Imprenta Rescate realizó un cruce con la Fundación Atahualpa Yupanqui para inmortalizar frases del gran juglar de nuestro folklore. Se trata de un taller de impresión y edición artesanal ubicado en Villa Crespo (CABA), en el que la memoria encuentra un nuevo cauce a través de una prensa mecánica de 1905.


«Si se pierde un brazo abriendo el surco queda otro brazo que recoge el trigo», le dijo una vez Atahualpa a René Lavand, ese hombre de una sola mano que ilusionaba y seducía con un mazo de cartas. Atahualpa Yupanqui, -que en quechua significa «el que viene de lejanas tierras para decir algo»-, había nacido el 31 de enero de 1908 y sigue siendo el más artista de los artistas del folklore, referente emblemático de la cultura nacional. Yupanqui se fue hacia alguna inmensidad hace algo más de 30 años y, sin embargo, es cada día más argentino. Se fusionó con la eternidad y así pasó a pertenecer definitivamente a todos. ¿Por qué habrá dicho que los poetas van delante de los demás? ¿En qué se diferencian deslumbrar y alumbrar?, ¿Qué dicen los paisajes argentinos, los del sur, los del norte, los siete colores del cerro, las tonadas que bajan de la cordillera andina?, ¿Padre, qué sabes de Dios? ¿Qué Dios vela por los pobres? Para Atahualpa, aquel que conoce el silencio valora mejor la palabra. El hombre llegó de tantos hermanos que ni los pudo contar. Por esas cosas de la amistad, se abrazó a gente de mano caliente: lloró con algunos, rezó a su manera, siempre con el horizonte bien allá y bien acá. Es uno de los artistas más interpretados en el mundo y acaso uno de los menos comprendidos. La deuda es seguir el rumbo, escucharlo cada tanto, aprender el entre líneas, armar un nido de amor para las penas, que el mundo siga andando, porque Atahualpa va y vuelve de los caminos.

Y en ese andar, en esa búsqueda, aparece el rescate. Y un rescate que cruza la línea del tiempo.

Se trata de andar por entre las calles de Villa Crespo, un barrio porteño que homenajea con su nombre a quien hizo de esas calles un espacio de trabajo para los fabricantes de calzado, cuando el siglo XIX iba dando la vuelta. Limitando con Chacarita, con La Paternal, por las calles se respira al aire de los jacarandás, de los plátanos. Al doblar desde la avenida Honorio Pueyrredón rumbo a Luis Beláustegui, aparece una esquina, y en esa esquina una imprenta, y en esa imprenta un rescate. Es una imprenta que guarda tesoros. Acaso, el más preciado, ocupa un ángulo de las paredes cargadas de papel y tinta. Ahí, habita el espacio una vieja máquina de imprimir, fabricada en 1905 y que mantiene intactos cada uno de sus movimientos mecánicos. Un molde de metal presagia lo que se quiere imprimir. Las letras se leen al revés, en espejo. Los rodillos bajan, impregnados en la tinta, y preparan la plancha de impresión, donde el papel tomará vida para siempre. Aquel invento de Johann Gutenberg, en 1440, cruzó los siglos, inspiró a los hombres, dejó testimonios, acompañó al desarrollo de la humanidad. Se entintan los rodillos y cada ir y venir produce asombro, nostalgia. En tiempos de inteligencia artificial, de pantallas brillantes, de urgencias contenidas y de ansiedades al límite, la antigua máquina de imprimir propone una pausa, un límite, un remanso, un rescate.

Leandro Jacob es el anfitrión. Recibe a De Coplas en el sitio donde la magia se traduce en palabras impresas. Este oficio sana, nutre, fortalece la voluntad del corazón, dice. La presencia, ante la palabra; la construcción, el presente de la palabra; la palabra construyendo el presente. Para todas las edades, para la almas y para el alma. Con la génesis a la vieja usanza, en un recorrido de móviles de plomo y de poesía convertida en un afiche artesanal. Desde 2012, la Imprenta Rescate es un espacio consagrado al trabajo manual en torno a la palabra y a la altitud de consciencia. Desde esa máquina que recorrió mucho más que un siglo, se irradian afiches, cuadernos, libros y piezas enmarcadas. La charla se interrumpe cuando una chica entra a buscar un afiche para regalar. Lo había visto, lo había imaginado, lo encontró. Es un arte impreso en un papel 300 de gramaje, y dos colores de tinta. Nada más. Nada menos. La máquina vuelve a su música, a ese ir y venir acompasado, suave, que acompaña. Leandro explica, y con argumentos, que se logra la armonía de los movimientos de la imprenta. Es como manejar un auto, compara.

Hace algún tiempo, la Imprenta Rescate se acercó a la obra del músico nacido en un rincón de Pergamino, a través de la Fundación Atahualpa Yupanqui y el amor fue a primera vista. Así fue que combinaron la fabricación de una serie de afiches artesanales a partir de la obra de Don Atahualpa, en una tirada de 250 unidades sobre cartulina crema, en un formato de 23×32 centímetros, a dos pasadas de tinta, roja y verde.

De las paredes de la imprenta taller cuelgan más de 300 modelos de afiches, con frases que tienen de autores a artistas tan disimiles como Miguel Abuelo o Macedonio Fernández, Francesco Tonucci o Juan Ramón Giménez. Y ahora también Atahualpa. “Sí, el rescate también es eso. La palabra rescate es como una especie de polisémico, depende de la circunstancia y es como una especie de refugio. Primero me rescató a mí, después yo rescaté frases, después las frases rescatan gente. Hay también una cosa del rescate del sentido. Un libro es un recorte del gran libro”, dice Leandro y ahora una clienta viene a buscar unos cuadernos que desde la tapa proponen hacer arte. El imprentero le desea que esos cuadernos se completen con cosas bellas. Hay algo en la palabra, en la poesía, en el aire. Hay algo que no se toca pero se presiente, se percibe en el aroma picante de la tinta, en la suavidad que devuelve el papel al simple tacto, en la música que compone la imprenta cada vez que va, cada vez que viene. La belleza de lo simple está al servicio del amor, de la sabiduría, del paso inexorable del tiempo.

La antigua prensa tipográfica de principios del siglo pasado se llama Dorotea, tiene su origen en Leipzig, una ciudad alemana en el noroeste del estado de Sajonia, y es casi imposible saber cuánto ha impreso. Habrá, quizá, dado forma a afiches que promocionaban algún estreno en el cine, o las ofertas de un mercado y también la protesta de esos rebeldes que siempre reclamaron y reclaman por un mundo mejor. Su espacio, ahora habita en Beláustegui 399, esquina Virasoro, en Villa Crespo.

Allí, se materializa la palabra, la memoria tiene un recorrido, allí cuelgan de las paredes las ideas de poetas olvidados. «Las cosas tienen sentido / si el canto que las convoca / lleva enterrado en la boca / gusto a un recuerdo querido», escribió Atahualpa. Y en la Imprenta Rescate hay sentido para las cosas, el futuro revisa el pasado y todo queda impreso, en un papel suave, con tinta y palabra, con palabra y tinta.

 

 

 

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