Dos discos solistas y algunas parcerías han hecho afinar la mirada y el oído sobre la cantante y guitarrista LvRod. Un canto y un decir melancólico, una suave oscuridad habitada, algunos ramalazos experimentales la tienen como un fiel reflejo de la escena cancionística actual. En conversación con De Coplas cuenta sobre su recorrido y sobre su reciente y gran trabajo Dulce y roto.
A esta altura podría decirse, citando mal y caprichosamente esa frase conocida: dentro de la canción, todo; fuera de la canción, nada. Es altamente improbable -es más, es casi imposible- que LvRod (nombre artístico de Lucía Rodríguez) haya pensado eso al momento de grabar sus canciones. Pero no importa. Porque ahí está su nuevo disco para, de algún modo, ser la prueba irrefutable de ello: Dulce y roto. Uno de los grandes trabajos que legó el 2025.
Hubo un par de cosas antes de este recorrido solista. Ella cuenta: “Hay cosas antes, sí. Mamasutra, una banda espectacular de pibas que tuvimos con mi hermana Clara Rodríguez (hoy una bajista zarpada del ambiente), junto con Carola Zelaschi en batería, Ana Balbi en flauta traversa y saxo, Rocío Chiara en trombón y el mítico fotógrafo Pepe Cáceres en saxo. Para mí fue un proyectazo que nos hizo aprender muchas cosas y, me animo a decirlo, fue una banda pionera del feminismo en épocas que esa palabra ni se decía en el under porteño. Después vino mi amada CrewRod, que había iniciado con la idea de ser LvRod, pero no se podía. Desde el primer momento sentí que eso era otra cosa mucho más grande y tenía alma de banda de amigos. El nombre bizarro del proyecto, la crew de los Rod, es porque no solo yo soy Rodríguez sino también Andrés, fundador y baterista del proyecto. Así que ahí quedó. Con la Crew hoy seguimos tocando y estamos empezando a lanzar el nuevo disco”. Y agrega: “El tema con LvRod nació más fuerte en pandemia, cuando estaba desesperanzada con poder crear algo distinto a lo que venía haciendo y la forma que tuve de desenredar ese enrosque fue estudiando: me puse a hacer un taller de escritura con Jazmín Carballo, danza con Iara Nardi y el taller de luthería digital con Ignacio Cruz, con quien después nos pusimos a hacer producción a modo de clases y terminamos sacando Caudal, nuestro disco juntos. Es loco, pero creo que hay mucho coraje en esto de ser solista. Son muchas decisiones. Y también poner sobre la mesa muchas cuestiones propias que te dejan vulnerable frente al mundo”.
– ¿Y tus inicios, venís de una casa, de una familia musical? ¿Hay alguna escucha heredada?
– Vengo de una familia que siempre tuvo contacto cercano con el arte. Somos cinco hermanos y todos amamos la música, mismo mis viejos. Mi viejo y sobre todo Manuel, mi hermano mayor, me introdujeron a la guitarra, pero todos sabían mucho de muchas cosas; de música, de cine, libros, arte. Mi vieja pintaba, mi viejo tocaba y entre los cinco tocábamos y dibujábamos o pintábamos bastante. Y eso lo agradezco profundamente. Crecer en una casa con arte forja una manera de ver el mundo preciosa.
*
En 2023 editó su primer disco solista: Los bordes de la noche. Canciones en estado germinal, voz y guitarra. Un primer asomo en soledad a puro registro cantautoril. Una lírica que, incipiente, empezaba a asomar. A la vez, en algún punto de ese mismo año, editó Caudal, junto a Cruz (Ignacio Cruz, miembro de Pommez Internacional, entre otros proyectos). Un disco de puro corte experimental: luthería e instrumentación digital y también clásica, cuerdas, guitarras, sonidos; tradición folclórica y deformidades contemporáneas. Un intento de habitar el pliegue de la tensión entre ambos.
Entonces, Dulce y roto, editado hacia mediados de 2025. Un disco en el que prima la melancolía. El mapa sugerido está dado, desde el vamos, por el título de las canciones. Si no, miren: Canción de los cuervos, El Dolor, Difunta, Tanto veneno, La sangre y el vino. Entre aquel debut y este reciente disco hay cosas que permanecen y otras no tanto. El decir, la lírica entre oscura y melancólica son santo y seña en ambos. La diferencia entre uno y otro está, sobre todo, en lo sonoro. Los bordes de la noche es casi puramente acústico, casi exclusivamente a voz y guitarra. La voz, en ambos, por momentos un susurro. Otras, un grito de baja intensidad, pero grito al fin. Dulce y roto es experimental por momentos, es lúdico, es eléctrico. Es variado instrumentalmente. En su centro tonal está la canción, pero además algo de bolero, algo de canción mexicana, hay canción, hay aires jazzeros. Los bordes de la noche es íntimo, es soledad, es voz y guitarra. Dulce y roto sigue siendo íntimo, pero abre la ronda de ese fueguito, hay otros, es voz y guitarras acústicas y eléctricas y cuerdas y ruidos y percusiones y sonidos desmembrados y una leve electricidad en al aire. Si Los bordes de la noche andaba por la tristeza, Dulce y roto anda en el misterio, en la tragedia y, quizás, en el drama. Y en la melancolía.

«La banda tiene un papel fundamental en la identidad musical del proyecto». Fotos: Sol Iurcovich
– Dulce y roto tiene una sonoridad, una intención, un tono donde resuena el bolero, la música mexicana, ese melodrama. Sin que deje de estar la canción por delante. ¿Por qué esa búsqueda, ese tono?
– La búsqueda de Dulce y roto fue más bien la idea de presentar las canciones grabadas y reinterpretadas y producidas por cada uno de los integrantes que lo grabaron. Todas las canciones pasaron por un proceso que se mostraban en el momento, se zapaban un poco y a partir de esa tocada, íbamos descubriendo ideas. Algunas tuvieron un desarrollo y una grabación más rápida o más inmediata y con otra estuvimos probando y probando sonidos y cosas. Sí sabía de antemano la formación que quería para el disco, que era un poco el sueño de tener cuerdas, tener contrabajo, tener chelo, que la batería no sea específicamente una batería sino algo más híbrido, el sonido que tiene Nico, un poco más rockero, onda Radiohead.
– En relación con lo anterior, el disco está cruzado por cierto desgarro, por la melancolía. Musical y narrativamente ¿desde un principio lo pensaste así? ¿Cuándo comenzó el proceso del disco y el de estas canciones?
– Las composiciones que venimos haciendo con Max Cantón tienen esta cosa de la melancolía, pero no fue algo premeditado. Escribimos juntos, nos mostramos cosas, algunas letras son nuevas, otras tienen años. Tengo un poco de ganas de que se acabe esta cosa melancólica, pero es lo que viene saliendo. Y también lo abrazamos y lo aceptamos y nos encanta y es la tela que tenemos para cortar. Pero no fue premeditado. Son composiciones que venimos construyendo con Max desde antes de Los Bordes de la noche. Es un mix del pasado y el futuro.
– Recién decías que te gustaría que se acabe un poco la melancolía. ¿Y en su lugar, qué te gustaría que aparezca? ¿Ya estás pensando en algo?
– La verdad es que es difícil correrse de la línea de lo que a uno le sale hacer, pero puedo decirte que con Max Cantón estamos haciendo temas muchos más minimalistas y componiendo mucho desde la computadora, cosa nueva para mí que soy muy guitarrera. Tengo muchas ganas de hacer un disco de rock, pero creo que falta un poco todavía. Ya tenemos el disco del año que viene y no viene por ahí.
*
Las referencias, las líneas más o menos rectas, más o menos oblicuas que se trazan hacia otros nombres son varias. De aquí, de allá y de más allá. Juana Aguirre, Melina Moguilevsky, Manuela de las Casas; de Chile, Camila Moreno y Fernando Milagros (sobre todo su disco Obsydiana de 2023); de México, Natalia Lafourcade, Silvina Estrada, Vanessa Zamora; de Uruguay, Lucía Romero. Es más, por momentos algo del canto de LvRod resuena en el de la española Silvia Pérez Cruz. No, no son lo mismo, no suenan igual; pero todos ellas y ellos tienen aristas, puntas, lados que se tocan, que se reconocen. Hasta hay momentos que sobrevuela el nombre de Shaman Herrera.
Hay, además de todo, una riqueza narrativa. Es amor, es desamor, es lo elemental que nos rodea y que habla por nosotros, es la noche, es la naturaleza. Hay una lírica que roza lo folclórico por momentos. Lo folclórico, sí; pero más aún lo telúrico. Lo telúrico, sí; pero más lo yupanquiano. Sí, lo yupanquiano. Miren, sino, sobre todo lo dicho arriba: «Y estar maniatado, con las yemas tocar lo sagrado» (Canción para los cuervos); «es como el fuego que quema todo por dentro» (El dolor); «Busca, que el camino esta dulce roto/Como un secreto que es de otros y no nos quieren convidar» (Dulce y roto); «Son los médanos las cosas que no supimos superar/y esta inundación sigue siendo solo mar, sigue siendo solo mar» (Médanos); «No te mentía, no tenía huesos, solo cadenas para sentir lo que es estar quieto» (Tanto veneno); «¿Cuál es el paisaje? Cobre, pasto y cables/Cuánto hay de coraje para devorarse» (Flechas que se parten); «Quien no busca un canto tiene un sol vacío, llenará de piedras todo su camino/Y ese zorro que cruza la noche busca algún amigo que le de sus sueños (…) Busca en los laureles quien nos ha vencido» (La sangre y el vino). Tiene este disco, tienen estas canciones, un halo de misterio. Hay, por momentos, algo de inasible. Y eso, cómo no, lo hace más bello aún. Esto también es improbable, pero qué va: Lucía entró y empezó la grabación de este disco y estas canciones siendo una y salió siendo otra, modificada.
*
En Dulce y roto, además de LvRod en guitarras y voces están José Cerutti en percusión, batería y clarinete; Brune La Cava en contrabajo; Tao Plante encello y coros, Nico Alfieri en guitarras y Tadeo Mangudo en producción. Además de la hechura de canciones y composiciones junto a Máximo Cantón. Sobre esa sociedad compositiva ella cuenta: “Los dos estudiábamos síntesis con Baltazar Oliver, musicazo de Agua Florida y Feli Colina. Él nos presentó. Un día viene Max a casa y me cuenta que había empezado a investigar y a hacer beats. A partir del primero que escuché le dije: estudiá sociología y todo eso que decís que querés hacer, pero vos tenés que ser productor. Y acá estamos, años después es mi maestro Yoda. Escribe bárbaro y compone bárbaro, es un gran valor”.

«Me copa que la creación me sorprenda trabajando». Fotos: Sol Iurcovich
– Es un disco de LvRod, pero tiene una fuerte impronta de banda. ¿Lo sentís así?
– Totalmente, siento que la banda tiene un papel fundamental en la identidad musical del proyecto. En la coloratura, en la tímbrica y, como decíamos antes, en lo estilístico. Sino fuera por José todo el latinaje que tiene el disco no se si sería tan fuerte; si no fuera por Nico Alfieri el sonido profundo y oscuro y radiohedoso no estaría; si no fuera por Brune esos arreglos más jazzeros o bolerosos no estarían, sino fuera por Tao esos arreglos clásicos y dulces y rotos. Está la presencia de Tadeo Mangudo que registró y grabó en sesiones de día desayunando juntos, en sesiones de noche tomando whisky y vino y quedándonos dormidos. Un proceso muy de nicho de amigos y de muchos estadios energéticos y emocionales. De ir cansadísimos después de trabajar a ver qué pasaba con una canción o ir dormidísimos a la mañana. Y Tadeo fue testigo de todo eso. Y su aporte, su mirada, su mano en la mezcla hizo que esto suene como suena. Tan orgánico, tan tocado, tan lleno y tan cálido a la vez. Es importantísima la formación de este disco porque hizo que sea lo que es. Yo tuve que ver gracias a ellos.
– Comentabas recién sobre lo «boleroso», el latinaje, lo «radioheadoso» como decís vos. ¿Hubo algunos otros discos o referencias de sonido o tímbricas al momento de hacer y registrar Dulce y roto?
– Sobre todo, en la búsqueda de las sensaciones. Me gusta más pedir cosas a partir de la sensación que genera una referencia más que sobre un arreglo específico. Como influencias de este disco puedo decir a Lucrecia Dalt, Maro, Tom Waits, Fiona Apple, Radiohead, Piazzolla, Yma Sumac.
– Quizás no haya mejor título para este disco que Dulce y roto, porque define la narrativa, la lírica del disco, pero a la vez el sonido
– Sí. Cuando pensábamos en el nombre del disco queríamos encontrar algo que represente todo ese mix de cuestiones que lo atraviesan, el dolor, la melancolía, la picardía, lo amoroso y la verdad es que fue fácil teniendo el título de ese tema como eje del álbum. «La sangre y el vino» también fue candidato, pero me dio muy a gaucho loco, a José Larralde, y me faltaba la parte delicada en ese título. Lo único: pasaron cosas muy dulces y rotas en todo el proceso de presentación y tuve miedo de haberme condenado con la elección de mis palabras. Tal vez tenga que llamar al próximo álbum «Suertudo y bendecido» a ver qué pasa.
– ¿Te pensás, te reconocés en el terreno de la canción experimental?
– Sí, por supuesto, pero porque me gusta jugar y no me molesta ser una freaky. Nunca sentí que encajara en ningún lado y tampoco sentí que me saliera bien hacer las cosas como se hacen. Me aburre soberanamente sacar canciones exactamente como son; puede que sea un rasgo rebelde, no lo sé. Por ende, si es raro me gusta y lo experimental tiene esa cosa de juego lúdico en el campo compositivo, decidir dispositivos y procesos por encima de la búsqueda de un resultado específico. Eso me copa, que la creación me sorprenda trabajando. Qué cosa linda la creación.
Por todo, LvRod entrega un puñado de canciones que son pregones de lo elemental del corazón. Y lo hace así, con los ojos cerrados y las manos abiertas.
.
.