compleja como cualquier otra, pero componiendo desde un lugar auténtico, minucioso y con observación de toda la profundidad que hace humano al ser humano, el estudio, la poesía y la dedicación que requiere cada frase o cada nota de una canción, convierte a ese proceso en algo que germina. A veces, ese trabajo se reconvierte y logra el formato de un disco. Otras, alcanza con que el sonido y la palabra quede flotando en el aire, abrigando miradas, seduciendo oídos, masticando palabras que juntas y en composé, salen a recorrer y habitar esos mundos que habitan en el mundo.

“Cuando compongo una canción para grandes, tengo el mismo cuidado que cuando la compongo para chicos. quizás cambien un poco las palabras, la forma de expresar las historias, pero el cuidado es el mismo. Cuido cada detalle, intento que suene lo más puro posible y lo mejor posible”, acierta en decir de la cantora Marta Gómez, convertida desde hace años en una referente de la canción latinoamericana. Y agrega que escribir música es “mi forma de entender el mundo, de querer a la gente, de sentirme conectada con las demás personas, es mi vínculo con la rabia, con el miedo, con el dolor y con la alegría”. La artista colombiana habla de miedos, de pesares y también de dichas, de alegrías. Conceptos que se intercalan a la hora de revisar las letras y las miradas al folklore.

De allí, que involucrar a los niños activamente, no solo en el aprendizaje de músicas y desarrollar su conciencia cultural, aporta al aprecio y al amor por sus propias raíces. El carácter colectivo de las expresiones folklóricas, convierte el género en un patrimonio cultural que articula la construcción de lazos. De allí se puede abrir un signo interrogatorio que acompañe en la búsqueda de ideas: ¿el folklore -y los sonidos que giran a su alrededor-, deberían estar más presentes en las escuelas? A esta pregunta, Valeria Donati considera que sí tiene que estar. “Si me preguntan si el folklore y sus sonidos tienen que estar más presentes en las escuelas, la respuesta es un rotundo ¡sí, obvio que sí! Es fundamental que el folklore sea parte de la currícula. ​No es solo música o baile. Es también conocimiento de la gente, es historia viva, es una pieza clave de nuestra identidad. Incluirlo es darles a los chicos la herramienta para entender de dónde salimos. ​Y lo bueno es que hay un montón de artistas jóvenes dándole una vuelta de tuerca al folklore, demostrando que está más vivo que nunca. Su laburo es importantísimo porque muestran que la tradición es dinámica, que habla de hoy y que engancha a los más chicos, siendo un material didáctico genial y súper motivador”, le dijo a De Coplas la voz del grupo Raviolis, quien además es psicopedagoga especializada en el área de educación especial, es intérprete de música popular folclórica y ha participado en diferentes agrupaciones y producciones discográficas.

“El repertorio folklórico, en particular, es una mina de oro: hay muchísima información sobre nuestra tierra, su naturaleza, la gente. Los cantos populares que se transmitieron de boca en boca, las letras de las chacareras… ¡pintan paisajes! Y tal vez no son los que vemos todos los días. Desde la geografía, desde la poesía que encierran y desde la sociología de la gente, hay un montón de herramientas que sirven para llegar a los chicos con esa alegría y esa melodía tan nuestra”, agrega Valeria con enorme convicción y certeza acerca de la importancia de la difusión del género folklórico entre los más chicos. En tanto, la pintora, dibujadora y «amaestradora de líneas y colores» Silvia Katz, coincide en que el género debería estar más presente en la educación. “Le sumaría el tango, porque hay que identificar a la región rioplatense. Tenemos un país muy rico musicalmente. En cada región, a lo largo y a lo ancho de su extensión y allí está muy vivo el folclore, como constructor de identidad. La música construye pertenencia porque ayuda a conocer quiénes somos y de dónde venimos. Eso pasa en todo nuestro continente: los europeos se asombran porque ellos no lo tienen, siendo un continente tan añejo”, dice la artista nacida en Salta, autora de El secreto del gorrión, Rima que arrima, Con su permiso, pintores! y otros tantos trabajos donde pone la mirada en el trabajo colectivo de niños y niñas.

La expedición es ilimitada. La música, las letras, las narraciones orales, las historias, todas suceden en los oídos de quienes las escuchan. Antes de todos los libros, antes de todos los sonidos sonidos de una cuerda o de un golpeteo, estuvieron las voces y la memorias del canto. Los juglares, los trovadores, los andantes que se volvían hemerotecas humanas, cargados de humanidad, repositores de identidades, centro de atención en las juntadas, de aldea en aldea, de camino en camino. Esas rimas, atravesadoras de todos los tiempos, de voz en voz, de bisabuela en abuela, de abuela en madre, de madre en esa mirada que dice y que escucha. “​La necesidad de contar y la de cantar son cosas que nos mueven desde siempre. Contar sobre nuestros antepasados es como sacarle una radiografía a quiénes éramos. Nos da una imagen de cómo vivían, qué les preocupaba, qué los emocionaba. Y al ver esas historias con los chicos, nos damos cuenta de que hay temas que nos atraviesan a todos, sin importar la época ni el lugar. Las preocupaciones por el trabajo, el amor o la muerte… todo eso siempre está, pero teñido con los colores de nuestro folklore y nuestros relatos. ​Por eso mismo, contar y cantar no es solo un acto bello; es parte de la construcción de nuestra identidad. Es el ladrillo que ponemos para que esa historia no se pierda y siga viva en los que vienen”, responde Valeria Donati ante una inquietud: ¿por qué contar? ¿por qué cantar?.

En tanto, la pedagoga, docente y compositora Verónica Parodi le aseguró a De Coplas que “el folklore es parte de nuestra cultura, nuestros ritmos identitarios son nuestra manera de ser y de ver el mundo. Nos habla de nosotros, de nuestro lugar, de nuestra región. Con nuestros acentos y colores. Somos esa musiquita que nos habita. Nos encontramos en ella”. La hija de Teresa Parodi, consideró que “es necesario más que nunca que esté en las escuelas, que podamos conocer esas canciones y esos ritmos que nos hacen ser nosotros. Que podamos compartir esas historias de las canciones que marcan también una época. La memoria habita en ellas y también en las que se están por escribir y cantar. Allí en la música habita la alegría y el canto, como dijo Tejada, es por eso que debemos defenderla, atesorarla y multiplicarla. La música es necesaria para vivir la vida. Para hacerla más bella. Y es desde  nuestro compromiso con las infancias que debemos acercarla para que la descubran y la bailen y la canten y la celebren. Seguramente desde ese encuentro nacerán las nuevas canciones que nos habiten”.

Portada de Aquicito, libro de Silvia Katz.

“La música es una herramienta para llegar con más alegría a los chicos. El folklore es muy cercano a los chicos desde que son muy pequeños: escuchan las canciones de cuna, las canciones de juegos, las rondas, que son estructuras muy simples y muy rítmicas. Esos  sonidos los acompañan toda la niñez. Un ejemplo, son las canciones de María Elena Walsh, maravillosas en todo sentido por su forma, por las letras y las historias que transmiten. La vaca estudiosa, La milonga del hornero, La chacarera de los gatos. Esa alegría, esa imaginación, esa fantasía son puntos de partida. Pero además ¿por qué no inventar también canciones con ellos? ¿por qué no inventar coplas que hablan de lo que nos pasa con nuestros sueños, con nuestro mundo cercano? Yo he tenido experiencias en el taller con los chicos en hacer coplas, de sacar la caja y cantarlas con ellos y han quedado totalmente maravillados. En estos años de docencia con los chicos, veo que las escuelas de música, las clases de música en la escuela son un espacio de aburrimiento, donde los chicos solo aprenden los himnos o las marchas que deben repetir, sin entender. Se desaprovecha ese tiempo, que es un espacio único, que cada vez tiene menos horas frente a las otras «materias serias», digamos así, con comillas. Cantar con los chicos, hacerlo en grupo, es una forma de crear comunidad, nos ayuda a fortalecer los vínculos y además se puede romper la rutina del aprendizaje en el grado, porque cantar juntos es una alegría que se contagia. Y compartir canciones con ellos también es de alguna forma encender una pequeña mecha que seguro se va a hacer duradera, porque las canciones que uno aprende en la infancia siguen siempre resonando en la memoria. Entonces ¿por qué contar, por qué cantar? Los seres humanos estamos hechos de historias que cantamos, que podemos contar y podemos cantar porque le damos palabras y le damos melodías a lo que nos pasa como personas, pero también como pueblo. Escuchar cuentos y escuchar canciones abren la puerta a otros mundos y eso ayuda a entender el propio mundo, a saber quiénes somos, de dónde venimos y para dónde vamos. Trabajar con los chicos en la creación es invitarlos a jugar con las palabras, con los sonidos, con los ritmos. Los conecta con su cuerpo, con su emoción, alimenta su sensibilidad. Es crucial la educación, un espacio para reinventar el mundo, para crear sentido y para transformar lo vivido en arte. Es importante decirle a los chicos que ellos tienen una voz que merece ser escuchada, transformada en historias, en relatos, en canciones, en imágenes. Los chicos están llenos de historia por dentro y por afuera, solo hay que saber crear ese espacio para que salgan, convertidas”, resuena en la voz de Katz, creadora del Taller Azul, un espacio de arte para chicos «con pajaritos en la cabeza».

En medio del trajín que significa el armado de un festival para las niñeces, Vero consideró que “en cada historia, en cada libro, en cada poesía y en cada canción estamos diciendo quienes somos y desde allí nos plantamos. Cantar, contar de boca en boca, transmitir ese tejido ancestral de la copla para sabernos un  pueblo. La cultura será siempre nuestra bandera porque el  arte tiene lugar en la vida de todos los días, está en movimiento entre el pensamiento y las emociones tejiendo alrededor de nosotros, habitando en nuestro mundo. Todo alrededor, la curiosidad, la belleza , la música, los silencios, el asombro, las tristezas, los miedos y las alegrías. Los grandes maestros y maestras de la música como María Elena nos marcaron el camino, fueron faro y nosotros tenemos una misión inmensa de seguir construyendo colectivamente la música y el canto”.

A veces sucede que se piensa a la música para niños como algo inocente y con poco espacio para la reflexión. Y sucede que pensar el folklore rondando la vida de los chicos, es algo tan grande como las canciones y los cuentos que le cantaban y le contaban para ir a jugar.

 

Foto de portada: Imagen extraída del videoclip de Mariana Carrizo, «Doña Ubenza», realizado por El Birque animaciones

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